Lunes, 3 de agosto de 2020

Dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia

Así comenzaba el Evangelio hace unas fechas (Dom 18 C), planteando el tema eterno del padre y de la herencia que debe repartirse entre sus hijos, los hermanos:

‒ ¿A todos lo mismo, pues hijos somos del mismo Padre Dios y de la misma especie humana? ¿Lo mismo para el chino y el pigmeo, el hijo de “buena familia” y el “don nadie” de la calle?

‒ ¿Y qué pasa si un hermano ha trabajado y el otro malgastado? ¿Qué pasa con la propiedad particular de cada uno? ¿Tendrá que haber una propiedad común, repartida por igual a todos, en Castilla y Finlandia, en Siria y Argentina? Éstos algunos de los problemas que recuerda el Eclesiástés: Uno se ha matado trabajando y su herencia se la lleva otro... Éste es el tema de la parábola del evangelio: Uno se ha hecho rico y cuando va a organizar su inmensa fortuna se muere ¿para quién será todo ello?

‒ En el fondo, ésta es la historia de los primeros hermanos (Caín y Abel), que se mataron por un tipo de herencia, y la parábola del Hijo Pródigo que malgastó la herencia y luego quiso tener la de su hermano…

Según este evangelio, parece que Jesús empieza por desentenderse (¿quién me ha nombrado juez de herencias entre vosotros…?)… pero después para plantea y resuelve el tema en un plano más alto, conforme a tres principios básicos:

1. Principio de desprendimiento: ¡Que nadie viva simplemente para tener, aumentando sus “graneros”, pues la vida es más que posesión, el hombre es más que lo que tiene!

2. Principio de responsabilidad. No es lo mismo trabajar que no trabajar.. Tampoco es justo repartirlo todo por igual en sentido material, pues no todos somos iguales...¿A cada uno según sus necesidades, como dice el libro de los Hechos? Pero ¿cuales son las verdaderas necesidades y donde empieza el "vicio"? ¿Y qué hacer con la envidia y los ladrones...?

3. Principio de comunión: Que todos puedan tener para compartir, enriqueciéndose así los unos a los otros. De esa manera la herencia particular puede convertirse en principio de enriquecimiento mutuo en plano personal y social, económico y político, cultural y religioso.

Un tema importante

Este evangelio planta un asunto de grandes implicaciones, como evoca el mismo texto del evangelio (Lc 12, 13-21), que deberá leerse entero, para situarlo después en el conjunto del evangelio y de la historia humana:

1. Plano familiar: Dos hermanos disputan por una herencia que puede unirles, pero también enfrentarles, incluso de un modo sangriento.

2. Plano jurídico: La sociedad ha surgido y se ha estabilizado en torno a unas leyes de herencias, que han marcado gran parte del derecho social.

3. Un campo múltiple… Pero no hay sólo herencias económicas, sino también (y sobre todo) de tipo genético y lingüístico, cultural y social, político y religioso: Herencia de territorios, legados de costumbres, de estilos de vida, de experiencias espirituales…

Diez reflexiones sobre la herencia

1. El tema es esencial para entender la sociedad, la vida humana. Sin un tipo de “herencia” (es decir, de tradición) no hay cultura. Los animales viven de transmisión genética; los hombres, en cambio, vivimos de herencia cultural: de enseñanza y aprendizaje, es decir de aquello que nos ha ofrecido la familia, la sociedad, quizá la Iglesia (una lengua, una formar de pensar, sentir y amar…). Vivimos del amor que nos han ofrecido, del idioma que nos han enseñado para comunicarnos y hablar, de las tradiciones culturales y sociales, de la tierra que otros han cultivado antes que nosotros, de los animales que han domesticado etc. etc.

Sin una inmensa herencia de tradición, cultura, humanidad… e incluso religión nos habríamos podido vivir, estaríamos muertos. Gracias, por tanto, a los que nos han dado por herencia la vida.

