Martes, 29 de septiembre de 2020

No sólo es Cervantes

"La muerte de Cervantes no es una novedad, es la confirmación de la muerte de una ciudad, de un estilo, de un modo cultural"

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No hemos comenzado, no hemos superado la ilusión de los Reyes Magos, y el bisiesto comienza su periplo luctuoso. Se pronosticó un 2016 repleto de cambios drásticos pero positivos y vaticinaron los sucesivos trimestres en los que el primero sería de cautelas, cambios y estrés; el segundo de fuerza, ánimo y descanso; el tercero de confianza, comunicación y reflexión y el último de intensidad, audacia y mucha acción. Todos presagios propios de un año con 366 días que, de forma secular, se han considerado malos años.

A las pocas horas de su comienzo se anuncia, algo ya previsto, o al menos conocido por algunos en el 2015, que esperábamos no se cumpliera el augur y que, finalmente, se ha confirmado: el cierre de la librería más emblemática de la ciudad y referente nacional, a la que he visto llegar personas de todas las provincias por ser el único lugar en el que se encontraba o te podían facilitar este o aquel libro de interés singular. Un lugar lúgubre, sombrío, repleto de libros, con una trastienda triste, antigua, sin renovación, pero repleta de historia, cubierta de vida, de la vida que los libros aportan, de las personas que a ella acudíamos en pos de este o aquel manual profesional, esta o aquella novela y este o aquel ensayo de mayor o menor volumen, pero todos preñados de cultura, de lengua, de literatura en un ara del español, del castellano, de la palabra escrita, del medio de expresión que más rico ha sido en esta España nuestra que ahora tan denostada se encuentra.

Cuando la literatura era la tuerca que aunaba la cultura, la historia, la lengua y la nación más antigua del mundo, la que conseguía retorcer la lengua para obtener las más bellas articulaciones de la expresión, del sentimiento, de la conciencia, de la sabiduría y de la vida expuestas en libros, las librerías eran la catedral en la que se aposentaba ese corpus, y entre ellas Cervantes.

Su falta de transformación a los nuevos tiempos, la imposible superación de esa cultura sabia, elitista del siglo XIX y parte del XX, para acomodar sus estantes a una nueva literatura de café, de barra de bar o incluso de tálamo concupiscente o incluso de inexistencia de soporte, han hecho que Cervantes, como la lengua, como la cultura sólida y sesuda de otros tiempos, como el Titanic, se sumerja en las procelosas aguas de la modernidad y muera, arrostrando a su final a las familias que en ella vivían, a los libros, a las ciencias, a toda una forma de vida.

La muerte de Cervantes no es una novedad, es la confirmación de la muerte de una ciudad, de un estilo, de un modo cultural, de una época en la que la lengua, la tranquila transmisión de la sabiduría que cala hasta el tuétano era una forma de transformar la vida, que ahora pasa, pasa y pasa a la velocidad del rayo, de forma muy superficial, sin rozar siquiera la dermis y se pierde sin sentirse.

No es el bisiesto, es la falta de conocimiento, la poca preparación, la rapidez por vivir una vida sin otro sentido que el correr y correr, en la que nos falta el sosiego, la paz, la trascendencia precisa para superar lo viejo y potenciar lo vintage como un modo de transferencia de una esencia que, si no, se perderá.