Gibraltar hoy se llama Cataluña

Días atrás Pedro Sánchez insultaba, poniendo cara de malo, a Rajoy: ¡Indecente¡  A su vez Rajoy ejerciendo el legítimo derecho a la retorsión farfullaba desconcertado: ¡Y Vd. un “ruiz”¡ (Quería decir: ruin). Hoy mismo, miércoles 13 de enero, los que se insultaban acordaron pactar la presidencia de la mesa del Congreso en favor de un conocido barón del PSOE. A cambio el PP conserva dos vicepresidencias y la mayoría en la mesa. Una de las primeras ocupada por una conocida experta en compaginar divertimentos virtuales y tareas de control parlamentario. Entretanto, el partido de la regeneración moral de la política nacional apoya alborozado tal sintonía, [Img #529368]tal ejercicio del perdón mutuo, mediado por su líder y en aras del “interés nacional”. ¿De cuál se trata?: ¡Cataluña se nos va¡  Adónde, sobre todo, con qué objetivo, para favorecer a quiénes, me pregunto y nos preguntamos, fría y racionalmente, muchos españoles y catalanes. Pareciera que no toca, de momento, evaluar ese incierto destino y sus remedios. Ahora a aquellos, en cambio, sí les importa sustentar, fortalecer la coartada del acuerdo. De este primer acuerdo cara a la galería. “Nos une la integridad de España”, dicen. De nuevo nos vienen a la memoria viejas melodías. Recuerdo que, en los tiempos de Franco, cuando crecía la agitación social, indefectiblemente se desenterraba el hacha de guerra. El hacha de guerra se llamaba Gibraltar. En efecto, miles, decenas de miles de españoles salían indignados a la calle. A los gritos de la “pérfida Albión” se unían indefectiblemente los de “¡Franco, Franco¡” y así se tiraba otros tres o cuatro años más. Ocultos quedaban los trenes repletos de emigrantes, las sentencias de muerte, los encarcelamientos inmotivados, la ausencia de libertades ciudadanas, la miseria de los llamados “cinturones industriales” Salvando las distancias, la historia se repite. En efecto, el independentismo es un problema. No obstante, no es, ni con mucho, “EL” problema. Los grandes y auténticos problemas son los millones de parados, los trabajos precarios, el deterioro del poder adquisitivo de las clases medias y obreras, de la educación y sanidad públicas, la falta de independencia de la justicia, la corrupción institucionalizada, el desmadre del gasto público, los privilegios inmerecidos, la ineptitud y cinismo de nuestros gobernantes y, de nuevo, la emigración de nuestros mejores jóvenes.…  Me atrevo a aseverar, que si estos grandes problemas estuvieran medianamente resueltos el independentismo sería una aspiración residual. Atendible y residual. Lo que los ciudadanos de a pie siempre han necesitado, lo básico y esencial son tres cosas: pan, paz y trabajo. Aquellos que primero se insultan y luego se golpean amistosamente la espalda, invocando “razones de Estado”, me temo buscan, como antaño, perpetuarse en el poder. Con la diferencia de que tal poder ya no reside en Madrid sino a cientos de kilómetros más al norte. El primer acto de este culebrón ha sido, a mi juicio, muy poco prometedor. Esperemos al segundo. Apuesten acerca de quién será nuestro futuro Presidente de Gobierno…. Al respecto me despido con un mensaje críptico y premonitorio: “la sombra de Pétain es alargada”.