Lunes, 16 de diciembre de 2019

Pon una sonrisa en tu vida

Era un hombre serio, muy serio, todo se lo tomaba en serio, la vida, para él era una cosa muy seria. Cuando había que hacer algo, lo que fuera, ponía cara de seriedad e imponía a todos sus colaboradores que pusieran también esa cara. Bueno, en realidad no es que pusiera cara de seriedad, es que no tenía otra. Nunca permitió la más leve broma. Las cosas hay que hacerlas seriamente, no podemos permitirnos reír, ni jugar con estas cosas, decía, y lo peor era que lo decía plenamente convencido.

[Img #568572]Desde la primera vez, que en su juventud en alguna reunión, seminario o tal vez en algunos ejercicios espirituales, le dijeron que este mundo era un valle de lágrimas, se lo tomó tan a pecho que nunca se le ocurrió pensar que aquello, tal vez fuera una exageración o una metáfora, no, no, nada de eso, lo que allí se dijo y quien lo dijo, era algo muy serio y así se lo tomó. Desde entonces, tal vez le viniera de antes, no volvió a sonreír ante nada.

Nunca pensó que el sentido del humor y la rigurosidad a la hora de hacer un trabajo fueran compatibles. No cabía en sus esquemas el que tras una cara  sonriente se estuviera realizando un trabajo eficaz.

Para hacer algo bien, había que estar serio, ¡qué digo serio! Había que estar cabreado, de mala leche, de muy mala leche. Y esa mala leche había que trasmitirla al resto del grupo, para que todos, cabreados, inundados por esa mala leche, trabajaran eficazmente y obtuvieran rendimientos óptimos.

Lo malo es que nunca lograba sus objetivos. Sus colaboradores al estar hasta la gorra de mala leche, no conseguían resultados positivos, lo que le cabreaba aún más. Trataba de exigir más y que todos pusieran cara de más mala leche aún, con lo que entraban en una espiral de la que la única salida era una explosión que arrasara con todo, para, sobre las cenizas, como el ave Fénix, volver a construir de nuevo. Ahora con más mala leche, claro, porque la culpa de que todo se hubiera ido al garete, era porque la gente no se tomaba en serio su trabajo.

Muchas fueron las ocasiones en las que sus más allegados trataron de hacerle ver que esa actitud no conducía a nada bueno, que un poco de humor, de alegría, de desenfado a la hora de decir y hacer las cosa haría más felices a las personas, lo que se traduciría en un mayor y mejor rendimiento.

Estos consejos, sonaban en sus oídos como blasfemias, montaba en cólera con cuantos intentaban convencerle de ese modo de actuar y acababa por arrojarlos de su presencia. Tanto fue así, que pasados unos años y llegada la edad en la que las personas no podemos valernos por nosotros mismos, cuando más necesitamos de la compañía de otros, estaba sólo, completamente sólo, no tenía a nadie que le acompañara, que le ayudara en sus más elementales necesidades. Nadie aguantaba a su lado, ni aún con un buen salario. Cosa que nunca llegó a entender, no comprendía, como podía ser que pagando a una persona un buen sueldo a final de mes, no quisiera hacerle compañía y ayudarle.

Nunca llegó a entender que en esta vida había cosas más importantes que el dinero o el trabajo. Nunca supo que la felicidad era la meta. El trabajo, y todo lo demás, medios que pueden ayudar a conseguirla.

Murió en la soledad más absoluta. Dicen sus vecinos, que la noche que murió, se oían voces dentro de la casa. Algunos creen que hablaba sólo, preso de una locura al darse cuenta, demasiado tarde, de lo que había hecho con su vida. Otros, que era con el diablo con quien hablaba. Incluso había quien afirman que se escuchaban carcajadas. La muerte se reía de él y él lloró amargamente antes de morir.

Intentó sonreír en sus últimos momentos, pero como no sabía y sus facciones no estaban acostumbradas, le quedó dibujada una mueca espantosa, que aterrorizó a los vecinos, cuando lo encontraron muerto la mañana siguiente.