Jueves, 20 de junio de 2019

Murpfy, ese maldito enemigo

19/diciembre/sábado

 

  Luce de nuevo un sol primaveral. Impropio de estos días, el tiempo parece haberse confabulado contra los agricultores. Las tierras están hirsutas, débiles, de un verdor marronáceo, mezcla del cereal con la tierra que lo acoge, de la que no despega. Para los turistas este tiempo es extraordinario, pero para los hombres del campo no puede ser peor.

 [Img #514280]  Voy, tranquilo en mi coche, hasta el Molino de Cañizo. Allí me esperan cinco amigos entrañables, con sus respectivas mujeres, y una paella monumental. En el Cañizo zamorano se cocina la mejor paella de Valencia. Tiene una lógica. Trini es una mujer de esa tierra, hacendosa y trabajadora, que hace años se afincó en esta zona entre Tierra de Campos y Toro. Restauró con su marido el viejo Molino Maroto, el mismo que en su día regentó el padre de mi amigo Ángel Barrena, e hizo una casa rural y un restaurante de postín. Toda la comida está elaborada con gusto, como bacalao confitado, pulpo o setas de temporada. Tiene grandes carnes y suculentos guisos, pero de todo, lo que a mi más me gusta es la paella valenciana, con pollo, conejo y verduras. Una paella con otro toque, con socarrat, con sabor a Levante, como debe ser.

    En este molino comió muchas veces Miguel Delibes. Venía a cazar a la zona, abundante en perdiz, pato azulón, liebre, conejo y paloma y, como era amigo de la familia Maroto, más de una vez repuso aquí fuerzas para poder seguir los surcos y cruzar los ribazos con la escopeta dispuesta para el disparo certero. El autor de “Diario de un cazador” gustaba de estos parajes agrestes, de encina y matorral, de linderones e innumerables regatos que van a dar al Sequillo o al Valderaduey. Campos de cultivo y masas salvajes, de los términos de Cañizo y Belver de los Montes, tierras de labor mezcladas también con extensiones de pinos que llegan hasta Villalpando. La zona se llama El Raso y es un pequeño ecosistema. Alberga lobos que bajan de la Sierra Segundera sanabresa, jabalí y otras especies.

     El lobo por estas zonas no es muy querido que digamos. De cuando en cuando se acerca a apriscos y teleras de ovejas, muy abundantes, y prepara matanzas descarnadas. Los ganaderos mantienen una permanente pelea tanto con el lobo como con los funcionarios de la Administración autonómica. Los ganaderos piden protección para sus rebaños, pero el lobo gana la partida. Está protegido y andan a sus anchas. Cuando tienen hambre buscan presas y las encuentran en las pobres ovejas churras o merinas. Los ganaderos después tardan mucho tiempo en cobrar las subvenciones, o no la cobran, y eso genera tensión porque dicen que son ellos los que pagan la ecología y el medio ambiente. Los ganaderos además sufren por partida doble: matan a sus animales, que son el sustento de su vida, y cuando no, el animal queda traumatizado, produce menos leche y pierde las crías. Los ganaderos aducen que eso no hay Administración que lo valore y lo pague como corresponde. Tienen razón. Lobo sí, pero con reglas diligentes por parte de la Adminstración, que protege más a los animales que a las personas que viven en la zona.

    En el Molino de Cañizo, que está más próximo a Belver de los Montes, pero que es de Cañizo, porque está en término de Cañizo, cada año comemos al menos una vez la Peña Cañizo, un grupo de amigos a los que nos unen muchas empresas, entre ellas el Camino de Santiago.  Javier Montaña, Víctor Peral, Javier Aguirre, Jesús Alberto y Javier Leman. Entrañables peregrinos dispuestos siempre lo mismo al rezo y la penitencia que a la risa, al vino, a los manjares y al análisis de lo que pasa en la rúa y en la política.

   A la hora del Camino no se regatea esfuerzo, ni entrega, ni convicción interior, ni comentario, ni crítica a propios y ajenos, ni visión certera de cualquier aspecto de la vida. En el Molino Maroto, en esta cita que empieza a ser clásica, toman la dirección nuestras mujeres, a las que agradecemos tanta comprensión y generosidad al propiciarnos libertad para seguir la Vía Láctea hasta llegar a Santiago de Compostela.

     Javier Aguirre, Javier Montaña y Víctor Peral hacen trabajos sobre los recorridos hechos en los que queda patente el peso y el poso de los kilómetros a pie. Nos vemos a nosotros mismos y disfrutamos de nuestras pequeñas hazañas. Somos como niños que hubieran descubierto un tesoro. Javier Aguirre prefiere el recuerdo en papel y Javier Montaña y Víctor Peral la imagen y el sonido. Yo me ocupo de la letra. Jesús Alberto, coordina todo y Javier Leman hace de oyente. Nuestras mujeres  ríen, valoran el esfuerzo y aplauden.

