Lunes, 23 de septiembre de 2019

Y el “procés” parió un ratón

1/enero/viernes

 

  [Img #530508] La resaca de la noche vieja deja las calles vacías del día nuevo. Existe una sensación en la ciudad de calma, de tranquilidad. Es fiesta, pero sólo se nota en la falta de actividad, de movimiento. Sólo de cuando en cuando pasa un coche, lentamente, como no queriendo romper la calma general del inicio de 2016. Voy al pinar con Chambo y Rumbo y ni siquiera los ciclistas, que siempre inundan estos parajes, dan señales de vida. Lo agradezco. Sólo algunas urracas se mueven y miran con insolencia. Parecen preguntarte ¿qué haces tu aquí? También hay una colonia de cuervos que van de un pino a otro. El día me trae recuerdos de los años sesenta, cuando el Día del Año era el más importante en Cañizo, casi más incluso que San Pelayo, Santo Patrón que se honra el 26 de junio.

    En primero de año siempre nevaba en Cañizo, poco o mucho, pero nevaba. Era una tradición que enviaba el cielo.  El paisaje plano, con ligeras ondulaciones, de aquellos campos de tierra, alcanzaban una plenitud emocionante. Los muñecos gigantes de nieve los construíamos los niños en la plaza. Al lado estaba la calle La Cruz, donde se corrían las cintas. A caballo los quintos de cada año pasaban por debajo de un cajón, colgado en lo alto de una cuerda que a modo de portería de fútbol hacía de larguero. Dentro del cajón estaban las cintas, de colores, unas estrechas y otras más anchas. En la punta, saliendo levemente, la cinta tenía un aro. Los quintos, los caballistas, debían pasar a galope, con un punzón de madera en una mano,  e intentar meter una de las cintas que asomaban en el cajón de madera. Los quintos después se colocaban en la camisa las cintas conseguidas y con ellas iban al baile felices y orgullosos. Sonaba la música de la tierra, como el Bolero de Algodre, y ¡ hala!, a bailar, a bailar. En el salón de baile no se cabía, siendo los quintos y las quintas los grandes protagonistas. En los laterales había sillas donde se sentaban las madres de las mozas, vigilando, con quién bailaban sus hijas. Baile agarrado, pero despegados, que lo demás estaba mal visto y era pecado. Entonces la educación religiosa podía con todo, lo inundaba todo, y el señor cura del pueblo, y los maestros, ahormados en las directrices de aquella España mojigata, imponían las normas que asumían todas las familias sin rechistar.

   Correr las cintas era una forma de pasar a ser hombre del todo, de meterse en tiempo de mayoría de edad, de estar preparado para ir a la mili a servir a España, de pasar a ser alguien con fundamento en la sociedad. En Cañizo los tres bares que había estaban siempre llenos, gente alegre en busca de copas de anís el Mono o Las Cadenas, o brandy, que allí llamábamos coñac, aunque no era coñac. Cerveza, gaseosa La Revoltosa, limonada, vino aguado y sidra formaban la parte más común de las bebidas preferidas, o no preferidas, pero es que no había otras. Aquellos gloriosos bares eran los del Señor Delfín , el del Señor Narciso y La Cantina de Vivillo, persona encantadora, el padre de mi amigo Santiago.

    En aquellos años los niños y los adolescentes nos dedicábamos a jugar al indoveo, a ver el espectáculo de correr las cintas y andar por el baile observando a las parejas se arrimaban más. Los músicos repetían cada año, y sus instrumentos eran básicos: saxofón, clarinete, dulzaina, gaita,  tamboril que con el tiempo pasó a ser una moderna batería. Los músicos hacían adaptaciones de las canciones que triunfaban entonces, desde Raphael al Dúo Dinámico, pasando por un amplio repertorio del folklore castellano y leonés. En el baile los pequeños empezábamos a descubrir la intensidad de lo que podía dar de sí el amor. Con doce, trece y catorce años la fuerza de la adolescencia, que ya asomaba, empezaba a romper todos los esquemas.

    La vida es un corazón situado en el cerebro. Con más velocidad que la luz, el pensamiento se queda en el hoy o viaja al ayer. Somos eso: donde el cerebro nos manda. Un ir y venir constante, recuerdos de antaño y hechos de ahora mismo.

     Hoy nació mi hermano Gilio, el día de su cumpleaños. Bueno, en realidad nació el 31 de diciembre, pero mi padre lo inscribió en el registro el día 1 de enero para así ir un año más tarde a la mili, al pasarle de quinta. Era frecuente hacer eso porque entonces los hijos se necesitaban para trabajar en el campo y la mili obligatoria destrozaba la mano de obra.

