Jueves, 24 de octubre de 2019

El consagrado busca amar a Cristo y hacerlo amar

Carta Homilia

Queridos hermanos sacerdotes, especialmente D. Angel, Delegado de la Vida Consagrada; querida comunidad de clarisas y querida hermana sor Sara; queridas consagradas de toda la Diócesis; queridos todos:

Estamos celebrando la Eucaristía y, en ella, la profesión solemne de Sor Sara y el Jubileo de la Vida Consagrada en el Año de la Misericordia. No deseo alargarme con muchas palabras porque los signos litúrgicos hablan por sí mismos.

[Img #553719]Hoy, de Jesucristo, emerge una dimensión: la de ser Luz de los pueblos, cuando estamos celebrando precisamente los 50 años del Concilio Vaticano II, y recordamos que la Constitución sobre la Iglesia, comenzaba así: “Lumen Gentium”. “Luz de las naciones” no se refiere a la Iglesia, como a veces se ha dado a entender, sino a Cristo mismo. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, es el título con el cual el anciano Simeón saludó al niño Mesías: “Luz para los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2, 32). Y es la clave para vivir una sana espiritualidad de la vida de especial consagración. En ella, “no se acepta a Cristo por amor a la Iglesia, sino que se acepta a la Iglesia por amor a Cristo”. Incluso una Iglesia desfigurada por el pecado de sus hijos e hijas. La “Iglesia es cuerpo y esposa de Cristo a la que ‘ha amado… y por la que se ha entregado a sí mismo, para santificarla (Ef 5,26)…. Jesucristo incesantemente la “nutre y cura” (Ef 5,29)” (LG, 6).

Los Padres de la Iglesia hablan también, y como aspecto complementario, de “Ecclesia vel anima” ( la Iglesia o también el alma), así Orígenes o S. Ambrosio). De san Ambrosio es la afirmación: “La Iglesia es bella en las almas”. Y, añado, sobre todo en las almas de especial consagración. 

Porque si la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, el consagrado es un “ser eclesial”, en cuanto “lo relevante en él no es tanto el lugar que ocupa en la Iglesia, sino el lugar que Cristo ocupa en su corazón”.

En el consagrado, dos existencias, la suya y la de Cristo, se vuelven una sola, “sin confusión y sin división”. De dos “yos” resulta uno solo: no el pequeño yo de “criatura”, sino el de Cristo, pudiendo decir con Pablo: “No soy ya quien vive; es Cristo que vive en mí”. (Gal 2,20).

Por eso el consagrado, como esta tarde hará sor Sara, puede exclamar con total propiedad: “¡Jesús es mi Señor!”, como lo pronunciaban Pablo y los primeros cristianos, comprometiendo con ello toda su vida.

Para el consagrado, Jesús no es un personaje más en su vida, sino la persona más importante de su existencia; no alguien del que se habla, sino alguien a quien y con quien se habla; no es solamente una memoria sino una presencia resucitada y viva. No puede tomar ninguna decisión importante en su vida, sin antes haberla sometido a Cristo.

El consagrado busca, ante todo y sobre todo, amar a Cristo, y hacerlo amar. La fecundidad de la vida consagrada depende de su amor por Cristo. El más bello servicio que un consagrado puede hacer a la Iglesia es el de amar de vedad a Jesús y crecer en intimidad con él. Es la llamada a la santidad de vida. Recordamos que todos, como afirmó también el Vaticano II, estamos llamados a la santidad.

A veces, en ciertas familias religiosas, se ha puesto más empeño en “hacer santos” que en “hacerse santos”; más esfuerzo por elevar a los altares a los propios fundadores o hermanos, que imitar sus ejemplos de vida. En el Nuevo Testamento, los bautizados son “santos por vocación” y están “llamados a ser santos” (Cf. Rom 1, 7 e 1 Cor 1, 2). Los creyentes son “elegidos para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor” (Ef 1, 4).

Para la Sagrada Escritura, el hombre no es principalmente, como para la filosofía griega, lo que está “condenado” a ser desde su nacimiento (la physis), sino lo que está llamado a “convertirse”, con el ejercicio de su libertad, en obediencia a Dios. El hombre no es tanto naturaleza, ni siquiera “cultura” como se dirá siglos más tarde, sino vocación, llamada amorosa de Dios. Por eso, lo contrario de santo no es pecador, ¡sino fracasado! Tenía razón la Madre Teresa cuando un periodista le preguntó qué se sentía al ser aclamada santa por todo el mundo y ella respondió: “La santidad no es un lujo, es una necesidad”.

A pesar de toda la belleza expresada anteriormente, el consagrado es consciente de que nuestro caminar hacia la santidad se parece al camino del pueblo elegido en el desierto: un camino hecho de continuas paradas y comienzos de nuevo. De vez en cuando el pueblo se paraba y montaba las tiendas; o porque estaba cansado, o porque había encontrado agua y comida, o simplemente porque estaba cansado de caminar siempre. Y, de repente, llegaba la orden del Señor a Moisés de levantar las tiendas y retomar el camino: “Levántate, sal de aquí, tú y tu pueblo, hacia la tierra prometida” (Es 33:1; 17:1).

En la vida de la Iglesia, estas invitaciones a retomar el camino. Los consagrados – y todos los demás fieles- las escuchan, sobre todo, en ocasiones particulares de gracia y kairós, como es el Jubileo de la Misericordia divina. Surgen las grandes preguntas: “¿Quién soy? … ¿Qué quiero? … ¿Qué estoy haciendo con mi vida?”… San Bernardo, modelo de consagrados, tuvo una vida muy agitada y, de vez en cuando se paraba y se preguntaba: “Bernardo, ¿a qué has venido?” (Bernarde, ad quid venisti?)… “¿Para qué has dejado el mundo y has entrado en el monasterio?… ¿Para qué te has consagrado?”…

San Agustín, nos invitaba a despertar en nosotros un deseo de santidad: “Toda la vida del buen cristiano consiste en un santo deseo de santidad”. En este día La pregunta es inevitable para todos los consagrados y, especialmente, para ti, querida Sor Sara: “¿Sigo teniendo hambre y sed de santidad, o me estoy resignando a la mediocridad de vida?”…

Gracias, hermana Sara por tu ejemplo. Felicidades a tu comunidad por el acompañamiento realizado, con amor-dedicación y paciencia, hasta el día de hoy. Que el Señor les page lo que ni sabemos ni podemos hacer.

Gracias a tu familia de sangre, aunque estén lejos, por el don que hacen a esta Iglesia de Ciudad Rodrigo.

Gracias a todos las consagradas, de las diversas órdenes e institutos, por el ejemplo y entrega de vuestra vida.

Gracias a los hermanos sacerdotes, y fieles todos, por el amor, por la ayuda y el acompañamiento a las consagradas.

Que María, Madre Buena de los consagrados, y tantas y tantos santos religiosos, nos sigan bendiciiendo en este peregrinar hacia la Jerusalén celestial. Amén

+ Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo