Miércoles, 26 de febrero de 2020

Hablando de libros y librerías...

Siempre fueron las librerías uno de mis lugares preferidos, a donde me llevaban, sin que opusiera mucho esfuerzo, mis descalzas tardes de estudiante. En una de ellas entraba siempre que podía,  y allí hallaba concilio mi adolescencia tan dolida, allí recibía comunión mi rebeldía de vida, al menos por unas horas, con la hostia ahuesada de las hojas de los libros. Allí conocí la primavera de las letras, en unos  tiempos en que la existencia, cómo la de todo joven, estaba tan desarbolada de certezas. 

Es de una importante y longeva librería de la que escribo, Cervantes, y allí había un sabio dependiente, Eleuterio Alonso, que en los sótanos del local condescendía. Condescendía con mi monedero por lo mucho que le leía y lo poco que le compraba, y con el revuelo de páginas que le hacía a los volúmenes de los estantes. Y se estaba calentito en aquel lugar, y los sorbos de lectura que daba a tantos libros, me iban calmando las ganas del saber;  a duras penas, como poco sacian también  el hambre los caldos de la  beneficencia.

Entraban en aquella alta pagoda de libros los clientes pudientes con su horas remansadas, y los profesores en busca de herramientas que movieran su cátedra, o se elevara. Entraban los bien orlados y miraban las estanterías con cara de suficiencia, y los estudiantes, que aún trajinaban birrete y orla, se llevaban los libros como quien se lleva un azadón para su huerta. 

El dependiente era de igual edad, y del mismo pueblo que mi padre, de Abusejo, y sin más diploma que los años en el establecimiento. Les hablaba a cada uno de los textos que le demandaban como si los conociera, como se solía decir, desde antes de que marcharan a la mili. Se sabía el linaje de cada título: si eran de buena pluma, de edición nombrada, de casa reputada, si habían llegado trajeados en tapa dura de tela, o con los informales vaqueros de la encuadernación en rústica; de su venturoso o desventurado pase por sus estantes, y de si estaban agotados, o si de pedirlos vendrían rápidos por ser nacionales, o del otro lado de los océanos de la tinta, de manera lenta y pesarosa como avance de recua de mulas.

Era, de cuando hablo, mil novecientos ochenta y tantos, y nadie conjeturaba siquiera con trastos portátiles, ni que a los libros les iba a dar con el tiempo por batir sus alas, hacerse aéreos, echarse como gorriones al aire, y abandonar los nidales de los clásicos estantes. 

Era todavía la página un ancho ágora, era el papel oloroso como rosaleda de letras, era la letra de molde hiriendo la hoja como manos lascivas piel de amante entregada.

Era el polvo bailando en la lanza de luz que entraba por las ventanas de las bibliotecas municipales. Era la hojarasca sonora del silencio de la lectura, y del claro susurro de los párrafos entre las manos…Eran, en fin, horas de leerse la vida en la noche, en un cuarto de alquiler, bajo la luz de una bombilla de 60  sintiendo la fiebre fresca de un resucitado.

Para continuar la lectura iniciada en esa solitaria habitación, desestimé muchas noche el alterne estudiantil. Bueno: para eso, para algo que no voy a contar, y para pillar a tiempo la música de Pink Floyd en el inicio del programa de radio "El loco de la colina", del estupendo y anónimo Jesús Quintero. 

Hablo de tiempos en los que adquirí “Cien años de soledad” de García Márquez en la feria del Libro de la Plaza Mayor, o “El nombre de la rosa” de Eco, “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, “Memorias de Adriano” de Yourcenar, "La insoportable levedad del ser" de Kundera… Obras éstas que estoy aguardando a que se me olviden, para tener el placer de volverlas a descubrir, o acaso porque tengo la inconfesable esperanza de que me lleven de regreso a mi juventud.Supe un día que los parques eran buen lugar también para leer, y para ver pasar por allí a damas con perritos, como salidas de un cuento de Chéjov. O cándidas estudiantes, que aún recuerdo con la boina francesa, como escapadas de un poema de Neruda.

Y también comprobé que en los cafés, poner una descompostura lectora dejaba buena instantánea, y era buen inicio para pelear mujeres.  Así que me puse polo negro de cuello alto, y harta chaqueta gris de pata de gallo que había sido de mi padre, y esperé se cumplieran los conjuros leídos en tantos textos, y vistos en tantas películas. Y, sí, alguna vez acertó el cliché, y mi libro sirvió en ocasiones para hacer de almohada y desayuno a  trémulas lectoras de la carne.

Luego, andando los caminos y los años,  vine a ser librero en Segovia, en una empresa creada en 1909, Vda. de Mauro Lozano, con imprenta, papelería, encuadernación, y en donde en los buenos tiempos llegamos a ser 30 empleados.

Mucho disfruté del oficio hasta que en 2003, por jubilación de nuestro jefe de 83 años,liquidamos y cerró.

Un mes después sonó mi teléfono y era Leónides, el encargado de la Librería Cervantes de Salamanca, que por mediación de don Jesús Sánchez Ruipérez, su jefe, me ofrecía un puesto en su establecimiento. Y me vine volando. Recuerdo las agradables horas de charlas en las viejas oficinas de su imprenta en la Ronda de Sancti Spíritus con éste gran patriarca de la página que ha sido, es, y será, don Jesús.

Pero por unas cosas u otras no nos entendimos, y acabé cinco años en otra  relevante librería salmantina.

Hace tiempo escribí lo que sigue, y lo envié a un periódico local, y quisiera volver a subcribirlo a propósito de la noticia del cercano cierre de esta insigne librería de nuestra ciudad.

Réquiem por las librerías.

Si los resucitados de otros tiempos se pasearan por nuestras calles, poco reconocerían. Sucede que a las ciudades les gusta remudarse; ocurre que la Salamanca de una generación, aun siendo la misma, es distinta de la que conoce la siguiente. Uno se sabe mayor cuando siente la falta - como dientes caídos - de los lugares en los que se aprovisionó de sus vivencias. Así un día dice: ahí estaba la librería Calón, Núñez, Plaza, Portonaris, o Aniceto.  Los ojos jóvenes dejarán de golosear el escaparate de los chuches para mostrarle indiferencia, y él se sentirá un poco extranjero. Y es que estos tiempos son más de  endulzar las horas con las golosinas que con el agror de las letras. Y qué le vamos a hacer: también los antiguos supieron de muchas librerías en la calle Libreros. Descansen en paz. Gira de nuevo la tramoya, cambian una vez más el escenario; hemos de seguir narrando en el  libro de la ciudad el drama o la comedia de nuestras vidas.

La Gaceta Regional de Salamanca, 11 de marzo de 2011.