Lunes, 3 de agosto de 2020

Todos igualmente moriréis

tn_image036.jpgDom 3. Cuaresma, ciclo C. Lc 13, 1-9. Así responde Jesús:

-- Le dicen que han muerto dieciocho cuando ha caído la torre de Siloé, y él recuerda entonces que otros muchos galileos han muerto, asesinados por el gobernador de Roma en el mismo templo.

-- Las circunstancias son serias sigue diciendo Jesús, tanto en un plano físicos (torres caídas) como social (matanzas políticas), para añadir que el tiempo exige una gran conversión (meta-noia), cambio de ser y pensar, pues de lo contrario todos igualmente moriremos (nos mataremos, pereceremos).

Éste es el argumento de la primera parte del evangelio del domingo (los muertos de la torre, los muertos de Pilato: Lc 13, 1-5); la segunda trata de la higuera humana que lleva mucho tiempo sin dar frutos, de forma que el Señor quiere ya cortarla, pues no hace más que estorbar en su campo, como diciendo así que le especie humana está en peligro inminente de destrucción (Lc 13, 6-9).

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Las dos “historias” (los muertos y la higuera) son distintas, aunque se encuentran vinculadas por la urgencia de la “hora” y por el riesgo de la muerte. Las dos son importantes, y por eso las quiero presentar por separado, para así poner de relieve su escalofriante actualidad, su gran realismo.

Hoy me ocupo pues de la primera, que evoca dos tipos de muertes.

(a) Una parece de “accidente” cósmico: Una torre de Jerusalén se cae y mata a dieciocho. Pero es un accidente "provocado" por aquellos que construyen torres de seguridad soberbia (bombas atómicas, obras que polucionan aires, mares y tierras), como la de Siloé... torres que al fin caen sobre aquellos que las edifican (como la de Babel: imagen).

(b) La otra historia plantea el tema del asesinato político directo, del riesgo de genocidio universal: Pilato, gobernador imperial romano, mata a un grupo de peregrinos galileos, pensando que son peligrosos(como unos terroristas), pero con ello sólo hace una cosa: aumenta la espiral de la violencia (en esa línea puede verse el coloso de Goya).

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Ante esos riesgos sólo hay un camino: La con-versión radical (meta-noia): Si no cambiamos de forma de ser (pensar y actuar) pereceremos todos.

No se trata pues del juicio final de Dios, sino del riesgo de la muerte final de una humanidad que se destruye a sí misma. Un tema de increíble actualidad, que el Papa Francisco ha planteado de un modo fuerte en su encíclica sobre la “ecología” o, mejor dicho, sobre la posible eco-thanatología (la destrucción de la humanidad).

Siga leyendo quien quiera conocer su actualidad, discutir su sentido.

Lucas 13, 1-5

Eu una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:

-"¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.
Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera."

1. Una torre que cae, un asesinato político:


La caída de la torre.En principio parece una catástrofe natural: puede haber sucedido por fallo del suelo o por un terremoto (a no ser que su derrumbe se deba a la mala construcción a la desidia de los hombres, que no se han preocupado por asegurarla )¿O se trata de una torre de vigilancia militar, como la de Babel, que acaba matando a quienes la construyen y quieren vivir seguros a su sombra?.

En esa línea se podría hablar de un río desbordado que inunda todo el pueblo, de una tormenta o tsunami del mar que destruye las ciudades de la costa, o de un terremoto como el de Haiti que destruye numerosas poblaciones, produciendo millares de muertos. En esa línea se debe seguir hablando del efecto invernadero, de la polución del agua y del aire, de la destrucción muy posible de la vida del mundo, por efectos de ruptura o muerte cósmica

Los galileos matados por Pilato fueron víctimas de la conflictividad política en un mundo donde resultaba difícil (por no decir imposible) el control de la violencia. Dentro de una creación positiva donde, en principio, Dios quiere hace que alumbre el sol y llueva para justos y pecadores (Mt 5, 45), nos hallamos amenazados no son por las catástrofes “naturales”, sino por la violencia social, que para algunos proviene de los “galileos” levantiscos y para otra de la opresión imperial de toma.

Estos galileos a quienes Pilatos mató por entonces no murieron en cualquier lugar, sino en el templo de Jerusalén, que sigue siendo quizá el lugar más “caliente” de la conflictividad humana, lugar donde podría nacer una nueva guerra mundial de dimensiones cósmica. Estos galileos podían buscar un Reino Judío tipo ISIS, era quizá unos “terroristas” de grandes torres (¡la imagen de las Torres Gemelas de Nueva York planea en el fondo). Pero Pilatos no era mejor y ahogó en sangre su “revuelta”.

Primera lectura del texto: Bienes y males para todos. A Dios no le importamos

En un primer momento, la función del texto es clara: si los bienes de Dios (agua y sol) son para todos (Mt 5, 45), lo mismo han de ser ahora los males, pues mueren de igual forma justos y pecadores: Los caidos bajo la torre no eran peores que los otros, ni los asesinados por Pilato. Así parece que estamos por igual ante un mismo riesgo de muerte, justos y pecadores, buenos y malos.

La bondad moral no sirve para liberarnos de los males de la tierra; la oración no impide la caída de la torre ni la matanza de los galileos. Estamos ante un Dios que resulta misterioso y que parece mantenerse y planear con soberana indiferencia ante los muertos de la torre y los asesinados de Pilato, muy por encima de aquella división moralizante que divide dentro de la historia a buenos y perversos.

Esta muerte que amenaza por igual a justos e injustos no es la muerte de Adán pecador de la que hablaba Pablo en Rom 5, ni es la ruina “justa” de aquellos perversos que se ahogaron en el tiempo del diluvio (Gen 6-8), ni el desastre de Sodoma y Gomorra, arrasadas por el fuego vengador de Dios puesto al servicio del triunfo los justos (Gen 19).

El Dios de este pasaje parece indiferente. No es que sea malo, sino que es peor, pues no le importa el mal ni el bien de los hombres, y así deja que caigan las torres y no detiene la mano asesina de los viejos o nuevos Pilatos, con sus soldados de muerte.

No hay distinción intramundana de justos y culpables: todos aparecen como iguales ante el tema de la muerte, en un mundo amenazado por violencias naturales y sociales. Éste es el argumento central de todo un libro de la Biblia: el Eclesiastés o Qohelet.

Una solución demasiado corta: Los buenos al cielo, los malos al infierno.

Lo anterior claro es claro: los que han muerto aplastados por la torre o asesinados por Pilato no son, en principio, más culpables que los otros. De esa manera, con su