Jueves, 1 de octubre de 2020

Que los Gorriones entren en tu vida

Es, sin duda alguna, el pájaro más conocido de todos los que deambulan por nuestro país; el más humilde de los que conocemos todos; y el más extendido por todo el planeta. El Gorrión común, Passer domesticus, es una de las especies más adaptables de nuestra Tierra, pues es poco exigente tanto en lo referente al hábitat como en la alimentación que necesita, estando íntimamente ligado a nosotros, tan unido a dichas actividades humanas que, cuando un pueblo es abandonado, poco tardan los gorriones comunes en desaparecer tras sus habitantes. En las ciudades es fácil verlos en los parques, por sus calles, bañándose en sus fuentes o recogiendo las migas que los variados alimentos que encuentran en nuestras terrazas.

¿Quién no ha intentado, alguna vez siendo niño, criar algún gorrión que encontró caído del nido? Y digo bien, intentar, porque no es fácil sacarlos adelante. En mi niñez, siempre me decían que los jóvenes gorriones morían de pena, por lo que no había que separarlos de sus padres. "Lo sé –contestaba yo- pero es que lo he encontrado en el suelo". Encontré varios y, a todos ellos, les preparaba un nido, en una caja que encontrase, donde colocaba una servilleta, o un trapo, para darles calor, y me iba a buscar alpiste, o cualquier cosa que pudieran comer. Nunca conseguí que ninguno sobreviviera a la primera noche. Así que, por la mañana, me tocaba arrepentirme de haber intentado salvar la vida del polluelo, volviendo a comprobar que, conmigo en particular, morían de pena. Mi abuelo fue capaz de criar varios; fueron compañeros durante varios años, que le seguían allá donde fuese y que se apoyaban en su hombro a descansar, mientras él jugaba la partida diaria.

Un pajarillo que ha sido elegida Ave del Año por la Sociedad Española de Ornitología, SEO, y que, como las golondrinas, está sufriendo un fuerte declive en zonas urbanas, con una disminución de cerca del 10% en el número de individuos. Las causas de su declive no están del todo claras, pero los factores que parecen influir más son la intensificación agraria, el aumento de pesticidas en las zonas cercanas a los núcleos urbanos rurales, la eliminación de sus nidos o a la contaminación (sea atmosférica, lumínica o acústica), es decir, a la mano del hombre, como siempre. Y, como siempre, no caemos en la cuenta de lo beneficioso que resulta su presencia en nuestras sociedades, ayudando a controlar plagas de insectos, a dispersar determinadas semillas, y, a la vez, es un excelente indicador de nuestra calidad ambiental.

Obligados por el ritmo de vida urbano, nuestra interacción con el mundo animal es ínfima, cosa que podemos aliviar mínimamente al ver los saltitos con los que se desplazan estos pequeños paseriformes, o escuchar sus trinos en las zonas verdes existentes. Siendo, como es, el gorrión común el que vemos en las ciudades, en los núcleos de población más pequeños, también es posible encontrarnos con alguno de sus primos: el gorrión moruno o el gorrión molinero; mientras que más complicados de ver lo son el gorrión alpino y el chillón. Lo sé por experiencia: el despertar con su trino es de esas cosas que no tienen precio… pero, que no se entere Montoro, que los extermina.