Viernes, 15 de noviembre de 2019

Astigmáticos y sus santas madres

[Img #549567]

Con toda la admiración que cabe en mi orondo ser y la distancia infinita que me separa del manco pontevedrés más esperpénticamente genial, quiero declarar y declaro, que vivimos en una sociedad astigmática. Así, porque me sale de los cojones. Por eso y porque, aunque no soy forense ni me como un bocadillo de chorizo después de mil autopsias, cada vez estoy más convencido de que la deformación de la realidad no es una cuestión literaria de espejos en callejones del gato con luces de bohemia, Max Estrella y todo el esperpento sino un astigmatismo cruel e infame de profesionales sobrados capaces de justificar lo injustificable por sus amistades generales.

El diccionario de los que limpian, fijan y dan esplendor –o sea, la RAE- define el astigmatismo como una “anomalía o defecto del ojo… que provoca que se vean algo deformadas las imágenes y poco claro el contorno de las cosas”. Exactamente lo que les está pasando a mis vecinos, los Mercedarios Descalzos del colegio Nuestra Señora de los Ángeles, lo mismito que sufre su corporativista y blindado claustro escolar alineado al más puro estilo Fuenteovejunista de Lope. Y parece contagioso, pues con ayuda del psiquiatra y forense José Cabrera, el astigmatismo que deforma la realidad e impide que se vean claros los límites está llegando incluso a algunos padres de alumnos que no distinguen el acoso escolar, de una pelea. Y se permiten tildar de “chorradas” que a un crío de once años le hagan el vacío, le llamen "maricón" y le señalen por tener más capacidades intelectuales que el resto de sus compañeros. Hasta el punto de que prefiera quitarse la vida arrojándose por una ventana antes de volver al colegio y aguantar –un día tras otro en el universo que supone el cole para un niño de once años- los insultos de los compañeros, el silencio de los profesores, el ocultismo del padre Rivas y las chanzas post-mortem de un psiquiatra y forense al que le sobra el dinero (aunque parezca faltarle la vergüenza –y la educación-).  Su santa madre.

Me hubiera gustado que todo fuera una invención del gran Ramón María. Que sólo se tratase de la interpretación de uno de sus propios personajes llevado al esperpento supremo. Pero es astigmatismo. Puro y duro. Es un defecto en el mirar. Es la incapacidad de ver claramente el límite y el contorno de la realidad. Porque la muerte de Diego sólo es la punta de lo que parece un gran iceberg. Porque me pilla muy cerca. Porque yo sí que estoy hasta los cojones de que algunos centros funcionen como sectas, de que algunos profesores se escondan en ella, de que algunos frailes se sientan impunes, de que algunos padres tengan que tragar con el chantaje del sistema. De que los astigmáticos y sus santas madres sean el reflejo infame del esperpento educativo. Hay mucho hijo de puta suelto, y no todos son psiquiatras ni forenses.