Martes, 23 de julio de 2019

Los pequeños lugares

Aprovechamos el verano, entre otros menesteres y labores, para realizar trabajos de campo por nuestra provincia; en el de este año, para recoger –en una tarea que ya estamos culminando– leyendas de tradición oral (que no se han de confundir con las leyendas que nos llegan por vía muerta, libresca, mucho más conocidas).

            Y, en esta tarea, vamos conociendo a fondo nuestros pueblos y aldeas, nuestros rincones más hermosos y abandonados, como dejados ahí de la mano de Dios, no solo por todo tipo de autoridades, sino también por la propia sociedad, que, en una carrera loca hacia lo que se llama “progreso”, se está desentendiendo de nuestro mundo rural.

            Un día en concreto, aprovechando el premio poético en honor del poeta popular “Juan ‘Machaca’”, convocado por el ayuntamiento macoterano, recorrimos no pocos pueblos de la llamada área del mudéjar, con sus hermosísimas iglesias de tal estilo, con unas arquitecturas populares en las que el ladrillo hermosea las edificaciones y con unas gentes que siempre elevan la misma o queja o súplica: la de sentirse abandonados, la de reclamar una atención, por mínima que sea, de la sociedad.

            Y, así, hemos tenido ocasión de contemplar, de conocer, o de volver a visitar, esas iglesias parroquiales mudéjares, tan hermosas, de Rágama, Paradinas de San Juan, Aldeaseca de la Frontera, Villar de Gallimazo, Coca de Alba, o la ermita del Cristo de la Calzada de Ventosa del Río almar…, por no citar sino algunos ejemplos de las maravillas que esconden estos pequeños lugares de nuestra geografía salmantina.

            Pero hemos de detenernos en Villar de Gallimazo, para contar una pequeña historia y recordar a un antiguo compañero de curso que, allá por el otoño de 1963, entró a estudiar con nosotros en Linares de Riofrío.

            Se llamaba Luis Felipe, era de Villar de Gallimazo, un muchacho callado, de tierra seca, mudéjar, que terminó dejando los estudios, transcurridos dos o tres cursos, por las circunstancias que fueran. Volvería a su pueblo, donde sería pastor –según nos dijeron– y donde fallecería en plena madurez vital, a los cuarenta y pocos años. Enseguida fallecerían sus padres. Y a su único hermano lo encontraron muerto en casa. “Es una familia que prácticamente ha desaparecido del pueblo” –nos dijeron sus convecinos.

            Pero, en este verano, en que el calor aprieta, queremos recordar, al recorrer estos pequeños y olvidados lugares salmantinos, a un muchacho, Luis Felipe, que fuera a estudiar, para después convertirse en pastor, al que la vida arrebató –como a tantos– antes de tiempo, pues –como dijera la sabia vieja Celestina, de la obra literaria homónima– la muerte, por uno que se lleva a tiempo, a cuántos a destiempo se lleva.

            Los pequeños lugares. En ellos está nuestra raíz, la raíz de casi todos. Pese al olvido y abandono en que los tenemos. Dejados ahí, con su sobrecogedora belleza; los mudéjares de que hablo, en una naturaleza metafísica de meseta, de un dorado solar y luminoso. Pero qué más nos da. Vamos persiguiendo no sé qué progreso. Y, en aras de él, sacrificamos lo mejor de nuestra tierra.

            Seguiremos hablando la próxima semana de otros pequeños lugares salmantinos, que descubriéramos hace días por tierras vitigudenses y riberanas. Tan hermosos, tan solos, tan dejados también de la mano de Dios.