   Hay veces que la vida es más grande, más completa, cuando se tienen amigos generosos, esos que llenan y alegran nuestro espíritu sólo con una sonrisa, una palabra o un abrazo.

 

20/diciembre/domingo      

 

     Llegó el día de votar. Día lluvioso en Valladolid. Mal presagio. Gentes por todos los lados caminan tranquilos. Les esperan los colegios electorales. Me produce una excelente sensación. ¡Qué bonito es votar! Es una imagen de éxito colectivo, de importancia individual en un marco social. Todos somos este día importantes. Es un voto, sólo uno, pero es propio, nuestro, intransferible, y el uno más uno suma muchos. Lo que decide el futuro de todos. “La democracia, lo dijo Churchill, es el menos malo de los sistemas posibles” ; no es perfecto, no puede serlo, porque los votantes, hombres y mujeres, no lo somos y, mucho menos, los políticos que dirigen nuestro destino.

     Por eso se equivocan quienes piensan que la democracia lo resuelve todo. No. La democracia es el mejor sistema para poder resolver nuestros problemas, pero no todos, ni para todos, ni en el momento necesario. Siempre, en cualquier caso, necesitamos gobernantes adecuados, que no fallen, que no roben, que se dediquen más al bien común que al propio. Ahí tenemos un grave problema: el sistema electoral español falla. Las listas son cerradas y no queda más remedio que elegir a personas, y personajes, que no nos gustan. Ninguna lista, de ningún partido, la conforma gente irreprochable e inteligente. Hay de todo, como en botica. Es una deuda pendiente: que se voten listas abiertas, que podamos elegir a nuestros representantes con su nombre y apellidos. Lo de ahora, listas puestas por los aparatos de los partidos, son una auténtica desgracia. Los responsables de los partidos colocan a gente de su confianza, que no dé guerra, que no les critiquen, que vote a mano alzada, que se calle, que salga en la foto. Los más preparados, o los más inteligentes, salvo raras excepciones, huyen. Por eso medra tanto mastuerzo, tanto mediocre, que hace de la política una carrera personal, la que no pudo hacer por el estudio y el esfuerzo. Más de uno descubrió hace tiempo que pegar carteles era muy rentable.

   El día transcurrió con normalidad, que es lo mejor que se puede decir de un día así. Ningún incidente en toda España. Extraordinario. Había sólo que esperar el resultado. ¿Acertarían las encuestas? Sí, lo hicieron. El PP y su líder, Mariano Rajoy, ganó, pero lejos de la mayoría absoluta. Los socialistas, con Pedro Sánchez, fueron la segunda fuerza, la tercera Podemos y Pablo Iglesias y la cuarta Ciudadanos y Albert Rivera. El número de disputados quedó distribuido de tal forma que ninguna alianza o coalición se podría alcanzar para gobernar España. El resultado peor posible, se produjo. Las encuestan lo anunciaban y el pueblo las confirmó. La Ley de Murpfy: “si algo puede salir mal, saldrá mal, si puede ocurrir, ocurrirá”. Eso pensaba Edward Morpfy. Su hijo, Robert, la precisó más tarde: “Si hay más de una forma de hacer un trabajo, y una de ellas culminará en desastre, alguien lo hará de esa manera”. Es lo que hizo este 20D el pueblo español: se puso de acuerdo – nada menos que 36 millones y medio de personas - para votar de tal forma que el resultado no lo hubiera pensado mejor el diablo.

     No hay manera de hacer acuerdos, ni por derecha ni por izquierda. Y por si fuera poco, el Senado, que nunca ha servido para nada - excepto para dar una canonjía a determinados miembros de los partidos - en esta ocasión, con mayoría absoluta del PP, servirá para taponar cualquier iniciativa legislativa que le llegue del Congreso si gobernara otra opción. O sea, la segunda lectura sería una sentencia: no, no y no. Por si fuera poco, y quedara algún otro resquicio de entendimiento, sería con el consentimiento de los nacionalistas, una vez más vez, lo que aprovecharían para barrer para casa la mitad de los presupuestos y conseguir otras prebendas.

     El resultado ha sido calificado de Sodoku, y puede que se quede corto. Rajoy ganó, pero perdió 63 diputados y se quedó con 123. Victoria pírrica. Pedro Sánchez no pasó a ocupar la tercera plaza, según decían algunas encuestas, lo que le hubiera echado del circuito político, pero perdió 20 diputados y cosechó el peor resultado de la historia del PSOE. Pablo Iglesias, llamado popularmente “el coletas”,  alcanzó 69 diputados, muchos, un gran éxito, pero conseguidas tras hacer mezclas nada de fiar en el País Vasco, Cataluña o Galicia. Un barriburrillo muy peligroso. Ciudadanos tuvo un gran resultado, 40 diputados, pero les supo a poco porque las expectativas eran superiores, lo que produjo la sensación de fracaso.

