Martes, 12 de noviembre de 2019

Resquiescant in pace. Amén

Terminaba diciendo el pasado domingo que: “Todo cuento que se precie, tiene un final, unas veces triste y otras alegre”.  Decíamos también que: “Si el final se hace desde el punto de vista de la felicidad de Celia y Juan, a pesar de todos los avatares, sería un final feliz ¡De comer perdices” Y hoy añado que. “Si se parte desde la muerte de Celia, será un final triste, sobremanera para Juan, hasta su muerte dos años más tarde, que sinceramente, no fue vida.

Y que haría bueno el presagio de aquella comadre que estaba en el entierro de Juan, cuando espetó sin miramientos: ¡Juan no hubiera sido nada sin Celia “La Rubia”!... Ya lo escribió Juan después de la muerte de Celia…

                           Celia, Celia, Celia, eras mi amor, mi guía, mi faro, sin ti ahora, soy un barco varado.

Lo escribió otra vez en plena soledad, a la luz esta vez de una tenue  bombilla, pues al pequeño pueblo había llegado la electricidad.

¿Y los autores de aquella tremenda decisión de buscarle novia a Juan mientras jugaban al tresillo los fines de semana, en aquel pequeño pueblo perdido en el “culo del mundo” ¡Qué fue de ellos?...

                                       Pues muy sencillo… todos se murieron.

Los ANIANO, Don Alfonso, el médico, Don Arturo, el maestro, Don Andrés, el cura, Tomás, el alcalde, Pedro, el correveidile, sacristán y más, y hasta Julián, el tonto del pueblo, todos han muerto.

                          ¿Y el autor de este cuento?

Pues el autor en primer lugar quiere aseverar que: “Cualquier parecido con la realidad, es verdad (con algunas licencias de nombre y descriptivas) Y que tenía 8 años de edad, cuando la historia de Celia y Juan tuvo lugar. Cuando Juan murió, ya era un mozo. Ahora cuento con 82 años de edad y muchos recuerdos y nostalgias, que nunca volverán. Unos tristes y otros alegres. Dependen del cristal…

De lo que si estoy seguro es: Que el sacerdote celebrante con el que iniciábamos este cuento, en los tiempos actuales, ya no portaría su pesada capa pluvial negra y dorada camino del cementerio, con paradas para los responsos, ni que los acólitos respondan a las genuflexiones. Los textos en latín, que impresionaban por su rotundidad, tampoco serán escuchados. Los vencejos negros ya apenas se ven y las cigarras casi han desaparecido. Las pacientes mulas han sido cambiadas por tractores. Y hasta el sol del verano, parece menos sol como para tener que buscar la sombra.

                            Si, perdura el sonido de la campana de la Iglesia, que toca a fiesta, boda y a muerto.

                                             RESQUIESCANT IN PACE. AMEN

Anselmo SANTOS

Contador de historias