    Le llamo por teléfono para felicitarle. Vive en Francia desde hace 40 años. Se casó con Nicole y decidió irse al Valle del Loira donde se hizo jardinero. Trabajo, claro, allí no le ha faltado. Me dice que cada día tiene la sensación de que el tiempo pasa más deprisa. Le digo que cuando teníamos 20 años nos era igual tener 19 ó 21 ó 25, pero ahora cada año te acerca demasiado al final. Que esa es la clave mental. Y que en el fondo el tiempo no miente: “Y el tiempo le dijo al tiempo que le diera un desengaño, y el tiempo le dijo al tiempo yo soy tiempo y no te engaño” .

 

3/enero/domingo 

 

    Salgo a pasear con Rumbo y descubro que ha llegado el invierno en serio. Un viento frío del noroeste azota como un aviso del inmediato futuro. Es frío de nieve, procedente de las montañas zamoranas y leonesas, que se extiende como un cuchillo por la meseta sin inconveniente alguno. Es un frío seco, cortante, crudo.

    Hoy hace 20 que murió mi padre. Que es mucho. Y que no es nada. Como hace unos días escribí sobre la muerte de mi madre, hoy no tengo ganas de volver a meterme en la tristeza. De mi padre, sobre todo de su vida de soldado en los frentes de la Guerra Civil, hablaré algún día con intensidad. Hoy no tengo ánimo.

 

4/enero/lunes

 

      El frío ha sido sustituido por una lluvia intensa. Un frente atlántico abundante se ha desplazado a Galicia y Castilla y León. Llueve con ganas y sin parar. Todo el día. Se necesitaba agua, pero como casi siempre “días de mucho, vísperas de nada”. Y al revés. Después de tanta sequía, con las tierras de cereal de secano medio muertas, con la cebada y el trigo esmirriados y amarillentos, pidiendo a gritos agua, el cielo se ha entregado en demasía. Sin duda habrá inundaciones. Es la consecuencia del clima extremado, continental, de siempre en esta España dispar, del todo o nada. He dicho el cielo, pero recuerdo lo que explicaba Sócrates a sus alumnos. Cuando uno le preguntó si creía que Dios era quien traía el agua a la tierra contestó: “Yo creo que son las nubes, porque cuando hay nubes llueve, y cuando no hay nubes no llueve”.

   Mi padre recibió sepultura un día como hoy hace 20 años. Y digo como hoy porque además de la fecha coincidió un día de tanta lluvia que llegó a cortarse la carretera que conduce de Villalpando a Cañizo. “Nunca por mucho llover, decía mi padre, era mal año”. Se refería, claro, a la cosecha de trigo y  cebada, el dinero al aire de Tierra de Campos.

   Pero la realidad es que el agua excesiva ha generado muchos males en el mundo rural, como los días 2 y 3 de enero del año 1962 en Cañizo. Llovió tanto que el río Valderaduey, que pasa por el pueblo, vino tan cargado que sus aguas desmadradas derrumbaron numerosas casas y palomares. Yo era un niño y aún recuerdo aquella riada que se abalanzó de pronto sobre Cañizo. Las gentes del pueblo iban de un lado para otro poniendo hitos, para ver cómo evolucionaba la crecida cuando de pronto todas esas señales quedaron inundadas. Siempre se contó en el pueblo que en Villalpando volaron un puente para dar libertad al agua que se metía en  calles, plazas y propiedades y los paganos fueron los pueblos río abajo, Villárdiga, San Martín, Cañizo, Benegiles y Molacillos sobre todo. Eso era lo que se contaba y se siguió contando, de boca en boca, por los vecinos del pueblo. El desastre fue de tal magnitud que no es extraño que el “sálvese quien pueda” fuera la filosofía solidaria puesta en práctica aquellos tristes días de enero. Unos días que recuerdo como si fuera ayer, aunque yo tenía nueve años. Y es que el agua rodeó mi casa y, ante la situación de miedo, y por precaución, mis padres me llevaron a dormir a una zona más elevada, a la casa de la señora Asuria, que era amiga de la familia. Mi casa, 48 años después, aún sigue padeciendo en sus paredes el reuma de la humedad sellada en aquella fecha. Y eso, a pesar de que mi hermano Gilio tuvo la idea genial de colocar alrededor de la casa estiércol en lugar de sacos terreros. El estiércol de los animales, bien apretado, hizo de parapeto sellado, como si fuera una frontera de hormigón para que el agua no le diera directamente a las paredes.

