Sábado, 8 de agosto de 2020

Hambruna a la española

En España no hay hambruna, pero son muchos los que pasan hambre.

Afortunadamente, en España no hay hambruna porque existen suficientes alimentos para evitar una desnutrición generalizada similar a la sufrida al final de la guerra incivil, con el racionamiento administrado en cartillas, es estraperlo malcontrolado en los fielatos y miles de personas muertas por no tener un mendrugo de pan que llevarse a la boca.

Pero aunque no padezcamos hambruna crónica, estamos en una situación hipotéticamente coyuntural de hambruna a la española, en la que muchos ciudadanos sufren desnutrición, deambulan por los contenedores, hacen cola en los comedores sociales, piden limosna por las calles y tienen salarios de subsistencia.

Es una hambruna que no figura en el orden del día de las reuniones que celebran los consejos políticos, administrativos y financieros, porque a esas cúpulas del poder les interesa más el Ibex y las propias cuentas corrientes de sus miembros, que la desnutrición infantil, el ayuno obligado o las tahonas sociales.

Comer no puede ser un privilegio sino un derecho universal de todas las personas, sea cual fuere la situación de cada cual, que responde al instinto básico de supervivencia animal, aconsejable satisfacer porque una dentadura con hambre puede transformar la masticación en dentellada, por impaciencia y rebeldía del hambre, que no admite demora, ni perdona, ni acepta la interrupción de la vida por faltarle una hogaza de pan.

Mientras el hambre no sea una prohibición, el esqueleto estará silueteado en la piel reseca donde las moscas se nutren de legañas y se alojan piojos en los cabellos erizados por el insomnio en las chabolas de estiércol, pidiendo la redención a los cayucos mortuorios que navegan desde la hambruna hacia la muerte.

Sin levantar la mirada del suelo los ojos pueden desprenderse de la cuencas vacías y caer rodando hasta las alcantarillas, entre desperdicios de vida y residuos destilados con licencia municipal transida de hipocresía legalizada por los decretos que espantan la justicia social de manera subversiva y sin complacerla.