Miércoles, 26 de febrero de 2020

Dios no tiene rostro, su rostro son los hombres

 160110_177494.jpgDom 2 cuaresma, Ciclo C. Lc 9, 28-36. Este evangelio (Lc 9, 28-36) recuerda el signo de Jesús en el monte (el Tabor de la vida), cara a cara, ante Dios y ante sus tres amigos, revelando así su rostro ante ellos. Quiere que le vean, que todos le veamos (con Moisés y Elías), descubriendo así el rostro del Dios invisible en el rostro de los hombres, para compartir con ellos vida y conversación.

El evangelio de Marcos insiste en el campo de color y fulgor de los vestidos de Jesús, como si no se atreviera a ponernos ante su figura.

Por el contrario, el evangelio de Lucas insiste en su rostro. Su misma cara cambia, se ilumina y aparece como revelación de Dios.

Jesús nos sube al monte y se transfigura (se desnuda y reviste de gloria), nos muestra su rostro, para que le veamos, le miremos, de forma que sepamos quién es, y podamos dialogar con él. Pues bien, ese rostro de Dios que se ilumina en Jesús sobre la montaña se despliega y encarna para los cristianos en el rostro de cada uno de los hombres que están necesitados.
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De esa forma Jesús, identifica la estética (belleza del rostro) con la ética: Nos lleva a descubrir el rostro del otros, acogerle y dialogar con él. Así lo mostrará esta postal de domingo que tiene una introducción (los textos) y dos partes:

1- El relato, lectura de los textos. Jesús nos sube a su monte para que descubramos su rostro y podamos dialogar con él, en admiración, belleza y compromiso de seguimiento evangélico.

2. La llamada del rostro. Retomando el motivo del num. 500 de “Imágenes de la fe”, donde he presentado al Dios que no tiene rostro, porque se revela en el rostro del hombre, quiero mostrar que la “estética cristiana” se identifica con la ética: Descubrir a Dios en el rostro de los demás, dejarnos interpelar por cada uno de ellos (enfermo, encarcelado, extranjero), pues ellos son en Cristo (sobre el Tabor de la historia) la belleza y presencia suprema de Dios.

Buen domingo a todos, con la portada de Imágenes de la fe 500 (1. 2. 2016) y una imagen tomada de Cerezo Barredo.

INTRODUCCIÓN. UN TEXTO EN DOS FORMAS

Aquel Monte (según la tradición es el Tabor) era buen sitio, lugar alto de experiencia radical, para desnudarse ante Dios y descubrir los problemas de la humanidad, para sentirlos, para asumirlos y cambiar…

Textos:

Marcos 9, 2-4: Y seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, les subió a solas a un monte muy alto y fue transformado (metamorfosis) ante ellos. Y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero del mundo podría blanquearlos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

Lucas 9, 28b-30: (Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió). En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió (se transfiguró), sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo (camino de entrega), que iba a consumar en Jerusalén.

Marcos y Mateo hablan de trans-formación (metamorfosis de los vestidos de Jesús).
Lucas habla de trans-figuración (cambio de figura) del rostro de Jesús.

1. UN RELATO RICO EN SIMBOLISMO

1. Y seis días después…

Posiblemente alude al Día de Dios (sábado o domingo), pasados seis días de la escena anterior que en el evangelio de Marcos era la de Cesárea de Felipe, con la “confesión” de Pedro y la revelación de Jesús (el camino de dar la vida por el Reino). Ha pasado la semana de los días de la creación, llega el día séptimo de la meta-morfosis de la Iglesia.

