Jueves, 22 de agosto de 2019

Una limosna por amor de Dios

25/diciembre/viernes

 

Luce un sol espléndido. Parecen unas Navidades argentinas, con sol veraniego. Todos los medios de comunicación hablan del cambio climático. Menos mal que hace menos de un mes se reunieron en París numerosos países y decidieron arreglar el problema. Se comprometieron a que en este siglo no suba la temperatura del planeta más de un grado y medio. Y lo hicieron quedándose tan frescos, con abrazos y aplausos incluidos. El acuerdo no se lo creen ni ellos mismos. ¿Cómo se hace eso? ¿Qué país industrializado no va a seguir intentando crecer? ¿Qué país no quiere industrializarse? ¿Qué va a hacer Estados Unidos? Y Rusia, y China, y la India, y Brasil. ¿La energía que se necesita ya no contaminará la atmósfera? La política internacional es siempre un camelo. 

    La ciudad está como anestesiada. Voy a pasear con Rumbo y no veo a gente por la calle. La Nochebuena ha sido larga en la ciudad. Nosotros disfrutamos en casa de una cena especial, intercambiamos regalos, que siempre genera emoción, besos de cariño, conversación distendida y alegre con Violeta, Rodrigo y Marina, recuerdos e imágenes de tiempos pasados, sobre todo de los abuelos, un gin-tonic por su sitio, algo de turrón y polvorones, la inevitable televisión, y a la cama.  

     Me gustan las fiestas, y especialmente Navidad, por ese aire de felicidad que se nota en el ambiente. Parece como si todo el mundo tuviera la obligación de ser feliz. Incluso los pobres, los parias, los desheredados, que cada día abundan más, encuentran estos días caridad y solidaridad. La caridad que llega de las instituciones religiosas, como la Iglesia, y la solidaridad de las gentes de buena voluntad y las administraciones civiles.

    Una familia gitana, el matrimonio con tres hijos, toca el timbre de la puerta y pide una ayuda. Antaño, allá por los años sesenta, en Cañizo eran limosnas las que pedían los pobres. Ahora ayuda. Se la damos, como se la daba mi madre a aquellos pobres de solemnidad que iban de pueblo en pueblo con un saco al hombro recogiendo rebojos de pan duro y trozos de tocino. “Una limosna por el amor de Dios”, decían. Y seguían tocando los llamadores de las puertas de los demás vecinos. Finalmente seguían andando por la carretera, lentamente, sobrecargados, sin destino, o con un destino que los devolvería a desandar el camino en unos días.

    Era la cara más cruel de aquella España de Franco, triste, pobre, miserable, harapienta. Nunca me olvido que el Producto Interior Bruto de la España de 1936 no se igualó hasta 1953. Un desastre, vamos. Sólo antes otra guerra, la de la Independencia, nos dejó tan maltrechos, o más, porque incluso hoy no somos lo mismo que pudiéramos haber sido de no haber tenido que malgastar tantas fuerzas, dinero y hombres contra Napoleón, ese maldito héroe francés. La cosa entonces fue tan especial que hasta las colonias aprovecharon la coyuntura para emanciparse. No digo yo que eso no debiera suceder, que antes o después, así sucedería, pero no cómo se hizo, de la manera que se hizo y con los jirones que se dejaron en aquellas pelea de nietos contra abuelos.     

    Les damos 20 euros a la familia gitana; no sé si es poco o es mucho. Me parece poco, pero pienso que si todas las personas a las que les pide esta familia les dieran esa cantidad les tocaría el gordo de la lotería. La mujer nos desea entusiasmada felices navidades y que Dios nos proteja. Los pobres son tan agradecidos y generosos que apelan a Dios para que ayude a otros.

    Hemos avanzado, progresado, pero esta España sigue teniendo calles con pobres y gente sin techo. Siempre hubo pobres, y siempre los habrá. A mi se me congela el alma pensando en sus vidas, las vidas de esos niños, inocentes, ajenos a la realidad, excepto quizá en sus estómagos. Tal vez piensen por qué unos tienen tanto y ellos tan poco. No puedo evitar recordar a mi amigo Teodoro Herrero que dice que en la vida todo depende de uno mismo, de nuestro esfuerzo e inteligencia. ¿Acaso es igual pertenecer a una familia que a otra? ¿Es lo mismo nacer en un país que en otro? Nietzsche le puso números al peso que suponen en nuestras vidas el azar y la capacidad personal, y dijo que el 99% depende del azar. Estoy de acuerdo con él. Los que se valoran tanto a sí mismos, que se consideran tan listos, que tienen tanta inteligencia y talento, que son tan trabajadores, y que se creen que dominan las leyes de la naturaleza encima no superhombres. Están bastante equivocados, claro.

