Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Pensando, pensando II

Sí, ya sé que muchos desistirán de seguir leyendo si adelanto que Immanuel Kant, entre otros, ocupara hoy estas líneas. ¡Qué horror La crítica de la razón pura, el imperativo categórico y todo ese rollo! Yo paso, dirán muchos. Pero si tienen algo de paciencia y yo acierto con mis palabras, tal vez terminen viendo que la cosa no es tan complicada aunque, es de ley reconocer, que en ocasiones el lenguaje utilizado por el ilustre filósofo prusiano de la Ilustración pueda parecer ampuloso, repetitivo y complejo.

En tiempos de Kant la filosofía ya había bebido de muchas fuentes, desde los cínicos y su retorno radical a la naturaleza hasta el empirismo inglés cuyo principio supremo es la experiencia, desde la lógica estoica que sentó las bases de la Gramática a la Ilustración francesa y su enciclopedismo; desde el mundo de las ideas de Platón y los silogismos de su insumiso discípulo Aristóteles al racionalismo de Descartes para muchos el padre de la filosofía moderna.

Es preciso recordar aquí, o informar a los que no lo sepan, que durante muchos siglos ciencia y filosofía no se diferenciaban como hoy en día. Muchos de los que catalogamos como “filósofos” eran alquimistas, científicos, investigadores al más puro estilo, su factor común era el amor a la sabiduría. La cátedra que Isaac Newton ocupó en el siglo XVII respondía al título de “Filosofía de la Física”. Todos ellos eran conscientes de cómo el pensamiento influye en el avance de las ciencias y cómo, a su vez, los descubrimientos de estas disciplinas son capaces de modificar nuestro pensamiento, nuestra concepción del mundo que nos rodea. Saber filosófico y saber científicos no son dos caras de la misma moneda, son toda la moneda, una única moneda.

Pero volviendo al ilustre personaje. Immanuel, fue educado en un ambiente religioso rígido y disciplinado. En 1755 logró acceder a la universidad de Königsberg – su ciudad natal - impartiendo materias como lógica, metafísica, matemáticas, física, geografía, pedagogía, derecho natural, filosofía moral o teología natural. Siempre repetía a sus discípulos que no asistieran a sus clases para aprender filosofía sino para aprender a amar el saber, para filosofar, porque todo saber es importante.

Si Galileo puso fin a la centralidad de nuestro planeta en el Universo, Kant colocó al ser humano en el centro de toda realidad, una realidad que debe conformar por sí mismo.  El ser humano no es un objeto en su entorno, es el sujeto de todo. Por eso su herencia pedagógica es cómo debe la educación modelarle para que sea capaz de cumplir con su deber, de decidir por sí mismos. El actuar de los hombres y las mujeres que antes venia del exterior, a partir de entonces emanará de su interior, de él mismo, pues deberá responder a la pregunta ¿qué debo hacer?. Por tanto, la libertad es también la piedra de toque del edificio kantiano, de toda su moral.

Nuestras acciones no son medios sino fines en sí mismo, ya que son consecuencia del cumplimiento de una ley establecida por el mismo sujeto y para él mismo. Y así Kant enuncia un imperativo categórico: obrar según una máxima tal que puedas querer que esta se torne en Ley Universal. Un imperativo que no establece normas concretas. Es “imperativo” porque es ineludible, de obligado cumplimiento y “categórico” porque su enunciado debe tener validez universal. 

En realidad este tipo de imperativos vienen de lejos. A ver si les suenan: Honrarás a tu padre y a tu madre; no matarás; no robarás; no dirás falso testimonio ni mentirás; etc. Sí, lo han adivinado son algunos de los mandamientos que Jehová dictó a Moisés para que los cumpliera el pueblo hebreo, pero hay una diferencia fundamental: esas normas fueron dictadas por un dios, por algo exterior.

Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza, afirma Kant. ¿Debo obrar con justicia? Si pudiera dictaría una ley que obligara a todos a obrar con justicia? Sí, pues entonces yo debo imponerme y cumplir la máxima de obrar con justicia. ¿No les suena también eso de: Amaras al prójimo como a ti mismo o trata a los demás como te que gustaría que ellos te trataran a ti? Pero en esta ocasión y según Kant esa norma me la impongo yo mismo, así como el deber de cumplirla haciendo uso de mi libertad. ¿Sencillo? Pues sí, pero muy complicado de llevar a la práctica.