Martes, 27 de octubre de 2020

Paseando con las tijeras de podar

Estos últimos días, aprovechando la llegada del invierno, ¿por dónde andará?, salgo de paseo con las tijeras de podar en el bolsillo, pues me son harto útiles por los lugares por donde voy. Sorprendentemente, por las cunetas de nuestros caminos, carreteras y vías férreas abundan los árboles frutales silvestres, imagino que fruto de semillas provenientes de los restos arrojados por las ventanillas. Así, he podado unas cuantas decenas de endrinos, cuyas bayas utilizaré el año que viene para elaborar pacharán casero; varios almendros que, con los injertos que les haré más adelante, estoy convencido producirán ricas almendras en los años venideros, al igual que he hecho con un par de manzanos, que se encontraban prácticamente secos pero que, con la limpia oportuna, estoy convencido, rebrotarán con fuerza al poder centrar su savia en las zonas más sanas. También aprovecho para, en esas zonas nitrófilas, los bordes de caminos, ir esparciendo semillas de determinadas herbáceas que tienen una marcada utilidad, sea por ser aromáticas (orégano, melissa, etc.), por ser medicinales (rompe-piedras, usada para disolver los cálculos renales o hepáticos; el té que utilizaban mis abuelos, en Arribes, muy digestivo; y algunas otras), o para elaborar productos cosméticos caseros, como en el caso de la saponaria y su posterior uso para el jabón.

Quienes me ven, tijeras en mano, me interpelan sobre qué hago y por qué lo hago. La gente se sorprende de que “trabaje” gratis en unos árboles que no son míos, en los que cualquiera puede coger sus frutos. Intentar explicar que, personalmente, me da lo mismo, que incluso me parece bien que haya más gente que lo aproveche, descoloca a la mayoría. Es más, creo que una buena idea para cualquier ayuntamiento, junto a la de los huertos compartidos o urbanos, y ya lo he comentado en alguna otra ocasión, sería la plantación de árboles frutales que pudiesen ser cuidados, y aprovechados, por los propios vecinos, que además serviría para que los niños y jóvenes aprendieran de la sabiduría de los abuelos.

Unas tijeras que no solamente utilizo para podar sino que, en ocasiones, me sirven para talar otras plantas invasoras, entre las que tengo que destacar la Hierba de la Pampa o Plumero, Cortadeira spp., y el Ailanto o Árbol del Cielo, Ailanthus altissima. La primera, proveniente de Sudamérica y muy vistosa por el plumero que le da nombre, y que es mayor en las plantas femeninas, llegó a la Península Ibérica a mediados del siglo XIX, no se sabe si traídas por los ingenieros civiles, para evitar corrimientos de tierra, si como planta ornamental traída por los indianos que regresaban al país o, de forma espontánea, gracias a los intercambios comerciales marítimos. Ahora no tiene la más mínima importancia su forma de llegada, pero sí su carácter invasor y el riesgo potencial para el mantenimiento de zonas naturales, ya que causa una gran reducción de la diversidad biológica, tanto en hábitats como en las especies, debido a que se establecen como especie dominante. También es cierto que, por mucho que corte sus tallos, las raíces permanecerán, hasta que me decida a cambiar la tijera por la azada.

Otra especie que desplaza al resto, ocupando su nicho y provocando extinciones de flora autóctona, es el mencionado Ailanto, cuyo rapidísimo crecimiento es una de sus armas de expansión. Produce toxinas alelopáticas que desplazan a la flora circundante, a lo que hay que sumar su capacidad de rebrote del pie principal, pudiendo aparecer nuevos brotes hasta una distancia de 15 metros de distancia. También conocido como “Huele mal”, por el evidente mal olor que desprende, puede producir daños donde se establecen, levantando el asfalto, socavando el alcantarillado o los cimientos de los edificios, y su hedor llega a detectarse en la miel de las abejas que polinizan sus flores.