Sábado, 15 de junio de 2019

Tras las líneas

Toda imagen ya sea del mundo exterior o del interior puede ser expresada en líneas en una especie de traducción.

La línea geométrica por definición es un arte invisible. Es la traza que el punto deja al moverse y por lo tanto es un producto suyo. Surge de la alteración del reposo total del punto. Con ella se salta de una situación estática a una dinámica. La línea se halla en el extremo opuesto al elemento primario, es decir al punto, y constituye un elemento derivado o secundario. Las fuerzas procedentes del exterior que hacen que el punto se transforme en línea son diversas y de su combinación la diversidad de las líneas formadas. […]

Wasili Kandinski

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En estos días, cuando las palabras parecen agotar significados por su excesiva exposición al verbo fácil o quizá a su tratamiento más espurio, parecen olvidar, quienes las utilizan, la función comunicativa para la que que fueron creadas.

Si leemos la prensa o nos da por escuchar la radio y la TV, intentando entender lo que pasa, la desazón nos invade, cuando no la indignación o el arrebato, porque aquello que esperan poder comunicarnos se nos escapa entre las manos como hilos de agua.

Todo ello me lleva a renovar el convencimiento de que es necesario, imprescindible, conocer mejor estas herramientas (las palabras), su armazón, sus posibles ensamblajes, para descubrir qué se atrinchera y esconde en los discursos, tras las líneas.

Por esa razón vuelvo por mis fueros, esperando que mis palabras, las que ahora comparto de nuevo con ustedes, aunque ya probadas, no les provoquen una molesta acidez.

Escribía el pintor ruso y teórico del arte que abre el artículo, que una línea sería el trazado que deja un punto al moverse, y para que este punto adquiera movimiento es necesario crear una tensión y establecer una trayectoria, que marcará la dirección del punto, creando, de este modo, una estela que se convertirá en línea.

La línea es una palabra de género femenino, y tiene multitud de perfiles semánticos: desde trinchera, vía o dirección, sin olvidar linde, meta o confín. Sabe relacionarse con la creación plástica con una gran carga metafórica, como acabamos de comprobar. También puede hacerlo, en plural, convertida en surcos que roturan un texto y le dan sentido, marcan un trayecto, tienen un recorrido que puede llevarnos a la consecución de un propósito u objetivo.

En este sábado, en el que seguimos esperando el inicio y/o el final de tantas cosas, les invito a cruzar por estas líneas que semanalmente comparto con ustedes.

Las primeras tienen que ver con los ecos que me han dejado la relectura de un texto de Laura Freixas, Taller de narrativa, que ofrece pautas muy instructivas a sus posibles lectores sobre cómo se construye la arquitectura de un texto de ficción: cuento, relato corto, novela…

Olvidándose del argot para especialistas y sembrando de ejemplos sacados de los grandes autores y títulos de la literatura, la autora nos habla de los temas, los tipos de narradores, el famoso y necesario “punto de vista”, el argumento y los personajes.

Se da la circunstancia de que Freixas, además de novelista, traductora y crítica literaria, ha impartido talleres literarios en diferentes espacios culturales, lo que nos ofrece cierta seguridad a la hora de acercarnos a su libro.

Pero ¿abordar su lectura para qué?, ¿acaso no leemos ya?, se preguntarán ustedes.

Sabemos que leer tiene sus fases de aprendizaje, pero quizá olvidamos que ponerse a leer, practicar la lectura, es fundamental, al igual que conocer cómo se construye un texto. Descubrir sus mecanismos, en qué manera se configura su arquitectura, cuando hablamos de una novela o cuento, por poner un ejemplo, nos permite extraer muchas [Img #540697]más cosas de las que aparentemente un escrito contiene. Aunque a veces pienso que esta posibilidad a nuestro alcance no interesa por el peligro que puede entrañar; puesto en las palabras de la profesora Guadalupe Jover queda meridianamente claro: reyes y sacerdotes, padres y maestros temen propiciar en el lector la capacidad de ser leídos de otra forma.

Curiosamente, Freixas es la traductora de otro libro del quiero hablarles, y que puede interesar a todos aquellos que quieran adentrarse en el esqueleto, las entrañas de una novela de una forma más desenfadada. Escrito por David Lodge, novelista de éxito con sus historias llenas de un humor corrosivo, publicó en su día la recopilación de sus colaboraciones en la prensa británica sobre este asunto con el título de El arte de la ficción; un texto de gran utilidad para todos aquellos que deseen conocer los elementos internos, la maquinaria de la ficción literaria.

Los 50 artículos que lo conforman se atienen a la misma distribución: recoger un fragmento de una obra escrita que se presta a un comentario, donde se analiza, entre otros, la importancia de los  comienzos o finales de un texto, la construcción del suspense, el tiempo narrativo, etcétera.

Creo, con el profesor y ensayista Víctor Moreno, autor que no les resultará desconocido a los que me lean, que la práctica de la escritura, unida a la de la lectura, se ayudan mutuamente a la hora de una mejor comprensión de todo tipo de textos, sean estos de ficción, informativos o de cualquier otra especie.

Esto me lleva a mi tercera línea de recomendaciones. Se trata de La cocina de la escritura, del profesor Daniel Cassany, obra que podría emular en número de ediciones a un popular y conocido libro de recetas de cocina, y que puede asemejarse a un curso práctico, lleno de enjundia, sobre la redacción de textos de muy variada tipología y pelaje.

El autor, profesor universitario y especialista en el discurso escrito, establece un diálogo directo con sus 'pinches de cocina' para enseñarles los ingredientes que conforman la escritura y cómo cocinarlos, y lo hace con toda suerte de ejemplos que salpimientan el texto (aquí radica el buen sabor que deja el libro) que lo convierten en un texto de permanente consulta.

El libro se estructura en tres apartados, dedicando el primero a todo aquello que tiene que ver con la preparación del texto, desde la legibilidad hasta la ordenación de las ideas. El segundo bloque se ocupa de la redacción en sentido estricto (construcción de párrafos, conectores, puntuación…), para terminar hablando, en la última sección, de las revisiones del escrito.

Nos ofrece también un interesante cierre, con un decálogo de buenas prácticas a la hora de ponerse a escribir, que se inicia con un principio de oratoria clásica, traducible al acto que significa poner negro sobre blanco: Primero se habla de lo que se hablará, después se habla y al final se habla de lo que se ha hablado.

Hasta ahora hemos conversado sobre el cruce entre lectura y escritura apoyándonos en tres ejes o lineamientos, que enmarcan estas necesarias actividades comunicativas desde una perspectiva práctica y ensayística con la presentación de los libros arriba mencionados, pero nos faltaría otra línea en el discurso, que vincula directamente el diálogo de la ficción con el lector, que nos facilitaría, puede que aún más, ser de nuevo dueños de nuestras reflexiones.

Escribía en este sentido el gran psicólogo estadounidense Jerome Bruner que: un gran relato nos invita a plantear problemas; no está allí para decirnos cómo resolverlos. Nos habla de una situación de crisis, del camino a recorrer, y no del refugio al que lleva.

Por ese motivo, me gustaría terminar con la recomendación de un libro en el que su autor, novelista con fundamento literario, entra en diálogo con las líneas escritas por los grandes autores que le han 'movilizado': les hablo de Ricardo Piglia y su libro El último lector.

No vean detrás del título de este inmenso libro el final de algo, y menos de la lectura, todo lo contrario. Lo que hace el escritor argentino, y nos invita a compartirlo, es hablar de la lectura (su lectura) a través de sus autores y sus obras de cabecera bajo premisas de este calado: La lectura se opone a otro universo de sentido. A otra manera de construir el sentido, digamos mejor. Habitualmente es un aspecto del mundo que el sujeto está dejando de lado, un mundo paralelo. Y el acto de leer, de tener un libro, suele articular ese pasaje. Hay algo mágico en la letra, como si convocara un mundo o lo anulara.

Me tienta poner estas líneas frente a lo que se nos propone 'leer' en estos días, y el hacerlo me lleva de nuevo a Piglia: Para entender sólo se puede releer, marcar, investigar, seguir un vestigio en el papel.

No estaría de más aplicar, para empezar o terminar, y como línea de fuerza frente todo lo que estamos leyendo y escuchando, los versos de Roberto Juarroz:

Sacar la palabra del lugar de la palabra / y ponerla en el sitio de aquello que no habla: / los tiempos agotados, / las esperas sin nombre, / las armonías que nunca se consuman, / las vigencias desdeñadas, / las corrientes en suspenso.

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Rafael Muñoz