Cambalache o la década infame.

Un periódico, el mío, inserta las cien caras más importantes de la España de hoy. La primera. Una anciana de 79 años cuida de su hermana ciega e inválida de 74. Necesitan de una asistenta y sus pensiones apenas llegan (Si pudieran o pudiesen: ¿pagarán, a la asistenta, en blanco, en negro, en colorao?). La segunda. Una joven licenciada en ingeniería química trabaja en CAPRABO de cajera. Según comenta se siente muy afortunada. Otra, licenciada en historia, lo hace en LEROY MERLÍN, atiende la sección de pinturas, no de las que consumen los artistas. Se lo sabe todo. Me dice: “con un canto en los dientes” (Vive con sus padres). Un camarero entrado en años: “tenía un bar en la calle de Embajadores de Madrid. Con la crisis tuve que cerrar y venirme para Salamanca”. Su presunto “canto en los dientes” le duró poco. Hoy, donde hacía un año trabajaba, se ha convertido en un negocio de pre cocinados. Un amigo de mi hijo, licenciado en derecho, trabaja en una empresa de muebles en Berlín. Responsable del almacén: “¡Estoy hasta los huevos¡” ¿Volver a España? “Ni loco”. Otro: “Tengo 38 años, la tesis leída, casado y con un hijo: “Me desempeño como profesor asociado de derecho penal a tiempo completo. Gano unos quinientos euros al mes”. Y otro: “Me doctoré en hebreo trabajando en VODAFONE. Hoy soy profesor asociado de una ilustre (¿ilustre?) universidad. Por suerte, vivo en la casa de mi difunta madre. No obstante, lejos de la que enhechiza la voluntad de volver a ella. Llenar el depósito: un problema mayúsculo”. Y así, seguiría la retahíla con tales testimonios. Los que menciono los conozco de primera mano. Otros de vista. Por ejemplo, en la bifurcación de la calle Habana y Concha Espina en Madrid, al lado del semáforo, junto a una parada de taxis, extiende su colchón un viejo escuchimizado junto a su perro. Se acompañan. Se hablan el uno al otro en la mayor de las indigencias. Entretanto nuestros “barones” y “sultanes” deshojan la margarita. Todos ellos abocados a resolver el gran y único dilema: cómo conservar el poder. En otras palabras: cómo mantener los privilegios. Todos aupados al tren de siempre. Vagones de primera, de segunda y de tercera. En los de primera viajan la gente guapa e importante. Están acostumbrados a comer de todo y a escondidas. Para ellos las formas, o sea los “principios”, deben respetarse a ultranza. Los “contenidos” son otro cantar. En los de segunda viajan los envidiosos. Sus ojos no se apartan de la puerta que permite el acceso al glamour y al “triunfo”. En los de tercera se amontona la masa informe. Algunos, gente sencilla y honrada; otros lacayos de profesión. Cínicos, resentidos e indignados, grosso modo, se reparten los espacios. ¿Habrá nuevas elecciones? No, no habrá nuevas elecciones. Los pasajeros de primera clase invitarán a merendar a los de segunda y los lacayos de tercera servirán, a los señores y señoras, el chocolate con picatostes.