Un prólogo sin logos

El protagonista de esta prosaica historia, al que bautizamos con el nombre de Rubén, tiene mucha vida por detrás y confía que alguna más por delante. Breve y cada día más breve, eso sí. Sufrió y se distanció, como se verá de los sacrosantos “hechos”. Al final, como al principio, siempre termina por volver a su celda, entorno natural añorado/odiado. Si bien suyo.  En la cárcel descubre que el ayer, el hoy y el mañana son nociones carentes de sentido y, a la postre, de utilidad. Aprende que lo infinito está en el aquí y en el ahora. Y que, lo realmente importante, no es lo que te suceda sino como administras el suceso. En suma, que lo esencial no está fuera, sino dentro de ti. También vive tiempos heroicos. Al menos así considerados, no por él, sí no por otros. En general por aquellos que enarbolan sus ideas, sus palabras e incluso sus puños alzados en contra de alguna mortal retórica. (Rubén desconfía de todas las “retóricas)

En lo que sigue, Rubén aparecerá como protagonista (historiado), a veces como “lo” Otro (coral) e incluso como Escribidor (omnisciente). En suma, un confuso y trivial reparto de identidades. Uno y trino. Algún escolástico lector, con esmero educado en el antes y el después, y en el tajante distingo entre el yo, el tú y el ello, podría sentirse incómodo. Si así fuera no siga adelante. El relato está escrito desde la emoción y no desde lo razonable. Eso que está más arriba del yo y tanto pavor infunde al Otro en su conjunto.  Potencia del alma, la del Escribiente, especializada en hacer del dividuo un individuo. Rubén, a dios gracias, se tiene como perfecto dividuo. Un trozo por aquí y otro más adelante. En fin, como todos los que descreen del firmamento estrellado: “Aquella -mire usted- la más brillante, es la justicia y esa otra la libertad, etc.” Por eso Rubén, que ha sufrido en carne propia, como cualquier otro rubencito, el enésimo contraste, la penúltima desgracia, inicia su racconto envuelto en la indignación para terminar comprendiéndose/le.

Hasta llegar a eso, sufre. Y esa emoción reaviva otras agazapadas por ahí adentro. De suerte que, una vez meditadas todas ellas, han permitido fundir el pasado con el presente y el yo con el él. Las emociones, a diferencia de los “hechos”, no se conjugan. Por lo demás, lo real siempre nos resulta indescriptible. Es una cuestión de lenguaje. Nuestros pensamientos, que no las emociones, llegan hasta los confines del “diccionario”. No obstante, hay otros lenguajes y otros diccionarios más completos de los que, como aconsejaba Wittgestein, es mejor no hablar.  Y la vida, sigo recordando, nunca, pero nunca, se dejará interpretar solo desde ella misma. Nunca, a menos de introducir en ella un concepto primitivo, un axioma indemostrable (¡Viva Gödel¡).

Por último, aunque así lo parezca, esto no es una biografía. Las emociones son genuinas, los hechos inciertos. Si quieren historia, por favor, en la siguiente esquina hay un taxidermista.