2. Herencia de dinero. Pero la herencia de la que habla este evangelio es básicamente de dinero, de una parcela de tierra, de una casa, quizá de unos negocios (de unas cuentas bancarias). En sí misma, esa herencia es menos importante que la anterior, pero suele ser principio de discriminaciones y problemas, como supone la petición del hombre que dice a Jesús que interceda ante su hermano… : Unos reciben en herencia mucho (tierras, casas, campos, ejércitos y bombas, naciones poderosas….), mientras otros reciben muy poco (nacen sin tener ni siquiera un pan bajo el brazo, como se decía en otro tiempo). ¿Por qué uno que nace en la Castellana hereda en general mucho más que uno que nace en Vallecas o e Katmandú?

3. El problema actual de la herencia económica es sangrante. Unos son herederos de millones (hijos de familia rico) y otros vienen al mundo con una mano delante y otra detrás, sin más “herencia” que el hambre… Son proscritos como nómadas errantes… ¿Es justo eso? Decían muchos Santos Padres que las “herencias” en sí (en su forma concreta, en el siglo IV-V d. C.) constituían un pecado: Uno que es muy rico (individuo o sociedad) es porque ha robado él (es un ladrón), o ha robado su padre o abuelo (ha sido un ladrón y bandido). Quizá es simplificar, pero así decían Padres cristianos. Les parecería injusto que un “noble” ser heredero de grandes bienes… mientras otro viniera al mundo sin nada.

4. Israel, un pueblo de tradición, una nación de herencia particular.Hubo sociedades, como la judía en tiempos de Jesús, que organizan de manera minuciosa las herencias de tipo familiar, social, cultural y religioso. La religión era para ellos “tradición”, mantener la buena herencia (el buen depósito), una depósito hecho de leyes buenas, buenos libros, normas de distinción. La tarea más importante de la religión era regular bien el legado recibido, de manera que los escribas eran, ante todo, jueces y expertos en herencias (como se regula en dos capítulos de la Misná, con leyes del tiempo de Jesús, aunque codificados siglo y medio más tarde).

Por eso, gran parte de los judíos pensaron que no era bueno compartir su herencia con todos, como querían los cristianos. La primera disputa de la Iglesia fue en torno a la herencia: Si había que compartir el legado cultural y religioso de Jesús y de Israel con todos los pueblos, o si había que dejar a cada pueblo con su propia herencia particular… dentro de un mundo como aquel del Imperio Romano que quería imponer su misma ley sobre todos los pueblos.

5. En un primer plano, Jesús no quiso regular herencias en un plano jurídico y político, como dice el texto que comentamos. ¿Por qué? Puede ser porque pensó que él tenía otra función, más “espiritual”. Pero puede ser, y creo que fue, porque pensó que se debía superar el “etilo legal” de las herencias, al servicio de las familias más ricas de la sociedad. Jesús pensó que para tomar el camino del reino hay que superar este modelo social de posesión y dominio exclusivo de bienes, según la ley de herencias, al servicio de unos que eran más ricos que otros. Por eso pidió hombre que quiso seguirlo, teniendo muchos bienes, que los dejara todos, que se los diera a los pobres, para así poder seguirle en libertad y comunión de vida (Lc 18, 18-23).

Jesús quiso que la herencia de la vida, del amor y del pan, del cuidado y la esperanza pudiera compartirse entre todos los hombres y mujeres, empezando por los más pobres, los enfermos y excluidos de su entorno. De esa forma, el quiso abrir y ofrecer a todos la herencia del reino de Dios, es decir, de la Vida, como afirma en Mt 25, 31-46: “Heredad el Reino prometido… desde el comienzo del mundo”.

