Miércoles, 16 de octubre de 2019

Nunca más un país sin su gente

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Decía ayer el filósofo Santiago Alba Rico: “Ha entrado la realidad en el Parlamento y parecía una alucinación. Eso dice mucho de quienes nos han gobernado durante las últimas décadas.”

Las lágrimas de emoción de Pablo Iglesias al salir del Congreso daban cuenta de la importancia de una jornada histórica que marca, inexorablemente, no sólo el final del turnismo sino un modo de entender la política en nuestro país de espaldas a la vida real y al latir sencillo del día a día.

Sobraba, de pronto, la uniformidad y el teatro de falsa respetabilidad que ha gobernado nuestras instituciones en las últimas décadas. Que Gómez de la Serna, diputado del PP, investigado por la Fiscalía Anticorrupción votase tan campante pasando desapercibido; que Pedro Sánchez en menos de cinco días haya viajado desde la foto del “pacto a la portuguesa” a jugar bajo cuerda al pacto con el Partido Popular perpetuando a Celia Villalobos en la mesa del Congreso; que Albert Rivera a menos de un mes de finalizadas las elecciones generales haya hecho de su capa un sayo y esté negando punto por punto cada uno de los mensajes de regeneración que se atrevió a comunicar en campaña; que se pusiera de manifiesto con el cacheo selectivo a representantes institucionales del Ayuntamiento y la Asamblea de Madrid que durante demasiado tiempo hemos permitido que el PP y el PSOE se creyeran que nuestro Congreso, el de todas y todos, era su cortijo; que, misteriosamente, los micrófonos de la bancada de Podemos perdiesen el sonido sin previo aviso intentando silenciar la voz de quienes tanto y tan alto en nombre de todas tienen que decir (no consiguieron acallar una de las más bellas promesas que se escucharon en el hemiciclo, la realizada por el diputado por Bizkaia, Edu Maura: “Por todos aquellos que alguna vez defendieron la fraternidad y la ley del más débil. Por ellas y ellos prometo.”) Que todas las miradas encorbatadas y gestos enjoyados rezumasen un rancio clasismo y trasladasen la percepción de “intrusos en nuestra propiedad”. Que, como en elección de delegado de instituto, algún diputado con sueldo a cargo del erario público, votase nulo por hacer la gracia al “niño de la Bescansa”. Que la seguridad del Congreso tuviese orden de vigilar estrictamente que ningún invitado introdujese “reivindicaciones o pancartas”. Que Irene Lozano en el PSOE y Toni Cantó en Ciudadanos, se abrazasen cordialmente celebrando el éxito de su mutuo transfuguismo. Que ni bicis ni abrigos a la vista, por dios, que esto es un sitio, que se lo pregunten a Montoro, de lo más serio.

Y frente a ellos, como única alternativa, viva, real, tangible, la lengua de signos en la promesa de Pablo; el bebé tan tranquilo en brazos de su mamá; las promesas que se saben en legislatura constituyente, Rita Bosaho demostrándonos que ya era hora; Ione Belarra nombrando la indignidad de los CIEs en su primera palabra en la Cámara; las flores silvestres de Rosa María Martínez diciendo tantas cosas sin decir; Manolo Monereo eligiendo leer en la tribuna de invitados mientras se contaba a mano voto a voto el pre-aviso del búnker; Sergio Pascual y Auxiliadora Honorato registrando el primer día la Ley 25 de Emergencia Social para poner sobre la mesa desde el minuto uno la prioridad de prioridades: la vida de la gente; las redes sociales y los grupos de telegram del partido celebrando cada palabra, abrazando a cada compañero. Y a las puertas del Congreso, las lágrimas del comienzo. Estamos aquí para quedarnos, ante la perplejidad del cartón-piedra nuestra presencia grita la realidad. Nunca más un país sin su gente.