Domingo, 16 de diciembre de 2018

Regresa por donde viniste

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Casi todas las epístolas que llevan por remitente un niño y por destinatario a Papá Noel suelen incluir oraciones desiderativas expresadas de modo afirmativo. “Quiero una Play”, “quiero un smart phone”, “quiero la camiseta de”. Es lógico, su percepción del mundo aún es estrecha y desean ampliarla a través de nuevos dispositivos que les permitan viajar virtualmente o fetiches con los que adoptar temporalmente la personalidad de sus héroes. Consideran que su baúl aún tiene sitio para más posesiones y quieren llenarlo por el mero placer de saciar su hambre acaparador. Sin embargo, para quienes ya hemos superado, cronológicamente al menos, la infancia, para quienes observamos el mundo como una portada barroca revestida de complementos innecesarios, la carta a Papá Noel (y también la de los reyes magos, por mucho que la tradición nos parezca más de aquí) adquiere, casi sin querer, un tono más imperativo e iconoclasta.

 

Querida tradición reencarnada en instrumento para el consumo y símbolo del sedentarismo y de las aspiraciones del ser humano occidental (tener una legión de duendes obreros a tu disposición, trabajar un día y descansar el resto):

 

Termina con los corruptos. Con los de la FIFA, la UEFA, la Federación Española de Baloncesto y el resto de instituciones financiadas directa o indirectamente con dinero público. También con quienes ofrecen favores a cambio de recompensas, con quienes a sabiendas aceptan ser cómplices de estas dádivas y, especialmente, con un sistema que parece congratularse de la existencia de todos estos canallas. Resucita y habla con Joseph-Ignace Guillotin. Él te dará algunas ideas.

 

Baja de su pedestal a los ídolos de barro que hemos encumbrado para no detenernos ante nuestras miserias. Recóbrales la visión a quienes creyeron ser testigos de un nuevo advenimiento. Explícales que el hecho de que la Navidad se repita en bucle cada año astronómico no significa que tenga que nacer un nuevo hijo de Dios cada 365 días. En cualquier caso, hazles saber que si ha de existir uno, la profecía dice que no será Cristiano, que en todo caso será argentino.

 

Acaba con los tramposos, con quienes en el juego tratan de engañar, con quienes en la vida se sirven de la confianza del resto para perpetrar traiciones de todo tipo. También con quienes tanto en la vida como en el juego utilizan cartas marcadas o guardadas bajo la manga, con quienes van de farol en mesas que no son de poker. Habla de nuevo con Joseph-Ignace Guillotin.

 

Líbranos de las armaduras que nos impiden ponernos en la piel del otro, que nos alejan de sentir lo que siente, de padecer y alegrarnos con él. Déjanos ser conscientes de quiénes son los demás, de cómo viven, de cómo piensan, de por qué bailan como bailan y de por qué ríen cuando nosotros, en su lugar, apenas sí seríamos capaces de llorar. Déjanos ver más allá de las presuntas victorias que inflaman nuestro ego e impide que sobrevaloremos una derrota tildándola de definitiva.

 

Y regresa. Regresa, sí, a tu tierra natal en el sótano de un gran almacén, a ese reducto de la imaginación que convierte a los niños en insaciables receptores de regalos, en conformistas, autocomplacientes y egoístas. Porque tú, con tu sola presencia en el imaginario colectivo de una sociedad que vive al margen de las enormes desigualdades que nos empobrecen de por vida como especie, contribuyes a que el niño, futuro adulto, se eduque –y eduque a sus propios hijos el día de mañana– en lo irrenunciable de un regalo (al que no se le ha de mirar el diente), en la idolatría, en lo seductor de los atajos y las trampas y en el más puro desprecio del otro, con quien solo buscará compararse cuando esté en condiciones de aplastarlo.