Sábado, 17 de agosto de 2019

Pensando, pensando I

La ventaja que sacarás de la filosofía será saber hacer, sin que te lo manden, lo que otros harán por temor a las leyes” Esa es la exacta definición que el gran Aristóteles no ofrece del “arte de filosofar”.

Antes que él otros muchos ya habían osado desafiar al Olimpo y poner en cuestión las leyes eternas dadas por los dioses que allí moraban. Pero, recelar del orden natural, de los preceptos vigentes en el mundo de los mortales, supone asumir grandes riesgos, el más importante de todos ello es el de SER LIBRE. Y ese es el fin último de la filosofía, hacer realidad el anhelo vital de todo hombre, de toda mujer, de toda sociedad: SER LIBRE. Jean-Paul Sartre, filósofo, escritor, novelista y dramaturgo francés dijo: estamos condenados a ser libres.

Y en esa libertad debemos responder las dudas y decidir por nosotros mismo sin acudir a lo escrito por quienes desean conservar el poder en sus manos, sin asumir ciegamente las opiniones de los demás. Tomar decisiones en libertad, eso es VIVIR. En el arte de vivir, el ser humano es al mismo tiempo el artista y la obra, es el escultor y el mármol, es el médico y el paciente[1]. No se confundan, esto no significa hacer lo que nos venga en gana, es mucho más que eso, porque en ocasiones deberemos, libremente, optar por alternativas que irán en contra de “lo que nos pide el cuerpo” y si no lo hacemos seremos esclavos de nuestro cuerpo al tiempo que responsables de las consecuencias.

Ser libre exige conocimiento, saber distinguir entre lo bueno y lo malo y tener capacidad de decidir correctamente ya que nunca tenemos una sola opción. Tal vez en la mayoría de las ocasiones no seremos libres para elegir lo que nos pasa, pero siempre seremos libres para responder a ello de una manera o de otra y cuanto más sepamos, cuanto más conozcamos, mayores serán nuestras posibilidades de acertar. Y es que el único límite que tiene nuestra libertad es precisamente nuestro conocimiento.

¿Por qué deberíamos obedecer las imposiciones algún dios? Porque así lo dice la Ley. Pero ¿Quién escribió esa Ley? Pues el propio dios y ¿quién se la comunicó a él?. ¿Las leyes que se dan a sí mismas las sociedades emanan de las leyes divinas o son leyes naturales? ¿Son invariables? ¿Las leyes son justas o la justicia se perdió hace años entre sus reglones y la justicia es otra cosa? Si no me conozco a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero cosa importante, no por ello dejaré de ser libre… aunque me escueza[2].

La puerta quedo abierta, hace ya siglos, para formular pregunta, miles de preguntas a las que es necesario dar respuesta sin recurrir ni a los dioses ni a sus leyes, ni a las costumbre, ni a las tradiciones, ni al qué dirán. No se trata de trasnochadas cuestiones que han perdurado a lo largo de los siglos y reservadas a sesudos y solitarios pensadores, se trata de nuestra libertad, de la justicia social, de la solidaridad, de tanta y tantas cosas sobre las que hablamos a diario, sobre las que decidimos a diario, en nuestra vida cotidiana, en nuestro permanente interactuar con los que nos rodean. En definitiva se trata de nuestras vidas y merece que le prestemos cierta atención porque cada día, con cada decisión nos jugamos el resto de lo que nos queda por vivir.

La filosofía – el amor por la sabiduría – comenzó hace siglos su caminar, un caminar que nunca terminará porque siempre habrá preguntas que formular y respuestas que encontrar. Puede que las vacaciones, el verano, sea buen momento para ello.

 

[1] Erich Fromm. Ética y psicoanálisis

[2] Fernando Sabater. Ética para Amador.