Ha pasado el tiempo de los equilibrios de poder, los seis días de esta iglesia “gregoriana”, ajustada a los tiempos del mundo; es la hora del cambio en la montaña. Si ella no se transfigura radicalmente, si no sube al Monte de Dios y se renueva corre el riesgo de acabar y morir. Hoy es tiempo bueno, el sexto día

2. Tomando a solas a Pedro, Santiago y Juan les subió a un monte muy alto.

Estos tres (Pedro, Santiago, Juan) son signo de la Iglesia de Jesús, su grupo de intimidad, compendio de todos los creyentes. Ellos son en especial el signo de una Iglesia dominante, llamada a cambiar, descubriendo la señal de la presencia de Dios en Jesús.

Es como si les hiciera “ascender” con él (con el verbo anapherei, en griego), a un monte (horos, sin artículo, a cualquier monte). Desde la perspectiva de Cesárea de Filipo, donde ha estado Jesús, debería ser el Hermón, el monte más alto de la gran cordillera, entre Galilea, Fenicia y Siria. Pero, desde la perspectiva de Galilea (donde parece que el pasaje quiere situarnos), puede y debe tratarse, simbólicamente, del Monte Tabor, lugar de la gran batalla del libro de los Jueces 4, 1.

Jesús tiene que subir (hacer subir) a todos, para que seamos de otras forma. Que tomemos distancia para ser lo que somos, que nos alejemos de los problemas e intrigas inmediatas; que se sitúen ante el frío y el calor de Dios, a pleno campo, llevando con ellos los problemas del mundo, no para quedarse en el monte, sino para detenerse un momento, descubrir mejor el misterio, y ponerse al servicio de los pobres del mundo.

3. Y fue transfigurando ante ellos (cambió su rostro).

La palabra clave del relato de Marcos 9 y Mt 17 metemorphôze (fue transfigurado o metamorfoseado por Dios, en pasivo divino) ante ellos. Se trata de un término que es casi técnico en griego (e incluso en latín) y que evoca las transfiguraciones o cambios de figura que asumen (padecen) los dioses y seres divinos, tomando diversas formas para presentarse y actuar, como sabe Ovidio (Las Metamorfosis), escrita el año 7 d.C.

Pero esta no es una pura simbólica pagana en el sentido negativo, sino una experiencia universal. Toda la realidad es una “metamorfosis” incesante de aquello que existe, dentro del continuo sagrado de la realidad, donde dioses y hombres se vinculan (sin diferencia esencial). Jesús aparece así como fuente de metamorfosis, de gran mutación mesiánica, desde el monte de su revelación.

4. Oración, presencia: un rostro diferente

Así lo ha destacado el evangelio de Lc (9, 29). El posible cambio en los vestidos resulta secundario. Lo que importa es la oración, el encuentro en profundidad con Dios y con los otros… Éste es el cambio radical, que se expresa en los ojos, a través de la mirada.

Ni Marcos ni Mateo dicen nada del cambio del rostro de Jesús, sólo se fija en sus vestidos, que se vuelven blancos, es decir, de color de cielo (cf. Ap 3, 18; 19, 14). De esa manera siguen la tradición del Antiguo Testamento, por ejemplo en Is 6, 1, donde se dice que el profeta vio a Dios, pero sólo se

Lc 9, 29 habla, en cambio, del cambio del rostro de Jesús, a quien ve, por su propio rostro, como Señal de Dios, en gesto de oración. (a) No habla de metamorfosis, quizá por las implicaciones paganas del término… (b) Pero insiste en su oración y en su rostro, su prosôpon, que es el signo de Dios, su presencia activa partes (como la mirada, cf. Ap 2, 18; 3, 18), sino que

5. Y se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús.

Se les aparecieron a ellos (a los tres videntes), no a Jesús. Ellos representan la identidad de Israel, es decir, la Ley (Moisés) y la profecía (Elías), vinculadas en su raíz y señalando que el camino de Jesús, rechazado por otros como peligroso para la identidad y esperanza israelita, cumple en realidad esa esperanza.

