Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Cuadros de una exposición

Nada que ver con la obra estupenda de Modest Músorgski. Esto de hoy pretende ser una especie de aviso pedestre en la maraña arbórea del arte actual. De alguien ya medio descreído. Y puede servir de faro avisador a navegantes artistas, pseudoartistas y compradores o pseudoinversores en arte para el intento de desbroce del enmarañado camino.

          [Img #569160] Se puede pagar por un trozo de plástico resultón, por un canalón sacado de contexto, una piedra, por una foto más o menos bien hecha, por un cartón, un vídeo, por un dibujo infantil o sofisticado, o por un tablero o lienzo pintado con lo que sea, firmado, plenamente garantizado por no sé quién y posteriormente quererlo defenestrar al decenio siguiente. Eso suele suceder en muchos casos. Yo a estas alturas lo he visto más de una vez. Por eso aconsejo al aficionado que pague sólo por aquello que le convenza y guste plenamente. Ese será su disfrute del futuro. Que mande a la porra (o a la mierda directamente) al experto asesor que le empuje a ver cosas que usted mismo le cueste apreciar a simple vista. Compre sólo aquello que le guste, que ande en un precio razonable y pueda estar prudentemente garantizado, y no recomendado por gacetillas y artículos de expertos hechos a medida. O si no, déjese llevar por lo que quedó retratado en algunos libros de historia ya consolidados (los añejos, los que pasaron más de un filtro y más de una moda). Eso sí será de valor. Aunque ese producto no llegue a estar normalmente al alcance del diletante de clase media. Piense en ello como el valor relativo que es cuando se lo lleve a casa. Nunca como la sólida inversión de futuro que pueda ser.

           Eche un vistazo en mercadillos de barrio y vea la oferta de firmas que se podrían recuperar por escasos euros. Y piense. Piense lo qué podrían haber pagado por eso depositado ante sus ojos los anteriores propietarios. Y desconfíe. Desconfíe de envoltorios edulcorados y frases huecas al uso. El arte siempre ha ido por otro sitio distinto a la especulación y al halago fatuo. Y déjese seducir sólo por el canto de sirena de su propio gusto y la hondura de su bolsillo. Las paredes de su casa y su conciencia se lo agradecerán en adelante.