    El desastre en la zona fue tan grande que las autoridades franquistas decidieron encauzar el río, poco profundo y lleno de cañaverales y malezas. Más que encauzarlo lo que hicieron fue un río nuevo, profundo y más ancho, y con malecones en ambas márgenes del río, un seguro ante avenidas posteriores. Pero los palomares, muy numerosos en la parte baja del pueblo, ya nunca se volvieron a levantar. Las casas derruidas, que eran de adobe, fueron sustituidas en buena parte por otras construidas con ladrillo.

   En estas tierras secas, de ríos escasos de caudal, como el Valderaduey o el Sequillo, hay inviernos desbocados, tan generosos en agua que parecen imitaciones al diluvio universal. Por eso jamás entendí por qué se hizo Cañizo, allá por el siglo X, donde se hizo, tan pegado al río, en lugar de construir el núcleo a unos doscientos metros del actual en un altozano. El río no hubiera supuesto nunca peligro y los beneficios que pudiera proporcionar para la población hubieran sido los mismos. ¿Se equivocaban tanto los hombres de entonces como los de ahora? Seguro que sí. Ahí están tantos ejemplos: construcciones en torrenteras, al lado del cauce de los ríos y en lugares abiertos al agua que siempre cumple eso de que “al cabo de años miles vuelven las aguas por sus carriles”. En Francia, en Alemania, en Italia, en Gran Bretaña, en España, en todos los sitios, vemos cada invierno imágenes por televisión de inundaciones gigantescas, impresionantes, con muertos incluidos. Y no es por culpa del cambio climático. No, que las inundaciones vienen produciéndose desde siempre, desde que la humanidad existe. Lo mismo en el Valderaduey que en el Danubio, lo mismo en el Sequillo que en el Tíber. Luego el hombre es torpe. Y encima reincidente. En este caso las generaciones tampoco han evolucionado.

 

9/enero/sábado

 

  Cumplo años. Recibo numerosas llamadas y wasap de felicitación. Este siempre es para mi un día de emociones, pero de niño y joven de forma relativa: era la fecha de reiniciar el colegio después de las vacaciones de Navidad. Nunca en ese tiempo pude celebrarlo con alegría completa. Como con mi familia en un restaurante de la ciudad y celebro un día lleno de abrazos y cariños.

 

10/enero/domingo

 

    Llueve sin parar. El río Pisuerga ha cambiado al color chocolate. Es habitual cuando la lluvia persiste y el cauce se llena de barros de toda su ribera.  Día tranquilo, casero. Cocino un pisto al estilo de mi madre y hago un carpaccio de atún rojo según la receta de El Concreto. Los dos platos obtienen un notable alto de los comensales. Por la tarde me dedico a seguir por televisión el discurso de investidura de Carles Puigdemont, sustituto de Artur Mas al frente del independentismo catalán. Sorpresa. La montaña parió un ratón. Excepto en su casa, en Gerona, donde es alcalde, nadie le conoce. Alcanzamos a saber que vivió del periodismo hasta dar en la política. Nada extraño: periodismo y política andan tan juntos que muchas veces terminan en la misma cama. Periodista es Antonio Baños (CUP) e Irene Lozano (PSOE) y  lo fue Santiago Carrillo, por ejemplo. La CUP, los antisistema que tienen diez diputados en el Parlament catalán, exigió un cambio de nombre al frente de la Generalitat para votar a Junts pel Sí. Artur Mas aguantó hasta el último minuto, pero se echó a un lado para evitar unas nuevas elecciones que hubiera destrozado lo que llaman el “procès”.

   Carles Puigdemont me produjo una impresión pobre, de escasa preparación intelectual y un relieve político muy de víscera, o sea, de peligro. Su pedigrí es de un independentista que se echa el mundo por montera aunque sea antitaurino. Llegó a decir hace unos días que “a los invasores hay que expulsarlos de este país”. El lenguaje le delata. La soberbia y desprecio de algunos políticos a la inteligencia es cada día mayor. ¿Hasta dónde y hasta cuándo llegará este “procés”? Nadie lo sabe, y menos cuando la formación del gobierno de la nación es una incógnita a medio plazo. Nadie descarta otras elecciones generales. O sea, terminada la laguna de Cataluña nos encontramos en medio del lago nacional. De momento, lo único que me sigue generando emoción de la buena son los partidos de fútbol Madrid-Barcelona y Barcelona-Madrid.

