Miércoles, 23 de octubre de 2019

La luz de la candela

Respondiendo a una invitación que se nos había hecho, el pasado 20 de abril realizamos una lectura de nuestros propios poemas en la localidad madrileña de Alcobendas, dentro de un foro poético, que va por su undécima edición, y por el que han pasado, a lo largo de todos esos años, poetas de mi generación y algunos más jóvenes.

            Y, aprovechando tal visita madrileña, contemplamos algunas de las exposiciones  más significativas de los museos de la urbe; como, por ejemplo, en el Museo Thyssen-Bornemisza, la de los “Realistas de Madrid”, capitaneados por Antonio López; o, ya en el Prado, la maravillosa dedicada al pintor francés Georges de La Tour (1593-1652), que es en la que nos vamos a detener.

            La obra pictórica conservada de este pintor es escasísima: apenas cuarenta cuadros en todo el mundo, de los cuales más de treinta se exponen en el Museo del Prado hasta el próximo 12 de junio. Es una exposición que recomendamos vivamente a todos los amantes de la mejor pintura.

            Georges de La Tour solo pinta la figura humana. En su época –estamos en un momento de plenitud de la modernidad, aunque ya con los tenebrismos y claroscuros barrocos, una época de pesimismo y angustia–, todavía el ser humano es el centro del mundo; aún la humanidad no ha sido desplazada ni degradada (algo que corresponde más a nuestra contemporaneidad. De ahí que, en los cuadros de Georges de La Tour, tal humanidad se despliegue, ya sea a través de los personajes sagrados (San José y el Niño, San Jerónimo, la Magdalena), o profanos (esos conmovedores ciegos tocando la zanfonía, los ancianos, las mozas y los pícaros, los tramposos, las riñas de músicos...), aunque sea en contextos no pocas veces perversos y trágicos, como las riñas y peleas, los engaños y trampas..., que hablan de esa precariedad de un mundo en el que ya comienza la degradación a manifestarse.

            Pero siempre, en algunos de sus más hermosos cuadros, los personajes están iluminados por la luz de una candela que los imanta y que los esclarece, que los salva de algún modo de lo tenebroso. Se trata de una luz simbólica, que salva y que protege, en la medida en que, al iluminar a los personajes, les otorga una entidad e identidad, que el pintor plasma de modo misterioso. Tales personajes están como ensimismados en torno de la luz, cuando no completamente quietos.

            En ocasiones, como ocurre en uno de los dos cuadros dedicados a la Magdalena, la luz surge de la torcida encendida que se alimenta del agua y el aceite depositadas en un transparente y hermoso vaso, que conocemos ya desde nuestra niñez. Es una luz simbólica, es una luz metafísica, es una luz que habla de posibilidad y de esperanza, de que no todo está perdido.

            La luz de la candela. Las hermosas y misteriosas pinturas de Georges de La Tour. Las tenemos ahí, muy cerca de nosotros, en una exposición temporal del Museo del Prado que será irrepetible. No nos perdamos –si nos es posible– el privilegio de contemplar la mejor pintura.

La luz de la candela está ahí esperándonos.