 

28/diciembre/lunes    

 

Tantos días de fiesta me confunden. Uno se acostumbra al ajetreo diario, de coches que van y vienen por la ciudad, de ruido, de gente por la calle, de camiones por la carretera, de llamadas telefónicas que se termina por añorarlo. Somos animales de costumbres. Nos gusta cambiar lo justo; preferimos controlar las situaciones, preverlas. Llega un momento en que incluso viajar, siempre tan sugestivo, me genera pereza. Me hace recordar a Alejo Villafrechós que suele decir que a él nadie le hace moverse más allá de su manzana en el barrio Salamanca de Madrid. Viajó por medio mundo, incluso llegó a disfrutar de las Islas Galápagos en un viaje con el Rey Juan Carlos, pero la edad, a pesar de disfrutar de buena salud, le ha quitado interés por descubrir otras tierras y culturas. A mi no me pasa lo mismo, pero ya no sufro si no tengo pendiente algún viaje. Precisamente el último que hice fue el año pasado por estas fechas, a Argentina y Uruguay. Tenía una necesidad de ir “al país que más quiero después del mío, Argentina”, palabras escritas recientemente por Manuel Alcántara, periodista histórico y poeta entendible.

    Buenos Aires me pareció una ciudad maravillosa, con todos los problemas que suelen tener las grandes urbes iberoamericanas, con barrios de lujo y otros de miseria. Estuve en Palermo y en La Boca, dos mundos, ejemplo del contraste de vidas y misterios de esta nación a la que yo no logro entender. Tierra entrañable, con un idioma castellano que ya quisiéramos en España, mezcla de los males del peronismo histórico – demagogia a raudales, corrupción infinita y clientelismo imbatible - con unas ganas enormes de ser un país moderno, avanzado y propio de estos tiempos. País lleno de recursos, el quinto más rico del mundo en los años cincuenta y sesenta, acumula ahora bolsas de pobreza vergonzosas. En el propio Buenos Aires hay asentamientos semejantes a las “favelas” brasileñas de Río de Janeiro o Sao Paulo.

     Pero en cambio también tiene la calle Corrientes, y otras semejantes, llenas de teatros, cines, librerías y restaurantes. Libros y literatura por todas partes llenan el ambiente de esta ciudad soberbia, donde puedes tomar café en un ambiente rodeado de libros, como en El Ateneo, un ejemplo indicativo de cómo aquí se entiende la cultura. Grandes edificios, imitación muy conseguida de los de París y de la arquitectura italiana.

     Buenos Aires es un gigante que necesitaba conocer. Desde su famoso cementerio de Recoletas, donde están enterrados todos los grandes próceres argentinos, entre ellos Evita Perón, hasta Puerto Madero, de modernidad internacional, pasando por Palermo y otros barrios llenos de vida y dinamismo. Pude visitar algunas otras zonas, y algunos de sus bares míticos, como La Biela y el Café Tortoni. Es increíble, pero cuando vas a Buenos Aires todo el mundo te sugiere que no dejes de visitar estos lugares; te lo dicen con más énfasis que cuando te hablan del teatro Colón, el magno Parlamento o la Casa Rosada. Eso da idea del sentido lúdico ante la vida de los argentinos.

    Sólo alcanza el entusiasmo “Caminito”, en La Boca, un lugar de obligado cumplimiento para el turista. Las casas sobrepintadas, la concentración de artistas y bailadores  de tango hace de este lugar un sitio único: Carlos Gardel siempre al fondo: “Camino que el tiempo ha borrado,/ que juntos un día nos viste pasar,/he venido por última vez,/he venido a contarte mi mal…/Desde que se fue/triste vivo yo/,caminito amigo,/yo también me voy/. Desde que se fue/nunca más volvió/seguiré sus pasos/caminito, adiós.”

