Sábado, 15 de junio de 2019

Viaje a Sanabria

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22/enero/viernes

 

    Voy al Abstracto a tomar el vermouth con Jerónimo Rando, Isidro Navas y Luis Santos. Hablamos de la situación política del país y de asuntos laborales que nos afectan. Sentimos profundamente cualquier circunstancia que le suceda a un miembro de la peña, y en esta ocasión las arenas movedizas pueden tragarnos no a uno, sino a todos. Pero nadie pierde la sonrisa. Todos los viernes nos damos cita en este bar restaurante que está cerca de la iglesia de San Pablo, la gran joya del patrimonio de Valladolid.

    En El Abstracto es obligatorio comer carpaccio de atún; lo borda su cocinera, María. También pulpo y calamares rebozados. En la barra nos aposentamos en círculo y vamos dando cuenta de comidas y bebidas que Jóse repone cadenciosamente. El vino de la Ribera  del Duero completa, como casi todos los viernes, este singular aperitivo. También para los aficionados al blanco el verdejo Cepas Centenarias de Cuatro Rayas. Yo hoy me abstengo de beber  porque tengo que partir de viaje y debo conducir. Creo que aquella campaña de hace algunos años, “si bebes no conduzcas”, es perfecto para acordarnos siempre de la realidad al ponernos al volante. La desgracia es que muchos conductores no cumplen esta máxima y los accidentes en carretera siguen matando a cientos de ciudadanos cada año. Lo que más me indigna de este problema social es que haya tantas víctimas inocentes, viajeros que iban por su sitio y que un loco o un irresponsable les siegue la vida.

   Por la tarde recojo en mi coche a Santiago Nájera y nos vamos al Puente de Sanabria. A pasar dos días por esta comarca zamorana como ya lo hicimos el pasado año. El viaje es tranquilo, placentero, lleno de conversación. Sobre todo por mi parte. Mis amigos me suelen reconvenir porque hablo demasiado. Más erraré, claro.

    Santiago es un político joven que cree en la política como servicio, como un oficio noble de entrega al común. Ante los casos de corrupción descubiertos en los últimos años en España, siente una profunda repulsión y sufre. Considera que jamás el robaría, no podría ser corrupto, porque, me dice, “no sería capaz de mirar a los ojos de mi madre”. Esa imagen me hace pensar que la educación que se mama de niño, y el ejemplo de la honradez de los padres, es decisiva en la futura conducta de los hijos.

    En el camino escuchamos por radio que Mariano Rajoy renuncia a la investidura como Presidente de Gobierno. Gran sorpresa. Rajoy comparece en rueda de prensa y aclara el asunto: renuncia “de momento”. Jugada maquiavélica del líder de la derecha, ganador de las últimas elecciones. La falta de mayoría absoluta está generando un problema irresoluble. El responsable de Podemos, Pablo Iglesias, al salir de la consulta de turno con el Rey Felipe VI le ofreció un pacto al PSOE y a Pedro Sánchez, diciéndole que él sería vicepresidente e imponiendo a una serie de ministros en el futuro Gobierno. Rajoy, ante esto, debió leer algún texto del astuto Fernando El Católico, en cuya políticas e ideas se basó en buena parte Maquiavelo para escribir “El Príncipe”, y dejó descolocados a todos, al primero al Rey, que le obligaba a iniciar una nueva ronda de contactos con los líderes de los partidos para proponer un candidato a la presidencia del Gobierno. Mi amigo Santiago Nájera habla de agudeza y finura política del gallego. En España vivimos días llenos de tanta incertidumbre que la palabra esperanza sólo se invoca para reclamar nuevas elecciones.

   Llegamos a la posada real de La Chopera, en El Puente de Sanabria. Junto al río Tera, que baja con gran energía debido a las lluvias que son constantes desde hace varios días. El Tera es un río limpio, truchero, propio de montaña, cargado de belleza natural, de árboles armoniosos en sus orillas, y piedras, grandes piedras, muchas piedras, en un lecho. En la vegetación que le adorna destaca el roble y grandes plantas de urz. Nace en la Peña Trevinca, en la sierra Segundera, y después de un breve trecho entrega sus aguas al Lago de Sanabria. Pero después vuelve a surgir de sus adentros, profundos y negros, en el lado opuesto del grandioso Lago glaciar, hasta formar una corriente fuerte, dinámica, de las que brota un rumor constante, un murmullo que se convierte en música permanente a lo largo de su recorrido. El Tera, después de besar varios pueblos y riberas, desemboca en el río Esla en la vega de Benavente.

