Miércoles, 28 de octubre de 2020

Con C de Cervantes

Tenía que hacerlo. Tenía que dar mi opinión sobre el cierre de la mítica Cervantes.

Muchas han sido las plumas o las teclas, todas infinitamente más autorizadas que la mía, que han mostrado su desagrado de múltiples formas con la desaparición del octogenario establecimiento charro. El destino ha querido que en este año, que apenas ha dado sus primeros pasos, sea en el que se cumplan cuatrocientos años desde que la diabetes se llevara al genio de Alcalá, y también en el que cierre sus puertas la librería por excelencia del imaginario colectivo de esta tierra.

No puedo ocultar que me da pena que algo que uno tiene interiorizado como referente, como recurso inigualable, tenga las horas y los días contados. Y es que cuando suceden estas cosas, más allá de memorias olfativas, obligaciones académicas y deleites narrativos, me sale ese punto de que Salamanca contó con un establecimiento a su altura. Sin entrar en lo que supone para las decenas de sus trabajadores, la zozobra espesa de perder su trabajo.

Desde la distancia, creo que es el momento de destacar su longevidad, su servicio y su referencia. Y apenarse de que al final, independientemente de que haber sido un dispensador de cultura, de herramientas formativas y hasta gomas de Milán, de esas de nata que daban ganas de darle un ñisco de los buenos, no deja de irse un negocio.

Creo que en estos casos mezclar churras, merinas o comarqueñas, no está bien. Porque uno corre el riesgo de hacer un revolutum tan parcial que se desvirtúe lo esencial. Los negocios, sean culturales o de patatas bravas, se rigen por la dictadura del debe y del haber, del lucro. También es cierto que hay actividades cuya dimensión social dota de menos colesterol a nuestras mentes que otras, y Cervantes es una de ellas. Pero imagino, intuyo,  que si el óbito se produce será por intereses, legítimos del propietario, y por cuentas que no salen.

Pero lo que no tiene valor, o si, pero de otra especie, es el sentimiento de ver marcharse algo que ha formado parte de la vida de uno. Y de una manera u otra, Cervantes es algo de eso.

Y me pregunto ¿qué hemos hecho a parte de lamentarnos de esta inmediata pérdida? Esto me recuerda a muchas otras cosas de nuestra tierra charra que  cuando han requerido combustible  les hemos tirado olorosos pétalos de rosa. Porque el mercado ha cambiado tanto que la final las grandes superficies, la competencia especializada, internet, el Kindle  y hasta las gasolineras, tienen unas líneas que llevarse a los ojos. Y no sé si hemos sido los clientes infieles los que nos hemos cargado el cervantino negocio, pero posiblemente tengamos nuestra parte alícuota de culpa. Y es que hay veces que el corazón no sirve para cuadrar balances.

Así que aún con el pesar en la estantería, me reconforta tremendamente que esta ciudad cuente con magníficos establecimientos, negocios de lo editorial, donde podemos seguir reforzando nuestra maltrecha cultura o simplemente deleitarnos con la diversión de un libro.

Porque este luctuoso hecho no sé si dictamina que la cultura charra va cuesta abajo y sin frenos, demasiado me parece.  Aunque sí que me sumo a la corriente de la capa caída, que se llena de polvo cuando cae al suelo algo que era referente en una urbe de provincias desde 1937,  y por donde han pasado generaciones, ilustres varios y todo salmantino que se preciara de ello.

Lo que sí es cierto es que en momentos como este se me viene a la tecla todo lo que ha desaparecido de esta bendita ciudad en los últimos años, y da hasta miedo. Pero quizás sea el miedo de lo cambiante, ese que te embarga cuando llegan los nuevos tiempos, lo lozano,  cuando lo viejo da paso a lo nuevo. Aunque me temo, al menos tengo esa sensación, que en esta Salamanca de los últimos años la tendencia no es tan brillante y mucho menos sutitutiva. Y poco a poco, o mucho a mucho, nos vamos quedado sin pedazos de nuestra vida, de nuestra historia, de nuestra economía. Manteniendose ese vacío sin que llegue algo que lo convierta en entreñable recuerdo. 

Y pienso que el mejor homenaje en estos casos es la rebeldía. La de construir un Cervantes más grande, más amplio, con más plantas, más puertas y mejores estantes. Nuestro propio Cervantes. Y si nos ponemos a abusar del patadón hacia arriba, porque no con voluntad de todas las partes poder disfrutar de una biblioteca Cervantes en un sitio tan privilegiado como el de la Calle Azafranal 11. Ahí lo dejo.

Pero como siempre he sido de buen pensamiento y optimismo congénito, me quedo con lo que escribió Don Miguel en La Gitanilla; “Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”.