La Iglesia debe asumir el testimonio de Moisés y Elías, aprendiendo con ellos lo que implica el camino fuerte de las transformaciones. La Iglesia sigue siendo Iglesia de Moisés, que sale de Egipto y se enfrenta con Dios en el Horeb. Sigue siendo la Iglesia de Elías, que va a la montaña a pedir ayuda a Dios, pero que escucha la palabra más alta: ¡Vuelve, empieza de nuevo!

6. Deben hablar de la forma de entregar la vida al servicio de los pobres.

Las autoridades oficiales y sagradas de Jerusalén van a condenar a Jesús en nombre de Dios (cf. Mc 8,31). Pues bien, ese mismo Dios le avala, llamándole su Hijo, y diciéndole que siga, con Moisés y Elías. Lucas nos dice que Jesús estaba conversando con Moisés y Elías (êsan synlalountes: estaban dialogando) del camino de Éxodo que deben realizar (ellos, la Iglesia)…

Éste ha de ser el camino del diálogo cristiano: Un camino de vida, es decir, de entrega de la vida (de renuncia de poderes, de afirmación de evangelio), pues sólo muriendo se resucita. Éste es el camino de metamorfosis de la Iglesia, representada en los Cardenales, que deben subir al monte de Dios, para aprender a morir, para morir de verdad… Sólo así podrán escuchar la gran Palabra de Dios que les dice: ¡Éste es mi Hijo!

7. Sigue la conversación de Jesús con Moisés y Elías y con sus discípulos

Esa conversación es el motivo central y meta de la escena: Hablan del camino que lleva a Jerusalén, de la experiencia de Dios en la vida de los hombres. Al llegar aquí dejo el tema bíblico estrictamente dicho, que podrá verse en un comentario de Lucas y paso a la visión directa de Dios en el rostro concreto de los hombres, y en la conversación con ellos.

3. TRANSFIGURACIÓN. EL ROSTRO DE JESÚS

(Texto tomado en parte No harás imagen de Dios..., de Imágenes de la fe 500, febrero 2016)

La tradición de la Iglesia Oriental ha sabido siempre que Jesús es el rostro de Dios, insistiendo así en el gran icono de la transfiguración, leído desde la perspectiva de Lucas, como revelación del rostro de Cristo.

1. Estética cristiana, una “ética” del rostro

Oponiéndose al mensaje y camino de Jesús, los sacerdotes del templo, colaborando para ello con los soldados del César, decidieron condenarle a muerte, porque les parecía que ese Jesús era opuesto al Orden Sagrado del templo de Jerusalén (y de la misma Roma, imagen política de Dios). Pues bien, de forma paradójica y profunda, los seguidores de Jesús (cristianos) descubrieron y contemplaron la belleza más alta en la vida del mismo Jesús, confesando que Dios le había resucitado, viéndole así como Icono de Dios, imagen humana del misterio, arte supremo (cf. 2 Cor 4, 4; Col 1, 15).

La tradición bíblica sabía que Adán-Eva era imagen de Dios (cf. Gen 1, 26-28), cuya gloria fulgía en Moisés, que ocultaba su rostro con un velo, para no deslumbrar a quienes le miraban (2 Cor 3, 13; cf. Ex 34, 33-35). Pues bien, superando esa limitación de Moisés (que ocultaba el rostro) y culminando lo esbozado en Adán-Eva, Jesús resucitado aparece como el hombre verdadero, imagen plena de Dios, encarnación de su bondad/belleza, de manera que podemos mirarle sin velo. En el rostro de un hombre concreto, se expresa y despliega así la belleza de Dios (cf. Jn 1, 1-18; 1 Cor 15, 45; 2 Cor 3, 18-4…), de forma que en él y con él todos los hombres y mujeres son (somos) rosto y presencia (imagen) concreta de Dios.

