Populismos

Tony Blair decía de Jeremy Corbin, líder del partido laborista “es una Alicia en el País de las Maravillas”. Más explícito, David Cameron, primer ministro: “ese Corbin es un antisistema”. De Bernie Sanders, precandidato a la presidencia de EE.UU. la Clinton afirma: “sus planes de gobierno no son serios, ni creíbles”; y los republicanos de lo peor que se puede ser en ese país, lo tachan de socialista. ¿Qué decir de Varoufakis, alias el “Varoufucker”? [Img #570792]Leí en un “prestigioso” diario español: “ese chulo ateniense, con más pinta de portero de discoteca que de ministro…” Respecto al Papa Francisco algún “intelectual” patrio comenta: “espero cura Paco que algunos de sus purpurados atajen sin demora sus payasadas”. De Pablo Iglesias ni les cuento las lindezas que de él se dicen…ya lo saben. El punto sobre la “i” lo ponía el diario El País en una sección dominical dedicada a analizar el populismo. Leí con una atención relativa lo que allí se decía. Con cierta desconfianza, reconozco, dada la deriva editorial que ha tomado ese periódico. Pues bien, me quedó muy claro quiénes, a su juicio, están aquejados de tal enfermedad, a saber: Bernie Sanders, Jeremy Corbin, el cura Paco, Pablo Iglesias y otros. Respecto al concepto “en si” mis dudas siguen sin ser resueltas y mis sospechas confirmadas. Quiero decir, “populismo” es un término pasible de infinidad de acepciones, si bien siempre o casi comporta un contenido axiológico peyorativo. Como diría Hilary Putnam se trataría de un “término éticamente denso”. Lo peyorativo del término “populismo” reside en su vecindad con la “plebe”. Y “plebe” o “plebeyo” se asocia con anarquía, carencia de modales, oportunismo e ignorancia. Los que acabaron con el antiguo régimen en Francia eran unos “sans culottes” y los manifestantes del 15M unos “perroflautas”. No obstante, detrás de ese resquemor estético se oculta, como siempre, otro ético o político no explicitado. Uno de aquellos eximios politólogos, los del País, nos desvela tal extremo: el populismo es una retórica que plantea la batalla del bien contra el mal, aportando soluciones voluntaristas y simples a problemas complejos. El gran desafío, añade, reside en la “modulación del diagnóstico” (¡Toma esa ¡). Tal modulación o cambio de matiz, sigue perorando, implica acabar con el tratamiento sentimental que se viene dando al problema migratorio, implica desenmascarar la candidez del pacifismo, evitar poner límites y condiciones a los tratados de libre comercio (se refiere al TTIP) o presionar fiscalmente a las rentas más altas ¡Al fin¡, alguien llama a las cosas por su nombre, políticamente hablando. El disenso, para ellos, es populista. En eso, que ese señor con ingenuidad y servilismo expresa, reside la quinta esencia del populismo. No en el uso infrecuente del desodorante, si no en el cuestionamiento a un determinado ejercicio del poder. Enfrentarse a unos gobernantes corruptos, a unos partidos clientelares y a unos lobbies financieros que condenan a la precariedad a las pequeñas vidas, aseveran, es propio de populistas. Sospechas confirmadas. En plena euforia neo capitalista Margaret Thacher    proclamó su famoso eslogan: “There is no alternative” (No hay alternativa a este maravilloso sistema). Parece que hoy algunos políticos siguen allí anclados en esa ilusa declaración de principios. Pienso más bien se sienten acobardados, confusos, quizás comprados por ese “uno por ciento”, inmunes, en todo caso, al sufrimiento ajeno. Su futuro, sin la menor duda, será incierto.