Jueves, 13 de diciembre de 2018

Mamarrachos

De los mil y un tabúes entre los que dificultosamente navega la libertad de expresión en España (ejército, monarquía, franquismo, historia, machismo, administración pública, religión,  ETA...), uno de los más dañinos es, paradójicamente, el propiciado por las referencias al mundo de los medios de comunicación. Constituidos en una suerte de casta sacerdotal de notable gregarismo, los medios de comunicación de las diferentes ideologías e intereses, eso que ellos mismos autodenominan “la prensa”, blanden inmediata y casi siempre extemporáneamente la bandera de la libertad de expresión, poniendo el grito en el cielo en cuanto cualquiera de [Img #558599]sus miembros -periodista, colectivo, empresa, especulador mediático, medio o cabecera- sufre la menor crítica, sospecha o comentario respecto a sus modos, sus procedimientos o incluso a su misma veracidad y no digamos a su honradez. Al margen de los pleitos judiciales que cada uno tiene derecho a plantear para defenderse, o de la libérrima utilización de sus opiniones, esta situación de “intocabilidad” de la prensa, ha generado a lo largo de los años tal situación de impuesta supremacía de los medios de comunicación, tal numantinismo ante cualquier cuestionamiento de su labor, que su dualidad como juez y parte en cualquier conflicto que la incluya, y la desequilibrada difusión que alcanzan sus posturas frente a las contrarias, ha generado un coto informativo corporativista cuyos adversarios y críticas son sistemáticamente silenciados y que le ha restado grandes cotas de credibilidad.

Este gravísimo problema de los medios de comunicación, con muy pocas excepciones, se presenta sin excepción alguna cuando se habla de periódicos, programas de radio o de televisión de tipo deportivo que adolecen en su seno de una mayoría de “profesionales” –columnistas, locutores e “informadores”  y corresponsales varios-, cuyo nivel de competencia, educativo, cultural y en ocasiones hasta ético, deja mucho que desear, al menos desde el punto de vista de un espectador que se quiere imparcial. Hace unos días, Josep Guardiola, el entrenador español de fútbol, fue gravemente insultado por algunos medios de comunicación alemanes, no sólo deportivos, que han utilizado contra él el más rastrero, sucio y ofensivo lenguaje, así como repetidos intentos de ridiculización, ataques a su entorno, a su intimidad y a su honor con las más mezquinas y vomitivas caricaturas, por la única razón de haberse atrevido Guardiola a expresar en público, educadamente y sin ofensa alguna, su opinión sobre la probidad y calidad periodística de parte de la prensa deportiva alemana, aunque ésta se haya permitido durante años, y todavía, hacer lo mismo cada día, con mucho peor estilo, respecto a la probidad y calidad deportiva –contrastada, por cierto, con multitud de triunfos-, del técnico catalán. Ejemplos similares, o totalmente idénticos, ensucian en España los espacios deportivos en prensa, radio y televisión, la mayoría de los cuales cuentan con algunos periodistas y/o colaboradores cuyas intervenciones, de una mediocridad apabullante y un estilo vergonzoso, provocan como poco una insoportable vergüenza ajena –su  alineamiento con la “prensa” deportiva alemana en el asunto citado, ha sido instantáneo y sin asomo de cuestionamiento-.

No es quien esto firma seguidor habitual de los medios deportivos españoles, pero cuando esporádicamente uno tiene la oportunidad de escuchar, contemplar o leer algunas “noticias”, comentarios o valoraciones “deportivas” en algunos de esos medios (los más seguidos del país, hay que decirlo para nuestro desconsuelo), uno comprueba la utilización del “forofismo” deportivo como banderín de enganche para la prédica de lo más casposo del machismo futbolero o el patrioterismo cañí; el uso de un lenguaje vulgar y la palmaria ignorancia del idioma en que pretenden expresarse, la ausencia de cualquier regla prosódica, a veces sintáctica y siempre de cortesía, y un “aire” populachero de falso colegueo que quiere uniformizar por lo bajo al oyente, al lector o al espectador. La inquina contra algunos deportistas o dirigentes utilizada por algunos medios de comunicación, ha conllevado defenestraciones (o exilios forzados, como el ejemplo reciente de un portero internacional), ceses, sustituciones o nombramientos interesados en organismos públicos, lo que viene a subrayar lo que antes se comentaba de la casta poderosa, que también provoca con frecuencia enormes ridículos que salpican la fiabilidad de todo un país en temas como el dopaje de deportistas españoles o las trampas de competidores de este país, defendidos sin otro argumento ni prueba que una españolidad mamarracha en bochornosas portadas de explícito amarillismo.