Jueves, 24 de octubre de 2019

Las concesiones ciegas

En la última semana,  he tenido que  escuchar demasiadas veces a cargo de representantes institucionales “la política local nada tiene que ver con la política nacional”. Asisto perpleja a este tipo de razonamiento, que suele aparecer, no por casualidad, tanto cuando las tácticas simplistas han devorado cualquier tipo de estrategia o compromiso con la construcción de una nueva cultura política a medio plazo, así como cuando se subestima la capacidad de las propias instituciones para cooptar, modelar y desmovilizar cualquier discurso o práctica que pusiese en tela de juicio la cultura política que permite la perpetuación en el poder de las mismas élites de siempre. La capacidad de ciertos espacios de representación para, a base de gestos, medios y  cantos de sirena transformar al menos pintado en el “ya eres uno de los nuestros”.

[Img #564622]En quienes, gracias al movimiento altermundista se grabó a fuego el “piensa globalmente, actúa localmente”, el razonamiento por el cual los políticos locales se desentienden del efecto de las ondas que generan las piedras que ellos sí lanzan en este estanque, nos parece ceguera en el mejor de los casos y una burda manipulación al servicio de intereses espurios en el peor. La fantasía por la que aún nos creamos “a salvo en nuestras islas” se desbarata ante la simple constatación de que decisiones fundamentales para Salamanca y su provincia se toman a miles de kilómetros de aquí. Habrá que volver, compañeros, a leer a John Donne.

La cultura política salmantina se ha construido desde arriba, sin ningún tipo de participación popular, no es neutra y obedece a los intereses de las clases privilegiadas de siempre. Recuerdo de forma constante a Audre Lorde previniéndonos una y otra vez: “Las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo”, cuando observo reforzar por terquedad y ceguera los mismos marcos que la realimentan.

La cultura política salmantina, construida como he dicho por las élites que transitaron sin demasiados sobresaltos de la dictadura a la democracia, sigue siendo a duras penas postfranquista (¿o acaso no siguen los mayores de nuestros pueblos llevando el voto preparado de casa para que nadie les vea elegir sus papeletas en el colegio electoral?); es institucionalista, negándole capacidad y protagonismo político a otros espacios de decisión y articulación (tildan a los espacios de participación real como “animación comunitaria sin sentido”); es clientelar, comprando y vendiendo voluntades de distinto tipo en un continuo “perro no muerde a perro” y “hoy por ti mañana por mí”; es localista-virreinal, en el sentido que el Régimen del 78 le otorgó a Castilla y León: periferia sin fuerza de decisión para incorporar en la agenda política estatal y el foco mediático los problemas reales de su propia población; la cultura política salmantina está construída sobre el aislamiento respecto al resto del país, que permite gobernar esta provincia como si fuese Barataria. La cultura política salmantina se ha contagiado también del discurso “de la gestión experta y aséptica” (este eje discursivo encuentra su correlato práctico en la judicialización de la política como única vía de actuación) ,que niega la dimensión afectiva de la participación y la necesidad incuestionable de dignificar la política desde la emoción.

Pues bien, esta es la cultura política que sigue dando mayorías al Partido Popular y que necesitamos transformar en esta ciudad y esta provincia para generar un auténtico proceso de cambio.

Si desde nuestros espacios de decisión política en el nivel local olvidamos el marco en el que nos movemos y reforzamos a base de gestos poco meditados contra natura este mismo relato político, estaremos haciendo un pan como unas tortas.

La política local es política nacional y la política nacional es política local. Si desde Salamanca no tomamos conciencia de que somos responsables de la cultura política que co-creamos y de a quienes damos oxígeno y visibilidad desde nuestra acción del día a día, la ventana de oportunidad que permitió que este país tuviese ayuntamientos del cambio, se cerrará gracias a nuestra propia ceguera.

¿Es diferente el Partido Popular y Ciudadanos en el nivel local que en el espacio estatal? ¿Son diferentes las tramas de financiación ilegal del PP salmantino que las que contemplamos en el resto de España? ¿Es menos culpable Ciudadanos aquí de haber aupado al gobierno local a imputados y sostener así como en el resto de España a auténticas tramas de corrupción hechas partido? ¿Es diferente el dolor que podrían infligir en los salmantinos las voraces políticas neoliberales de Ciudadanos? ¿Su negación de la sanidad universal nos dolería menos aquí? ¿Dejaría menos en el paro a los salmantinos respecto al resto de España la locura que supondría la aplicación del contrato único? ¿Acaso se salvarían nuestros productos salmantinos ante la retirada de las denominaciones de origen que están apoyando el Partido Popular y Ciudadanos, entre otros, en Europa? ¿Nos dolería menos en Salamanca el recorte de libertades democráticas que aplaude Ciudadanos? ¿Aplaudiríamos muy contentos enviar a soldados salmantinos a la guerra en Siria que tanto entusiasmaba a Albert Rivera?

Lo local, por su cercanía e inmediatez, tiene la capacidad para construir de un modo privilegiado nuevos escenarios, nuevas puertas y ventanas por las que ampliar la democracia en base a una mayor participación, una mayor claridad respecto a cuales son los objetivos reales de nuestra presencia en las instituciones, los colectivos políticos y la propia calle. Hemos venido a construir una nueva Salamanca, libre de las definiciones y el enclaustramiento al que ha sido sometida por una clase política que supo construir el discurso social y cultural que les permitía seguir al mando del convento.

Pues bien, es en la construcción de un nuevo sentido común, de un nuevo relato de lo que significa Salamanca y hacer política en ella, en la que tenemos que concentrar todos nuestros esfuerzos sin caer en la torpeza de ningún tipo de concesión ciega.