Martes, 25 de febrero de 2020

… y árboles que sienten

Es cierto: los árboles laten, tienen una conexión directa con la Tierra, pues no hay que olvidar que toda la energía, incluida la química, proviene de las plantas, pues son los únicos capaces de transformar la energía solar que recibimos en energía química, asimilable por el resto de habitantes del planeta; son la base de la cadena alimentaria. El gran Charles Darwin fue de los primeros que señaló que eran seres que sentían, que sus raíces actuaban “como el cerebro de uno de los animales inferiores”. A pesar de que conocemos alrededor de 300.000 especies diferentes, sabemos muy poco de ellos, pues sólo vemos una parte, pero las raíces guardan muchos de los secretos mejor guardados. Y si definimos a la inteligencia como la capacidad de resolver problemas, se puede afirmar, sin ninguna duda, que, al igual que el hombre y los animales, las plantas son seres inteligentes.

Quizá suene estrambótico, ya que siempre nos han hablado sobre el mundo vegetal como seres cuasi inertes, pero cada vez hay más fundamentos científicos que demuestran que, efectivamente, las plantas son sensibles, están dotadas de sentidos, se comunican, sea entre ellas o con los animales, duermen, memorizan e, incluso, son capaces de manipular a otras especies para conseguir sus objetivos; es decir, y a todos los efectos, pueden ser descritas como seres inteligentes. Y no deja de tener su lógica, aunque no la comprendamos, pues hablamos de los primeros habitantes de la tierra sólida, cuya persistencia llega hasta nuestros días: el árbol más viejo del mundo, una pícea que se encuentra en Suecia, al que llaman Old Tjikko, lleva sobre nuestro planeta desde hace casi 10.000 años, por no mencionar la encina que tenemos en la Península, en Ulldecona, Tarragona, que fue plantado durante el mandato del emperador romano Constantino, aunque “sólo” tenga 1.700 años.

Una inteligencia que no estamos capacitados para apreciar, lamentablemente, ya que únicamente somos capaces de apreciar inteligencia parecida a la nuestra. Según el profesor Stefano Marcuso, de la Universidad de Florencia, y una de las máximas autoridades en neurobiología vegetal del mundo: “las plantas pueden calcular con precisión sus circunstancias, utilizar sofisticados análisis de costes y beneficios, así como adoptar acciones definidas para mitigar y controlar diversas agresiones ambientales. Son capaces de un auto refinado y reconocimiento no-yo, exhibir comportamientos territoriales y mostrarnos sus complejas habilidades comunicativas. La comunicación y señalización en las plantas abarca tanto las señales químicas como físicas como aquellas que emplean como vías de comunicación. Las plantas interactúan con los animales atrayéndolos con flores de colores o deliciosas frutas para asegurarse de que sus flores consiguen polinizadas y sus semillas se dispersen. Las plantas tienen una rica vida social, exhibiendo diferentes cooperativa o comportamientos antagónicos de acuerdo con el grado de relatividad entre ellos”.

Otrora definidos como “robots orgánicos que limpian el aire y generan oxígeno”, debemos cambiar nuestra forma de mirarlos y comenzar a verlos como lo que son: seres vivos con estructuras complejas, capaces de comunicarse entre sí y generar conexiones sociales. Mientras nosotros, pobres humanos, debemos conformarnos con nuestros cinco sentidos para interactuar con el ambiente, las plantas poseen 15 más, desde los detectores químicos de sus raíces, pasando por la gravedad y los campos electromagnéticos, hasta llegar a las múltiples moléculas volátiles que surcan la atmosfera y que los humanos, no podemos ni llegar a imaginar. Aprender esa comunicación tendría un valor incalculable, sea por su significado en sí, sea para su conservación, pero nuestro cerebro es demasiado pobre… y nos gusta mostrarnos ciegos a lo que no entendemos.