6. El Reino, es decir, lo más grande, la Vida… no se conquista por la fuerza, sino que se hereda. Hombres y mujeres del siglo XXI somos herederos de una inmensa fortuna de humanidad, que está actualmente mal repartida. A juicio de Jesús la norma concreta de la herencias terminaba siendo una especie de “robo social”. Por eso, él no quiere resolver jurídicamente el tema (cosa que es útil en un plano legal, no evangélico), sino enseñar a compartir la vida (cf. Lc 18, 24-30; Mc 3, 31-35; 10, 28-31). Eso significa que, según Jesús, no se puede hablar de “herencias particulares”, al servicio de familias o de grupos ricos, a costa de otros (progenies de buen apellido, nobles que dejan millones y millones a sus descendientes, reyes que hacen lo mismo…, grupos que se transmiten entre sí el dominio del mundo). Este sistema particular de herencias resulta a su entender injusto, pues él quiere que todos los bienes del mundo sean para todos (al menos en ámbito eclesial). Por eso no ha querido ser juez de herencias entre particulares, sino promotor de un movimiento de comunión universal de personas y bienes.

7. De manera muy significativa, la Iglesia católica, al hacerse rica, ha recreado una ley de herencias, parecida a la ley de la Misná judía, y aún problemática. De hecho, la ley de herencias judía ha procurado ser más neutral, ha defendido más a los pobres del propio pueblo, a pesar del aparente caos de su casuística. Entre los cristianos, en general, ha sido peor, pues al ver que Jesús no decía nada sobre herencias, y al pensar que su mensaje era espiritualista, la Iglesia en su conjunto ha apoyado y sacralizado una ley de herencias que proviene del Derecho Romano y que no responde al espíritu del evangelio.

En esa línea, un tipo de iglesia se ha hecho básicamente conservadora de su herencia espiritual, social y monetaria. Ciertamente, ella ha querido y quiere compartir su herencia (la palabra y camino de Jesús) entre todos los hombres, pero no ha logrado hacer que su herencia se expanda a todos de una forma creadora, en gesto de transformación personal y social, respetando la riqueza de cada pueblo, al servicio de la humanidad universal.

8. Sigue ese caso concreto, las riquezas de la Iglesia. En algún momento, las Grandes Iglesias, haciéndose ricas, han venido a ser en gran parte de Europa las Grandes Propietarias (con el estamento de reyes y nobles). Evidentemente, ellas han regulado bien, para su provecho, la ley de herencias. Es evidente que a veces han puesto parte de sus bienes al servicio de los pobres, pero, en conjunto, la Iglesia ha sido siempre bastante rica, hasta que han llegado las diversas “secularizaciones” (en el mundo protestante) y “desamortizaciones” (en el mundo católico), que han privatizado los bienes de la Iglesia para bien (de algunos), para mal (del arte y de los valores culturales)… dentro de un sistema que sigue dominado por el deseo de tener. ¿Es bueno que edificios y bienes de Iglesia se hereden sin más, dentro de una especie de oligarquía espiritual? ¿Es bueno que las Iglesias tengan a veces un gran patrimonio de bienes que pasan en herencia de creyentes a creyentes?

¿Cómo puede compartir la Iglesia su riqueza social y espiritual, cultural y patrimonial… al servicio de todos? El problema sigue abierto

9. En el campo político, los partidos conservadores tienden a garantizar la herencia establecida, el orden legal, las tradiciones, al servicio de una clase social privilegiada. Por el contrario, los partidos llamados revolucionarios tienden a igualar a todos, ofreciendo para todos las mismas posibilidades de educación, de sanidad y trabajo, con los grandes cambios sociales que ello implica, a pequeña escala (en cada grupo social) y a gran escala (en el mundo entero), dentro de una tierra concebida como propiedad o riqueza común de todos los hombres.

10. Un tema abierto… Dejo el abierto… con las palabra inquietante de Jesús, que dice que no ha venido a resolver ese tema “técnico”. ¿Por qué lo ha dicho? ¿Simplemente para desentenderse? ¿Para que superemos un orden de herencias injusto? ¿Qué podría hacer, por ejemplo, el Estado con la ley de herencias y grandes patrimonios? ¿Es bueno que una familia pueda legar a sus hijos, por simple suerte biológica, sus grandes bienes? ¿Se debería dar a cada niño, al nacer, las mismas posibilidades económica?... El tema es difícil de resolver. Es claro que no tengo la respuesta, pero es bueno pensar.