  En La Chopera nos espera con un abrazo Pepito, el propietario, que si gran hostelero mejor cocinero. Ventura Zamora y Marta Moncayo acaban de llegar y ya están instalados en su habitación. Esperamos al resto de los amigos. Entre cervezas y risas, damos cuenta de una empanada sanabresa. Es un apunte del fin de semana gastronómico que nos espera. La cena es una gran cena, o sea, lejos de la frugalidad que aconsejan los médicos. Dos magníficos chuletones de vacas de la zona sobresalen por encima de todo. Como complemente un vino de El Bierzo de excelente cata.

 

23/enero/sábado

 

    Cuando salgo de la habitación no encuentro a nadie. Me voy a dar un paseo por la vera del río. El rumor de la corriente me despeja y me abre los sentidos. El Tera aquí deja a un lado un viejo molino abandonado y en una curva armoniosa se desliza con toda la fuerza. El día es gris, hay una ligera niebla y los robledales están despeluchados. Las hojas, marronáceas, alfombran todo el camino. Juncales, zarzamoras y agavanzas silvestres se distribuyen entre la maleza. El agua sigue su curso mientras un carbonerillo pájaro canta desaforadamente sobre las ramas desprotegidas. Al verme cambia de orilla con su vuelo ondulante. Los matices de la pradera son múltiples, con verdes que terminan en el amarillo y rojos que se confunden con las piedras graníticas. Múltiples regueros bajan de las laderas en busca del río. Al cabo de medio hora vuelvo sobre mis pasos. No puedo dejar de mirar al río, a su vitalidad, a la fuerza y belleza de una naturaleza protegida pero maltratada. Bolsas de plástico cuelgan de las ramas bajas de los árboles situados en las praderas de las orillas. Una demostración de que el río ha venido más cargado. Las lluvias han remitido y el agua ha vuelto al cauce madre.

    Regreso a la casa real, a La Chopera. Allí ya están todos. Se ha incorporado al grupo Amado Aliste, recién llegado de Valladolid. Nos espera un almuerzo especial. El que suele servirnos cada vez que vamos Pepito. Además de cafés, bollos, pastas, mermeladas y zunos de naranja sobre la mesa sobresalen botellas de vino,, dos San Jacobos monumentales, huevos con patatas fritas y chichos de la matanza de la casa. Nos reímos a carcajadas sólo con comprobar el ansia que nos persigue. Comemos y bebemos para poder andar sin problemas los 18 kilómetros que rodean el Lago de Sanabria. Es una ruta de subidas y bajadas, entre piedras, con una dificultad media que ya conocemos. Después del desayuno colosal emprendemos la marcha. Primero en coche. Dejamos el vehículo en la playa llamada de Los Enanos y emprendemos el camino.

   Temperatura buena, unos siete grados, nubes altas que se mueven lentamente y ni atisbo de sol. Nos fotografiamos junto al lago. Una imagen espectacular. Las nubes se reflejan en las aguas y generan una sensación como de algodón sobre un estanque inmenso. Ventura Zamora es un gran fotógrafo, lo mismo que Santiago Nájera. Cada cual busca la imagen más sorprende. Lo mejor del lago es que cada minuto cambia el escenario. El lado está vigilado por la sierra Segundera que se va reflejando por tramos. Cortes naturales son las gargantas de los ríos Tera y Cárdenas, que bajan cargados de agua batiente. Hace 6º millones de años rugió esta zona y se formó un sistema glacial que terminó por romperse en mil pedazos de hielo hace catorce mil años. Las piedra de la morrena son redonda, puntiagudas, grandes, medianas y chicas. Las laderas del lago formar un conjunto armónico ahormado por una vegetación que espera con ansia la primavera. Subimos hacia Santa Martín de Castañeda, lugar cantado por Miguel de Unamuno y donde se inspiró para escribir su obra San Manuel Bueno y Mártir. El camino catrretero se torna difícil porque rezuma agua por todas partes y con el verdín nos resbalamos. Pero seguimos. Es nuestro objetivo. Damos vuelta al lago después de pasar por la Senda de los Monjes. Escarpada, con tramos de pequeña dificultad por su inclinación, pero sobre todo por los riachuelos que bajan al gran lago.