La estética cristiana consiste por tanto en descubrir la gloria de Dios en el rostro y vida de un ser humano (Cristo), varón o mujer, para mirarle cara a cara y venerarle en gozo y gloria, acompañándole (acogiéndole, ayudándole) en concreto, en gesto de responsabilidad, de acogida. Desaparecen o quedan en muy segundo plano las mediaciones de imágenes y cantos, creaciones sacrales o políticas: la belleza suprema de Dios es la vida de los hombres, en especial de los pobres, y el arte más alto la entrega a favor de ellos.

2. No hay imagen de Dios, cada rostro humano es Dios en persona

Los cristianos saben que no pueden fabricarse imágenes externas, idolátricas, de Dios o de los hombres, pues sólo los hombres concretos, que viven y aman, sufren y mueren (como Jesús), son signo y presencia de Dios en la historia. Desde aquí se abre un camino nuevo de estética, fundada en el rostro que se comunica, que llama y espera, dialogando con otros humanos.

-- Los judíos ponían de relieve la trascendencia de Dios, pero de un modo general, que no podía concretarse del todo en la historia de unos hombres concretos, en apertura al conjunto de la humanidad.

- Los cristianos, en cambio, han descubierto la belleza de Dios en la vida y entrega, el amor y presencia de un hombre concreto, Jesús, que es sabiduría, justificación, santidad y redención de Dios, que nos capacita para dialogar y comunicarnos de un modo universal y concreto (cf. 1 Cor 1, 30).

Palabra hecha carne. El Dios que se encarna en el rostro (cuerpo entero, mirada) del hombre es Palabra hecha carne, en conversación e historia (cf. Jn 1, 1.14). Jesús, rostro de Dios, es fuente y verdad de diálogo entre y para todos los hombres y mujeres, vinculando así los dos aspectos centrales de la realidad. (1) Dios se revela en la presencia y mirada del hombre, al servicio del Reino. (2) Cada ser humano que se abre y ama a los demás es imagen (signo y presencia plena) de Dios.

Belleza y responsabilidad de la vida humana. Sólo habrá una forma central de belleza cristiana: Dios que se revela allí donde los hombres dialogan y se aman. El canon del arte es según eso la “medida” humana: no es bella en sí la ley (judaísmo rabínico), ni el culto sacrificial, ni la riqueza de los grandes edificios, ni el poder o dinero, sino los mismos hombres que puede expresarse sin hipocresía ni velo, en verdad y experiencia de misterio.

Ésta es una belleza ética: Sólo podemos contemplar el rostro de alguien allí donde le acogemos en amor, allí donde le recibimos y compartimos con él el diálogo de la vida.

3. La estética de Jesús es una ética de intimidad y comunicación, de acogida y compromiso por los otros

Esta es la experiencia de Jesús, principio de comunión concreta entre los hombres, hermosura suprema. La belleza se identifica por tanto con la misma vida personal humana, en camino de amor y encuentro mutuo, no para evadirnos de la muerte (como querían los griegos), sino para descubrir en ella, por amor a los demás (en Jesús crucificado), la presencia y belleza del Dios que (nos) resucita.

Así descubrimos en la base de la vida humana, en Cristo, un misterio de veneración y gozo, un estallido de belleza: ¡Cielo y tierra se encuentran reflejados en su mismo rostro humano, en los ojos que miran diciendo su palabra y esperando una respuesta! Por eso, no es preciso perderse en experiencias imaginarias de mundos exteriores. La expresión suprema de Dios es siempre el hombre: la belleza es el rostro que mira y admira, que ama y que llama, que pregunta y responde.

– Surge así una estética del rostro (individualidad histórica y comunicación). Jesús no quiere conducirnos hacia mundos ideales de belleza eterna (lejos de la humanidad concreta), ni a experiencias “superiores” de inmersión cósmica. La belleza es el mismo ser humano, a quien Jesús ofrece su ayuda humanizadora (milagros), a quien abre un camino de experiencia y comunicación de amor concreto.

Todo rostro humano es presencia de Dios. Por eso, allí donde se representa en su verdad y belleza concreta (no en evasión idealista), vie