   Lo de Cataluña y la independencia es cansino. Cuando en la década de los 70 estudié Periodismo en Barcelona ya la cosa prometía. A todas las horas la conversación central era este asunto. Y eso a pesar del buen entendimiento entre Tarradellas y Suárez. Pero entonces dijo algo revelador el President de la Generalitat: “el día que gobiernen los nacionalistas de Pujol se caerá todo el andamio del entendimiento”. Y así ha sido. Hasta escritores como Vargas Llosa, García Márquez o Bryce Echenique, entre otros, tuvieron que irse de Barcelona. Los nacionalistas, excluyentes con toda la cultura que no fuera catalanista, acabaron con el sistema abierto, plural y democrático de una sociedad ejemplar y nada sectaria. Hasta escritores de prestigio catalanes, como Marsé o Fernández Ledesma, pasaron a ser mal vistos por no entrar en el sistema. Otros, como por el gran autor teatral y actor, Albert Boadella, decidió ir a vivir y trabajar en Madrid.

    Poco a poco, lentamente, a través del control de la Educación y la TV3 los nacionalistas han virado del nacionalismo moderado al independentismo. Cuarenta años después de irme de Barcelona, entre otras cosas huyendo de un coñazo insufrible, de este monotema, las peores previsiones se están cumpliendo. La corrupción, la cleptomanía, el ladronicio de la familia Pujol y otros muchos sinvergüenzas nacionalistas han azuzado este proceso. No se conformaron con robar a manos llenas desde Banca Catalana, proceso del que salieron sin causa por la vía política al sacar a la plaza de Sant Jaume a miles de vociferantes contra Madrid. Adolfo Suárez y Felipe González, para no crear problemas, cedieron, pero de aquella impunidad nació y creció todo lo que tenemos encima. Los burgueses catalanes no quieren control judicial de los organismos nacionales radicados en Madrid, y la izquierda anticapitalista, muchos hijos de emigrantes, con apellidos como Fernández, Baños o Gabriel, no son más que  personajes que están pidiendo perdón por faltarles el pedigrí  de “Ocho apellidos catalanes”, película de cine que es un retrato perfecto, esperpéntico, surrealista, de lo que pasa en la laboriosa Cataluña. A mi me duele especialmente lo que pasa en esa tierra porque allí tengo muchas querencias. Pero, como se dice ahora, esto es lo que hay.

    Por la tarde llamo a Silvio Faramonte, viejo amigo mío zamorano que vive en Barcelona desde hace 45 años y que sufre la desafección de muchos amigos y conocidos por pensar de otra manera. Silvio Faramonte cumple años y su pecado en no ceder ante el discurso de los separatistas. Aficionado a la dialéctica, persona preparada e inteligente, no se calla ante los independentistas que van por la vida calificando a los que no piensan como ellos como fascistas. Sin duda, cada cual debe exponer siempre sus ideas, guste o no. Y no vale decir “por mi que se separen”, porque, entre otras muchas cosas, sería abandonar a los catalanes que no están de acuerdo con esta postura. El problema es complejo, intenso e inacabable. Continuará.

 

11/enero/lunes

 

    Voy a Cañizo a celebrar en la bodega mi cumpleaños, el de Antón Casiego, que es hoy, y el de Celedonio Villamayor, que será pasado mañana. Se incorpora también Ángel Barrena, que los cumplió en noviembre. Cada año por estas fechas tenemos una excusa más que suficiente para organizar una comida para empezar bien el año.

       Tranquilo, sin prisa, voy con mi coche por la autovía viendo con deleite el campo verde, que crece con ansia, después de tanta lluvia. Cruzo el Sequillo y casi no lo reconozco: desmadrado, sobredimensionado, ocupaba toda la ribera y las fincas cercanas sin que se vea la línea de sus márgenes. Muy cerca de aquí, de Villardefrades, situó su novela “Tierra de Campos” Macías Picavea. La obra plasma  una historia de lucha por el regadío de estas tierras sedientas pero que tropezó con la incomprensión de los poderes locales, los viejos caciques, que preferían seguir con los métodos antiguos y negar todo signo de progreso que pudiera agitar su estatus y remover las costumbres anquilosadas y retrógradas. Una novela olvidada que, sin embargo, es de máxima actualidad porque refleja las causas de por qué esta comarca  que se extiende por Zamora, León, Palencia y Valladolid sigue el camino de la despoblación y la soledad. La agricultura de secano depende del cielo, que suele ser muy caprichoso. Por eso secano nunca fue una palabra de futuro.

