Lunes, 3 de agosto de 2020

Los Paños de la memoria

Emocionante encuentro en la Residencia “Virgen de la Peña de Francia” de La Alberca

Necesitaba seguir ahondando en los recuerdos de primera mano, después de hacerlo por hemerotecas, archivos y volúmenes. Así que una vez en La Alberca, me dirigí a casa de Dolores Hernández, pues además de mujer longeva, es merecedora de la reputación de recordadora infalible. Esperaba verla bajar por las largas escaleras de su casa de bellos balcones, con su vestimenta serrana, su pelo albo, su moño trenzado, los ojillos vivos y convocantes, su hablar delgado, salaíno…, cuando su hijo Francisco Puerto me dijo que por asuntos médicos estaba unos días en la ciudad.

Lo lamenté, pues me hubiera gustado preguntarle cuántas veces y cuándo es que el señor Fraga Iribarne vino, o el rey tal o el otro o, simplemente, sacar enzarzando los temas como las cerezas de una cesta, que para eso son muy buenos los poyos de granito serranos.

Pero otro día será. Decidí entonces acercarme a La Residencia Virgen de la Peña de Francia. Me recibe amablemente Marina Beltrán, su directora, y cuando conoce mi intención de conversar con las personas mayores que en ella residen, me pide una hora para hablar con ellos y organizar una reunión con los que se presten a ello.

Y me salgo a callejear. Ahora, mientras llega la hora de mi regreso, os contaré que esta residencia es municipal, inaugurada en 2011 y que en la actualidad la gestiona la empresa Azvase. Ofrece 55 plazas de estancia residencial, y 20 de centro de día, además de dar en la localidad atención a domicilio. Cuenta con todos los servicios sanitarios, y en su día a día se desarrollan múltiples actividades. El 95% de los residentes son serranos, y muchos de sus talleres versan sobre sus tradiciones, como de peluquería de los distintos peinados según el traje típico que se vista, de la compostura del traje de vistas albercano, doblado de mantelería…, y nunca falta algún baile, algún picado al son de gaita y tamboril.

Llegada la hora, retorno. En la sala me esperan numerosos ancianos. Algunos me conocen, otros me cuentan que me tienen leído, y algunos, cuando conocen que nací en La Alberca, me preguntan que de quién soy. Y ahí un rato de filiaciones, y es agradable sentirse ubicado, y que te cuenten desconocidas cosas de tus abuelos, de tus padres. Y más lo es aún conocerles a ellos, que se presenten, o que los unos te hablen, con admiración, de los otros. Mira prenda, me dice Rosa Gil Moro, albercana de 85 años a la que conozco por ser madre de queridos amigos, esa señora es Librada, de san Martín del Castañar y con sus 98 años es la mayor de aquí. Y aquí está Petra de la Calle Martín, de Monforte de la Sierra, prosigue Rosa, y lo que tú no sabes es…,¡Pero anda, anda cuéntaselo tú misma! Le sugiere a Petra, y por ella supe que fue la alcaldesa más vieja de España, allá, en unos días que se le escapan. Luego se me presenta a Manuel Paíno, de 92 años de San Martín y egregio tamborilero. Y a Marcelina, de 83 años y esposa de Sebastián Luis “El Guinda”, añorado tamborilero que aún ameniza mis recuerdos de niñez.

Y a más entrañables ancianos conocí, de todos los rincones serranos y de la provincia, y con cada cual gustaba de conocer su historia, esa particularidad vital que todos ponemos en nuestros recuerdos como figuras bordadas en los antiguos paños de lino.

Llegado un momento, se le trajo a Paíno su gaita y tamboril, y se arrancó con la cancioncilla del “Carrascal”, y la música le puso fuego al aire y al suelo le entró un tembleque. Y las manos se nos iban a todos, y los pies culebreaban, tanto que hasta Librada, mantenida con la ayuda de un andador, se quería marcar un picado.

Cuando ya bajaba en mi bicicleta por la cuesta de Las Eras, iba mi gozo veloz por las dos horas pasadas con tan buenos amigos.

Ah, y pregunté por lo de Fraga, pero solo se acordaban de la vez aquella que llegó a Las Eras en el trasto ese que volaba. Del viaje en 1922 de Alfonso XIII, algunas habían oído contarlo a su mayores, y otros se acordaban de la jornada de caza de Juan Carlos I. ¿La del elefante?, les pregunto, y hubo mucha pirotecnia de risas. Que no hombre, no, que aquello fue en marzo de 1989 y hacía mucho frío, me dice José María.

La verdad era, lo confieso, que cuando iba por la Plaza de San Antonio camino de Mogarraz, esos datos históricos poco ya me importaban, pues me andaba por una cancioncilla que me rodaba por la cabeza: ¡Carrascal, Carrascal, que me estás dando la lata…!

Gracias, sí, gracias siempre por la memoria.