Jueves, 22 de agosto de 2019

Cuidado(s)

Todos hemos nacido del cuerpo de otros y hemos sido criados por las manos, palabras y mirada de otros. Vivimos en continuidad. Somos, por tanto, radicalmente interdependientes, pero la sociedad moderna ha creado la ficción de que podemos ser individuos autosuficientes. Nos hemos equivocado mucho confundiendo libertad con autosuficiencia y ahora la humanidad entera paga las consecuencias.

Marina Garcés

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Para todas las Marías del Carmen y José Marías del Amor Hermoso, que nos han ofrecido la posibilidad de buscar nuestro lugar en el mundo.

Comienzo acercándoles una conversación entre dos mujeres:

Se quedó en silencio, temblaba;

—¿Por qué se ríe de mí?

—No lo hago, me río de nosotras. Mírenos, ¡chillándonos mutuamente!

Retrocedió para salir de la jofaina, me miró, con una súplica llena de rabia.

La envolví con la toalla de baño de mi casa, una nube rosada por toalla y empecé a secarla suavemente.

Las lágrimas se abrían paso por sus arrugas…

—Vamos, Maudie, por el amor de Dios, riamos, mejor que llorar.

—Es terrible, terrible, terrible —musitó, mirando delante de ella, los ojos abiertos y brillantes. Temblaba, se estremecía…—. Es terrible, terrible.

La primera voz corresponde a Maudie, una mujer de 90 años, de carácter no sé si más terco que duro, que vive en situación precaria sus últimos años de vida; la otra es Janna, tiene unos cincuenta, es una profesional independiente que está sola desde que perdió a su marido, y de forma ¿inopinada, extraña? comienza a hacerse cargo de esta anciana.

El diálogo recoge, me gusta pensarlo de este modo y creo no estar muy desacertado, la síntesis de lo que podrían significar los cuidados, relacionarse con una persona mayor, con un viejo.

Está sacado de la novela Diario de una buena vecina, de la escritora y premio Nobel de Literatura Doris Lessing, que junto con otras obras de su última etapa tratan el tema de la vejez, vista desde diferentes ángulos. No sólo desde la persona anciana en cuestión, sino también de quienes a su lado viven la rutina de la vejez: el [Img #529092]desamparo, el abandono, quizá la ingratitud; el paso del tiempo y la presencia de la muerte, ya cercana. Pero también el mundo de los cuidados, de la empatía con el otro, de la memoria que nos ofrecen los mayores para poder entender el presente; de sus cuerpos y su olor, sus miradas…

Como muchos de ustedes, conocí a la autora después de haber leído, a finales de los años setenta, su famoso El cuaderno dorado, pero ha sido una de esas casualidades que frecuentemente ‘ordenan’ nuestras vidas, la que ha hecho que me encontrara con este título, leyendo otro que quizá pueda interesarles, como me ha pasado a mí.

Se trata de Capitalismo canalla, de César Rendueles, pero no se me alboroten por el título, o quizá convenga que sí lo hagan, pero me gustaría que fuera para descubrir, a través de las lecturas que nos propone el autor, la desgraciada conexión entre estos dos términos. Son lecturas personales, muchas de ellas vinculadas con la literatura, y con el exclusivo criterio de querer establecer, a través de ellas, un recorrido que nos muestre la fatal trabazón entre las dos palabras.

Al referirse concretamente a esta novela, Rendueles cita en una entrevista, en la siempre recomendable revista digital Lecturas Sumergidas: Es una novela muy transformadora en el plano subjetivo. Me sentí como cuando tienes 15 o 16 años y sientes que un libro te transforma profundamente; como cuando a esa edad te acercas a un poeta concreto y notas que algo se rompe dentro de ti. En este caso me sucedió a los treinta y tantos, ya con hijos, pero el efecto fue muy parecido. Se trata de una novela que aborda algo que cuesta mucho imaginar, la necesidad de cuidar a los otros, la fraternidad, un valor republicano prácticamente desaparecido.

Pero sería injusto y carecería de sentido pensar que esta filosofía (práctica) de los cuidados, de la que también habla la filósofa que abre este artículo, Marina Garcés, se circunscribe solamente a los últimos años de la vida de las personas. Un ejemplo que evidencia lo que les digo y del que también les he hablado en otra ocasión y por otros motivos, es el libro de Santiago Alba Rico, recién reeditado, Leer con niños: no pierdan de vista a la preposición (con) que titula el texto y da todo el sentido a su desarrollo, y saquen después sus propias conclusiones.

Volviendo al libro de Lessing, hay un par de cosas que me gustaría destacar por si deciden en algún momento acercarse a su biblioteca a por un ejemplar, o pedirle uno a su librería de confianza.

La primera de ellas es hacerles observar cómo el personaje de Janna, y quienes la rodean, se va transformando, cambiando actitud y mirada, ante lo que representa la figura de Maudie. Porque la pregunta sigue siendo cuál es la razón última que lleva a esa mujer, llegada de un mundo distinto al de la anciana y con intereses diametralmente opuestos, a ofrecerle sus cuidados. Y como no me gustaría que dedujeran de mis palabras lo que no es, les avanzo que nada tienen que ver con esos supuestos valores de nuestra tradición occidental; más bien se trata de todo lo contrario: la novela los combate a través de la actitud de muchos de sus personajes, y lo hace con valentía, sin concesiones, como la vida misma hace con nosotros.

Aquí entraría el segundo asunto sobre el que tenía que prevenirlos: la herramienta narrativa que utiliza Lessing para llevar acabo ese cuestionamiento del lugar común en la relación con los mayores se concreta en la creación del personaje de la anciana. Nos puede repeler, no sólo físicamente, provocando nuestro rechazo ante su insolencia y escaso agradecimiento, con su continua actitud de poner contra las cuerdas a esa mujer, Janna, que nos va narrando su relación con esta vieja, seca y escarmentada ante lo que le ha ofrecido la vida, pero es seguro que no dejará de interperlarnos.

La autora cuestiona con su posición ese ‘buenismo’ hipócrita que trata de cercar y hacer desaparecer el verdadero sentido de ese encuentro con los afectos y los cuidados, que no es otra cosa que una continua lucha que Lessing conoce bien, de primera mano, como puede comprobarse en la lectura de su autobiografía.

En una entrevista que le realizaba un periódico de nuestro país, no hace muchos años, la periodista, también escritora, y por lo que se deja entrever, buena conocedora de su obra, le preguntaba sobre la reacción que para el lector puede supone la construcción directa y sin ambages de sus historias y personajes; aquí tienen su respuesta, donde también podrán apreciar esa ironía que nos salva de tantas cosas:

—Ese lugar suyo del rigor y la lucidez, ¿no es muy solitario?

—Bueno, alguien dijo que uno de los grandes problemas de ser viejo era que no puedes decir en voz alta casi ninguna de las cosas que realmente piensas, porque siempre resultas ridículo o chocante o molesto.

—Suena bastante triste.

—Siempre puedes hablar con los contemporáneos.

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Rafael Muñoz