    Cuando paso entre Villárdiga y San Martín de Valderaduey el río impresiona; el agua toca el puente. El coche parece deslizarse sobre la corriente. Nunca antes el río acogió tanta agua. Un agua terrosa, color rojizo, de barrial, propio de estas zonas de pan llevar. Anegados los malecones se desborda por los aledaños, hacia una pequeña ribera cercana a un aprisco de ovejas, próxima al puente. Menos mal que ha parado de llover porque de seguir, y a pesar de ser este un cauce muy distinto, mucho más profundo, que en 1962, podría volver a rodear las casas y hacer estragos. Pero hay una tregua, sale el sol, y no se prevén lluvias hasta dentro de tres días. El Valderaduey podrá desaguar, entregarse al Duero, y recuperar espacio para nuevas avenidas.

    Veo un milano junto a la masa de agua, bebiendo, y al descubrir cerca  mi coche levanta el vuelo con la agilidad y la elegancia de quien domina el aire y los cielos.

 

12/enero/martes

   Viajo a Madrid en el AVE, ese tren veloz que acerca a la capital en una hora. Contemplo los campos verdes, lustrosos por el agua reciente, los pinos y las encinas de los montes cercanos se ven limpios, como recién lavados y peinados. Hay  infinidad de charcos de agua por todas partes, como pequeñas reservas, donde se concentran pájaros a los que se les intuye el contento de tanta abundancia.

    Viajar en tren supone descanso, capacidad para ver y observar  el paisaje y despreocuparse del volante del coche. A Madrid ya siempre voy en AVE. Las costumbres cambian cuando se modifican los sistemas de vida.

     Voy a una comida de la FEPET, Federación Española de Periodistas de Turismo. Escribo de este sector tan importante para el PIB de España desde hace 25 años. Me entusiasma viajar, conocer otros países, costumbres diferentes, patrimonios distintos, descubrir geografías nuevas;  en barco, avión o por carretera siempre que puedo viajo porque es el mejor modo que tenemos los españoles de dejar de ser carpetovetónicos antiguos o modernos soberanistas de tierras irredentas. El complejo de campanario lo tenemos demasiado arraigado todos, aunque no lo asumamos. Y así nos va.

     La cita es en el restaurante El rincón de Esteban, cerca del Congreso de los Diputados. Llego con tiempo y doy una vuelta por calles contiguas. Una manzana del viejo Madrid formada por la Calle del León, Cervantes, Lope de Vega y Quevedo. En la de Cervantes está el edificio que sustituyó a la casa donde vivió el Príncipe de los Ingenios, y que fue mandada derribar por algún animal en 1833. Unos carteles de plástico con la figura de Cervantes son la muestra más vistosa de toda la gloria allí acumulada, justo al lado de una ortopedia, tal vez el mayor  homenaje al manco de Lepanto. Copio una frase allí escrita: “Sé moderado con tus sueños; que el que no madruga con el sol no goza del día”.

   A la vuelta, en la calle Lope de Vega, está la Iglesia de las Trinitarias Descalzas, donde se considera que fue enterrado Miguel de Cervantes. Durante nueve meses arqueólogos, forenses y técnicos de diversas disciplinas han llegado a la conclusión de que aquí estaban, en efecto, los huesos del escritor, pero junto con otros, lo que sigue manteniendo la duda de cuáles son exactamente los suyos. Ahora se busca el enterramiento de una hermana de Cervantes para buscar el ADN. En definitiva: después de mucho trabajo y esfuerzo el resultado ha quedado abierto, a pesar de encontrarse un ataúd con las siglas MC. A un paso está la calle y la casa donde vivió el gran Francisco de Quevedo y Villegas, otra gloria universal y única de nuestra literatura, el autor que más admiro. En este madrileño Barrio de las Letras no hace falta más que mirar a las esquinas y descubrir los nombres de escritores brillantes, muchos olvidados. Leo también junto a la puerta del Ateneo una placa sugestiva. “Al presidente perpetuo de la República Española de las letras, Don Ramón María del Valle Inclán, que sucedió a don Manuel Azaña en la más alta magistratura de esta Docta Casa, el muy ilustre Ateneo de Madrid, donde vivió, compartió y predicó el catecismo de la más revolucionaria de las bagatelas, la llamada libertad”, en “La noche de Max Estrella” de 2004.