   Hablamos de la naturaleza, de la belleza de estas tierras, del asombro que a cada paso nos produce la imagen del cielo metido en el agua. Es un enorme espejo que transforma la realidad. Al fondo, aguas abajo del Tera, vemos desde lo alto de San Martín de Castañaeda, desde un mirador en el que todos los visitantes de la zona nos citamos, el pantano de Cernadilla. Es una sierpe de plata que llega hasta el embalse de Agavanzal, sobre el río Negro, un hermano del Tera que discurre muy cercano. Tierras bellas llenas de la luz que proporciona el día. Tierras pobres, a su vez, tierras de emigración, ahora utilizadas para la producción de energía eléctrica que se va a las zonas industriosas de la España insolidaria. A Madrid, a Barcelona. Pocos saben que si hay una tierra maltratada es esta, que se entrega a cambio de nada. Una tierra sangrada por el País Vasco, por empresas como Iberdrola, antaño llamada Iberduero. Pero no sólo. También por Madrid. El gran centro de la península se nutre de las riquezas de zonas como Sanabria. ¿ Y Barcelona? ¿ Y Cataluña? En esa tierra no saben si quiera que esto existe. Sólo algún turista descubre que Zamora existe, que Sanabria existe. La Sanabria reivindicada por algunos como la tierra donde Cervantes se inspiró en buena parte para escribir su Quijote. De hecho hay un pueblo cercano que se llama Cervantes. Y el Quijote nombra la belleza de una gran lago y se refiere a “poner los pies en polvorosa”. Muy cerca de aquí, en la zona de Benavente, están los pueblos que llevan por apellidos “Polvorosa”. Yo no creo en esta teoría, pero ¿quién soy yo?

   Ventura Zamora no para de describirnos Sanabria. La considera su pueblo; ese pueblo que no tuvo por nacer y ser de Zamora capital. Desde niño vivió todos los veranos aquí con sus padres y hermanos. Cada historia la llena de emoción y Marta Moncayo le mira arrebatada. Santiago Nájera disfruta y ríe con cada situación y Amado Aliste siente la libertad que da esta naturaleza soberbia.

     Decidimos reponer energías en El Majo, un bar restaurante situado en Ribadelago Nuevo. Decimos que comeremos sólo un pincho de tortilla y beberemos una cerveza. Al final dejamos veinte cervezas vacías sobre la mesa y dimos cuenta de varios chorizos, filetes de carne sanabresa a la brasa y un rabo de toro en su mejor versión.

    Por la tarde llegan a La Chopera Violeta Carmona y Blanca Palencia. Ya estamos todos, menos Carolina Zafra, que se ha quedado en la ciudad para organizar el cumpleaños de su hija. Pepito nos sirve una cena de escándalo: ensalada de tomate de huerta, de los de verdad, esos que no saben a corcho, boletus edulis macerados en huevo poché y dos San Jacobos monumentales. Nadie en el mundo hace los San Jacobos como Pepito. Merece la pena ir a La Chopera de El Puente de Sanabria solo por probarlos. Tiene una fórmula secreta, que calla y calla; sólo asegura que el queso cremoso es de Zamora, de la quesería La Antigua. El vino que llevó Santiago Nájera es propio de las mesas más exquisitas. Entre unos y otros el verbo se hace rápido y fácil. La política, la situación de locura que vivimos, se mezcla con las vivencias disfrutadas en torno al lago.

  

24/enero/domingo

 

   Es domingo, día tranquilo. Después de otro desayuno almuerzo que yo califiqué de “descerebrados”, semejantes al del día anterior, o más abundante aún. Y sol se empieza a abrir camino entre las nubes. Subimos en coche hasta la Laguna de los Peces, a dos mil metros de altura. La nieve balquea el verde de las cumbres y se mete en los pies del agua. Subimos a pie hasta la Laguna de las Yeguas. Clima fresco pero ausente de viento, lo que nos permite disfrutar del paraje. Padres con niños se entretienen con pequeños trineos deslizándose en las laderas.

    Después bajamos hasta Ribadelago Viejo. Un pueblo que sigue estando en el alma de todos los zamoranos. Allí, en la noche del 9 de enero de 1959, murieron 144 personas. Se rompió la presa de Vega de Tera y a sus pies estaba Ribadelago. Fue una noche fría, y la tragedia se produjo en el primer sueño. Yo cumplí aquel día seis años. Cinco después estudié en el Colegio del Verbo Divino con varios niños que se salvaron en camas, sillas, baúles y otros utensilios de madera. Blanca Palencia no conocía el pueblo, lleno de cruces de desaparecidos, no de enterrados. Se le encoge el ánimo. Franco procuró ocultar el desastre. Familias enteras están aún dentro, en el fondo del lago. El silencio de aquella noche sigue allí clavado. Como un sortilegio. Sanabria siempre tendrá dentro de sus entrañas la desesperación y el llanto de aquellas pobres personas.