   Total: que vamos a asistir los próximos meses, y tal vez años, a un espectáculo que no conducirá a nada, excepto a demostrarnos que los españoles, como dice Pérez Reverte, somos gilipollas. Al lío monumental de Cataluña, al desparrame que se fragua en Barcelona, que no lo arregla ni Prat de la Riba, Cambó y Tarradellas juntos, llega ahora esto. Barcelona, por estas fechas está, como siempre, elegante, estilosa y única. Como Madrid, universal poblachón manchego, abierto y libre. Pero los catalanes, los barceloneses, los madrileños y los españoles todos necesitamos complicarnos la vida. Sin problemas no somos felices.   

    A quien le va a ir muy bien es a los tertulianos, esa nueva casta que va de tele en tele dando opinión. El púlpito hoy está en la televisión y los predicadores son infinitos. Hay algunos, pocos, que trenzan argumentos sólidos, y hablan sobre bases asentadas en información, pero la mayoría opina como el que pasaba por allí. Pero si gritan, le quitan la palabra al otro y no dudan en apuntarse a una corriente política, tienen asegurado el futuro. Los predicadores siempre han triunfado, hasta en el desierto.

    No quiero empezar el año desde el ángulo negativo o el lloriqueo. Pero me temo que Murpfy, el rey del pesimismo, ha encontrado en España una mina.

 

 24/diciembre/jueves

 

   Día muy especial para todos los que tenemos una educación judeo cristiana. Esta noche es Nochebuena, y las familias se unen, se juntan, para celebrar una cena espacial. Es una tradición entrañable, llena de matices, de guiños, de dulces y turrones, de abrazos, de viajes, de aquí para allá, cada cual en busca de los suyos. Este año es atípico, hace calor, hasta en Burgos, como me dice un amigo con el que hablo para desearle lo mejor estos días y siempre. Es otra tradición: “amigos, como dijo Umbral, son los que te llaman por teléfono”. Me lo recuerda Alejo Villafrechós todos los años por estas fechas.

  No soy una persona especialmente entregada al mundo navideño tal y como se vive actualmente de puertas para afuera. Entre otras cosas,  porque no me gusta que estas fechas las marquen con un mes de antelación los grandes almacenes. Pero también procuro ordenar mi cabeza para que no se deje llevar por odios que no conducen a nada. Hay cosas en esta sociedad de consumo que no tienen solución. Es más: la forma de acabar con la crisis es consumiendo más. Así que, ¡ hala ¡ a gastar y a llenar la casa de cosas que no se utilizan nunca. El caso es mover la economía.

   Desde niño sí amé la Navidad. En el colegio porque los frailes nos enseñaban a ver las luces de colores, a interpretar los nacimientos o belenes y a cantar villancicos. También porque era tiempo de vacación para ir a Cañizo, que me entusiasmaba. Subía al tren en la estación de Coreses, entre fríos y nieblas, entre nieves y carámbanos, para ir a Zamora. Allí me esperaba mi padre con el que pasaba unas horas por la capital para después subir al coche de línea, el autocar que nos llevaba al pueblo. Era emocionante verse en libertad, saborear otros mundos lejos del seminario, abrazar a mi madre, a los hermanos, a los amigos.

   Aquellos tiempos, década de los sesenta del siglo XX, eran de escasez, de ahorro, de esfuerzo, de blanco y negro. Sólo la televisión nos daba alegrías, especialmente cuando jugaba el Real Madrid la Copa de Europa. Di Stéfano, Puskas y Gento forman parte de la historia de mi infancia y juventud. En casa mi madre preparaba grandes comidas, con olores y sabores únicos, además de postres suculentos, flan de huevo, arroz con leche, aceitadas y bollos. Nunca faltaba en casa nada que llevarse al estómago, tan necesitado después de meses de convento más dado a la penitencia obligatoria del licenciado Cabras de Quevedo.

    Las historias bíblicas, donde se asientan nuestras tradiciones, son realmente prodigiosas. Como una sucesión de cuentos maravillosos, entre el cielo y la tierra, nos han llenado la cabeza y el corazón. No hace falta ni siquiera creer en estas historias para amarlas. Cuando una religión predica la bondad, la generosidad, la justicia, la amistad o el amor a los demás tiene que ser admirada y querida. Entrar en precisiones teológicas ante esto no tiene sentido, está fuera de tiempo y de lugar. Tampoco se puede entrar en hacer otras valoraciones, como el papel de la Iglesia, o muchos de sus integrantes religiosos, porque eso precisa otros momentos. Sí aprovecho para ensalzar la figura del Papa Paco, un fenómeno en medio de estos mundos siniestros.

   Esta noche es Nochebuena, y mañana Navidad, como dice la letra que todos hemos cantado alguna vez. Paz para todos. Y que los buenos deseos de las gentes de buena voluntad se impongan ahora y siempre.