   La mala noticia del día llegó de Estambul: un atentado causó 10 muertos y numerosos heridos, la mayoría turistas alemanes. Un suicida cometió la locura en la plaza Sultanahmet, centro e neurálgico de los viajeros que quieren conocer esta impresionante ciudad, al lado de la Mezquita Azul y Santa Sofía. La plaza tiene forma rectangular porque en tiempos bizantinos fue un hipódromo.

    En la Semana Santa pasada, hace nueve meses, estuve con Violeta, Marina, Rodrigo y Andrés en ese mismo lugar. Al conocer la noticia sentí un intenso escalofrío. Estambul tiene tanta historia, es una ciudad tan bella, tan variopinta, tan sorprendente que tenía la necesidad de conocerla. Al fin lo hice con la familia, pero cuando fui tuve siempre la impresión de que sería una de las últimas oportunidades de hacerlo con relativa tranquilidad. No me equivoqué. El auge del islamismo de velo y cerrazón es acelerado, gana adeptos día a día, y los problemas del Gobierno de Erdogan con los kurdos se acentúan. La guerra en Siria y los conflictos de los países islámicos de la llamada “primavera árabe” encienden aún más la mecha del yihadismo, ya muy desarrollado. Una pena. El turismo se retraerá, como ha pasado en Túnez y Egipto, lo que generará más pobreza, el caldo de cultivo de más violentos, suicidas y homicidas.  El problema se convertirá en un círculo vicioso diabólico, imparable con las armas de destrucción masiva.

   Estambul, mitad oriental mitad occidental, paso de un mundo a otro, puente entre culturas, es una de las ciudades más impresionante del planeta. El Estrecho de Dardanelos, su mar de Mármara, sus palacios, sus cientos de mezquitas, su colores, sus zocos, sus barrios, su riqueza, su historia, todo, convierte a la antigua Bizancio en una ciudad única. No extraña que durante tantos siglos fuera objetivo de todos los grandes ejércitos, desde los romanos hasta los otomanos, desde los césares a los sultanes. También fue la insigne Constantinopla, hasta que los turcos impusieron su ley y sus nombres. En esta tierra, en la península turca, están ciudades eternas, bíblicas, como Éfeso, o de épica inigualable, como Troya. Un recorrido por aquí puede hacerse interminable al meternos en el ayer más intenso y en el futuro más imprevisible.

    Los terroristas ahora quieren que no la volvamos a visitar Estambul, ni Turquía. Que no vayamos, que no están por la labor del entendimiento entre las distintas religiones y culturas. El mal de los tiempos, el terrorismo yihadista, no tiene fronteras.

 

13/enero/miércoles

 

    Día como tantos. Como en el Majao de Sebi con Adolfo Pino, importante y afamado periodista de Castilla y León. Periodista y excelente escritor que no escribe porque todo el tiempo se lo ocupa la televisión. Unos guisantes, aunque no fueran de temporada, ilustrados con huevo escalfado justificaron la comida, aparte de la intensa conversación. Los derroteros del actual periodismo, le digo a Adolfo, va por caminos que no comprendo: o porque estoy muy desfasado o porque el periodismo actual viene a ser al periodismo lo que la música militar a la música. El tema da para muchas conversaciones y más escritos. Tiempo habrá.

   Hoy se constituyeron las nuevas Cortes. Los parlamentarios españoles eligieron presidente del Congreso a Patxi López, socialista, que contó con el apoyo de los suyos y de Ciudadanos y la abstención del Partido Popular. Las caras nuevas fueron muchas, entre ellas los parlamentarios de Podemos. Una de sus diputadas, Carolina Bescansa, llevó a su hijo en brazos al hemiciclo, un bebé al que amamantó ante la mirada sorprendida de sus señorías. Fue la atracción de la jornada. Los parlamentarios de Podemos prometen muchas novedades, emociones y sorpresas. Elevarán a la España esperpéntica a sus más altas cimas. Se necesitaría la pluma de Don Ramón María del Valle Inclán para que la retratara con exactitud.

    Como Presidente del Senado fue elegido, por mayoría absoluta, con los votos del PP, Pío García Escudero, que repite en el cargo. El Senado, que nunca ha servido para nada, en esta ocasión, en cambio, va a tener mucho que decir, sobre todo si Mariano Rajoy no consigue formar Gobierno y lo hace el socialista Pedro Sánchez. Si eso se produjera la legislatura sería un corral de comedias que ni el mejor de Almagro.