Martes, 10 de diciembre de 2019

Un hombre anclado a su tierra

Desde hacía algún tiempo, en su casa no oía otra cantinela que no fuera la de que cada vez estaba más torpe, que ya no podía servirse por sí mismo, que ellos, sus hijos y su hija, no podían atenderle porque tenían otras obligaciones en la capital, y sobre todo, tenían a su propia familia a la que debían atender y no podían desplazarse al pueblo para cuidar de él. Tampoco podía quedarse sólo. - Algún día te pasa algo y a ver quién te atiende - Le decían una  y otra vez. La solución es la residencia. Aquello le sonaba como una sentencia. Nada podía hacer, era inútil rebelarse ante aquel dictado. La residencia, la residencia… retumbaba una y otra vez en su cabeza. Era como si le confinaran a un campo de concentración.

Trataban de convencerle de que la residencia estaba muy bien, que estaría atendido día y noche, que de nada le faltaría. Como colofón del argumento añadían: iremos a verte casi todos los días.

- Que sabrán ellos de lo que es mejor para mí - Meditaba en silencio, mientras clavaba sus húmedos y brillantes ojos en la lumbre que ardía en la chimenea.

Ellos no entendía, no sabían, que el que fueran a verle o no, era lo que menos le preocupaba. Lo que no quería, era dejar aquella casa en la que había pasado toda su vida, en la que tantas y tantas calamidades, necesidades, trabajos, penas y también alegrías, había vivido. No quería separarse de aquellas paredes sucias, ajadas por los años, de aquella chimenea negruzca y grasienta a cuyo amor de la lumbre había vivido infinidad de fríos inviernos al lado de su mujer, con la que compartió durante tantos años, todas aquellas necesidades y alguna alegría. No quería dejar aquella alcoba fría, con sus incómodos colchones de lana, sin ventana por la que pudiera entrar un hilo de luz o algo de aire que la oreara. Aquella alcoba, en la que fueron concebidos sus tres hijos, los mismos que ahora quieren que la abandone. Aquello para él era como traicionar a su mujer y traicionarse a él mismo.

Sus hijos no podían entender que prefiriera quedarse con toda esa miseria en lugar de ir a una residencia amplia, con habitaciones soleadas, con salones sociales en los que relacionarse con unos y otros. No podían entender que renunciara a todas esas comodidades por esa vieja casa, que casi amenazaba ruina. No podían entender que aquella casa con su ruina, sus desvencijadas puertas y ventanas, su oscuridad, su no renovar el aire, sus sucias paredes, era su propia vida, era él mismo. Allí estaba todo cuanto quiso en este mundo, y sin aquello, su vida no tenía ningún sentido. No era tiempo de cambiar de vida. Ni quería, ni podía. No serían muchos los años que le quedaban y no estaba dispuesto a vivirlos fuera de su casa, de su casa de toda la vida. No quería renunciar al corto paseo por aquel camino que se perdía en el infinito del campo, que llevaba a aquellas tierras a las que nunca volverá, pero que las adivinaba en el horizonte de las limpias tardes de verano. No quería renunciar al momento de la tarde, que sentado en el poyo de la puerta, bajo la frondosa parra, plantada por su mano, recordaba a duras penas, otros tiempos, en los que siendo joven y vigoroso trabajaba los campos, arrancándoles un mísero pero honrado jornal, con el que mantenía en pie la casa, a su mujer y dio educación a sus tres hijo.

Cuando el verano  tocaba a su fin y en los campos el rastrojo lo cubría todo. Cuando, al atardecer, una brisa fresca invitaba a ponerse la chaqueta de pana, salió por el camino de siempre, sabiendo que aquel era su último paseo. Al llegar al viejo tocón de encina, el cansancio se apoderó de él. Se sentó, y el sueño le fue venciendo. Se le cerraron los ojos dulcemente, el rostro reflejaba una satisfacción olvidada. Las luces del atardecer se apagaron para siempre y el canto de la alondra dejó de sonar.

Poco a poco, su cuerpo se fue fundiendo con la tierra, y se hizo tierra con la tierra. El hermano campo, en el que trabajó, luchó y regó son sus lágrimas y sudores, le cobijó amorosamente en su seno, sin dejar el más mínimo rastro.

Pasaron los años, jamás se supo qué fue de él. Su vecina, todas las tardes, barre sin cesar las inmediaciones de la puerta, pero nunca consigue echar de allí un montoncito de tierra, que arrastrado por la brisa de la tarde, se arremolina en el porche y se acurruca al pie del poyo.