    También pude admirar los campos inmensos, inacabables, de hierba verde y jugosa donde pastan cientos de miles de vacas con el objetivo de hacer honor a los grandes asados de esta tierra. Lo comprobé en un viaje a La Plata, ciudad cuadriculada, decadente, de casas bajas y tan escasa belleza que los propios del lugar lo que más llevan como orgullo es el estadio de fútbol, moderno, de una arquitectura que mezcla el hierro y el aire en un extraordinario equilibrio. Sólo salvan también un Museo de Ciencias que recuerda al orgullo nacional Perito Moreno y es una muestra tan genial como anticuada en su exposición, al margen el polvo que todo lo cubría.

    Argentina, mitad italiana, mitad española, española total por el idioma, siempre está en mi corazón. Incluso cuando compruebas la decadencia sufrida con el paso del tiempo de las estancias del Gaucho Martín Fierro, del poeta José Hernández: “Mi gloria es vivir tan libre/como el pájaro del cielo/;no hago nido en este suelo/ande hay tanto que sufrir,/y naides me ha de seguir/cuando yo remuento el vuelo”. La cruel Dictadura argentina de la década del setenta, con Videla, Galtieri y otros criminales dejaron esto hecho un solar. Y desde entonces no logra levantar el vuelo.

    Ajeno y lejano, en cambio, fue para mi ánimo el primer encuentro con La República Oriental del Uruguay.  Montevideo, de nombre tan sonoro, me pareció una ciudad medio en ruinas, porque caminar por sus calles, sin tropezar, era misión imposible. La ley urbana en Montevideo exige arreglar las aceras a los propietarios de los edificios; si estos no viven allí, o no tienen dinero para pagar las obras, nadie arregla los desperfectos, lo que termina por convertir las calles en lugares por donde parece que hubieran estallado las bombas de una guerra.

    Mejor impresión me produjo su gran estuario, el Río de  la Plata. Embarqué en El Tigre, lugar entre Argentina y Uruguay muy especial, donde se ahorman cientos de islas donde viven familias enteras que dependen siempre de un barco que les traiga y les lleve. El estuario en algunos puntos alcanza los noventa kilómetros de lado a lado. Numerosas ciudades se asientan en estas costas, cada día más entregas al turismo de élite. La impresión que llevé, en cambio, fue de un querer y no poder, un sí, pero no, a pesar de ser muchos los famosos de medio mundo que allí han adquirido un chalet de gran lujo.

    El Paraná y el Uruguay aquí forman un mar de agua dulce impresionante. Alcanza su cenit en la puesta de sol en Casapueblo, en Punta Ballena, zona de Punta del Este, un lugar, una casa, muy particular, de aire mediterráneo, que alcanza la sublimación gracias al trabajo de un poeta, Carlos Páez Vilaró, que hace de la palabra, la poesía, el sol y el agua un encuentro único. Si además, cuando el sol de pone, y llena todo el estuario, la música de fondo es la del maestro Rodrigo y su Concierto de Aranjuez, uno siente que el viaje está ha justificado. El Hotel Conrad, la Isla de Lobos y las escultura “Los dedos del Hombre” en Playa Brava, del artista Mario Irarrázabal, suben el entusiasmo perdido en Montevideo.

     [Img #521107]El estuario del Río de la Plata es algo grandioso, agua dulce que termina en el agua salada del Océano Atlántico. Costas argentinas y uruguayas bañadas por una corriente común, maltratada por los comentarios del pueblo, no exentos de maldad, tal vez ciertos, de que en su interior llevan demasiados detritus de Buenos Aires, lo que ha hecho extender la idea de que bañarse en esas aguas es recoger demasiadas suciedades humanas.  

   El Uruguay que visité estaba en plenas elecciones presidenciales que debían sustituir al histórico José Mújica, un político tupamaro, revolucionario, de los de fusil en prevengan en su tiempo, que con el paso de los días y los años, pasó a ser el hombre fuerte del país. Un político diferente, cercano, de lenguaje entendible, ajeno al ladronicio, que entregó siempre una gran parte de su sueldo a causas sociales. Mucho recordé en este viaje unos versos que aprendí en la Universidad Autónoma de Barcelona, en Bellaterra, cuando yo tenía diecinueve años y era estudiante de Periodismo. Estaba escrito en una de las mesas en las que me sentaba en clase y lo aprendí de memoria: “Cielo mi cielito lindo/viento de danza y juncal/, el cielo de los tupamaros/el cielo del Uruguay/. Pa mi que los del gobierno/ nos cuentan ya derrotaos/, pero no han contao en que somos/pocos pero bien mandaos”. El poeta acertó totalmente: Mújica llegó a la Presidencia y Uruguay a la paz. Un éxito.