Domingo, 25 de octubre de 2020

A caminar…

Que sí hay camino. Se hace cuando te vas por la ciudad en descubierta, observando desde un rincón en silencio el embrujo de una plaza, el jardín triste, la puerta de una iglesia, la campana que te llama, una ventana, una fachada y su dorada piedra; y si te detienes un momento tal parece estar en lugares de ayer porque el tiempo, los años y las calles van pasando con pasmosa celeridad. Después continúas despacio, sin rumbo. Salamanca habría que andarla todos los días poniendo en la mirada todo tu cariño y lamentando el descuido, el abandono y la dejadez, por una u otra razón, de todos los ayuntamientos que han sido.

[Img #568042]En ese caminar solitario, me he parado esta mañana en el entronque de la calle Varillas con la en otro tiempo llamada Ramos del Manzano, ahora Gran Vía, que llegaba hasta la de Caldereros, los antiguos talleres del desaparecido diario El Adelanto y unos viejos casularios que cerraban por completo esta vía hasta la calle del Rosario. Es curioso recordar cómo algunos constructores se las ingeniaron en esta zona para alzar edificaciones por encima de lo permitido, rompiendo el proyecto elaborado para toda la Gran Vía con edificios de cuatro plantas, desde la plaza del Empresario hasta San Esteban, y las obligadas arcadas a un lado. A esto, a lo que tan acostumbrados estamos por aquí, se le llama exceso de edificabilidad con artimañas, cuando no ‘unte’. Nos ha quedado un agujero, un solar allí donde un bonito grafiti adorna su tapia, tal vez o acaso por no conseguir lo pretendido. Para estos desafueros la ley contempla una figura para  una sencilla solución: la expropiación.

Como habría que hacer en otros casos que nos vienen del siglo pasado, vergonzantes todos ellos, y a los que ningún alcalde se atreve a meter mano. Vamos entonces a caminar hasta el solar del desaparecido Teatro Bretón; unos pasos más abajo, hasta el esquinazo de la plaza de San Justo y un poco más allá, a la fachada apuntalada de la calle Consuelo. Subamos la empinada y pintarrajeada cuesta de Miñagustín, sigamos por la del músico Felipe Espino y, a la vuelta, parada y contemplación. Hete aquí el antiguo Hotel Universal, con una hermosísima fachada a su vera que corre el peligro de perderse y en la que encontramos una muestra de las tres religiones monoteístas.

Tras caña, café o jamón si nos place, otra vez a caminar hasta Anaya, pasando a la izquierda ante  un hueco y tapia después de la farmacia; tropezamos al final de la Rúa con un horrendo tapial y el correspondiente solar abandonado, ése que guarda en sus entrañas unos valiosos restos de la época vaccea. Podíamos seguir por Serranos y las siete piedras de igual forma apuntaladas de la calle Placentinos, pero prefiero terminar y descansar del corto recorrido en el Patio Chico, enfadado ya por el corral que se empecinan en no derribar en el Patio de los Leones. Hay problemas más importantes que El Corte Inglés, pero lucen menos y no precisan ruedas de prensa.