Dios-Misericordia, Padre Pródigo (con Rembrandt y Murillo)

12376159_525943084249555_338515791153298Quizá la imagen más poderosa del Dios-Misericordia, que el Papa Francisco ha querido poner como lema de este Jubileo del 2016, es la del Padre de la Parábola… que acoge y quiere, recibe y honra al hijo que se ha ido.

Con este motivo estoy pensando en el tema de la misericordia de Dios, y busco un cuadro o pintura significativa, que recoja el motivo del perdón del padre… tal como se expresa en la parábola del “hijo pródigo” (Lc 15) y en el relato del Dios “rico en misericordia y lealtad” que es la clave de la religión judía (Ex 34, 6-7).

Quiero comentar ambos relatos (Lc 15 y Ex 34), poniendo dos imágenes famosas, de la mejor pintura del siglo XVII, que son variantes de la misma “historia”.

Una es de Rembrandt y otra de Murillo, de los dos culturas más fuertes de ese tiempo: Una en Holanda, tierra protestante, de sobriedad inmensa, de concentración en la pura fe; otra en Sevilla, centro de un catolicismo popular y fuerte, lleno de color, de variaciones populares, de inmensa riqueza cromática

La imagen de Rembrandt es bien conocida, de una concisión admirable: Con el hijo que vuelve y el padre que le abraza (bien judíos ambos…), con el hermano mayor que mira y vigila, como protestando contra lo que pasa. Es la imagen que desde un libro famoso de Nouwen ha sido aceptada por millones de católicos.

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La imagen de Murillo es a mi juicio tan importante como la de Rembrandt. Tiene un color hispano, de sol y de tierra, de gente concreta. Ciertamente el Padre es el buen judío… pero todos los demás parecen personajes de Sevilla; el otro hijo que vuelve con el ganado (y quizá con su hijo, el nieto), las mujeres y servidores de la casa… con el detalle de la ropa de fiesta y de la llave de la casa

Me gustaría que los lectores de mi blog se fijen en las imágenes (lo mismo que he pedido en mi face-book) y me indiquen los valores, convergencias y divergencias de cada una de ellas, si quieren, para evocar con su ayuda los rasgos del Dios misericordia, tal como ha sido vivido a partir de Lc 15 y Ex 34. Mi reflexión ulterior puede ayudarles. Buen día a todos.

La parábola es de Lc 15, 11-32.

El hijo menor se ha ido, ha rechazado al padre…, pero tras haber realizado y terminado su camino, perdido y roto, vuelve… No se dice si vuelve arrepentido. Pero tiene necesidad y vuelve:

Estando todavía lejos, su padre le vio y tuvo misericordia (esplagkhnisthê) y, corriendo, se echó a su cuello y le besaba. El hijo le decía: Padre he pecado contra ti... Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed su vestido primero y vestidle... porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y comenzaron a celebrarlo…

Protagonista es el padre misericordioso, que espera y acoge con fiesta al hijo pródigo, queriendo que también lo haga su hermano, de forma que convivan y compartan ambos en amor la casa, como quiere Jesús que los judíos “puros” acojan a los expulsados e impuros, separado de la alianza israelita. La parábola no dice si el hijo/hermano pródigo viene arrepentido, sino que tiene hambre. La necesidad le lleva de nuevo a la casa de su padre, no el cariño.

Vuelve por hambre, no por bondad, pero lo hace, y el padre le ama y ese amor misericordioso puede transformarle. Por su parte, el hermano mayor que protesta no es malo, pero quiere mantener el orden de la casa, según la ley normal y, por eso, para justificar su ley, rechaza la misericordia del padre, que ha dado de nuevo la casa al hijo pródigo. Estrictamente hablando, ni el pródigo es justo (es sólo un perdido en busca de comida), ni el mayor injusto (es simplemente un hombre de ley). Misericordioso y bueno es sólo el padre porque quiere que los dos hermanos vivan en perdón, juntos en la misma casa, en abundancia compartida.

Así termina el texto, dejando el tema abierto: no sabemos si el mayor entrará en la casa, que el padre ha vuelto a dar al pródigo, ni si el pródigo se dejará transformar, ni si entrará el mayor en casa… El final depende de los oyentes/lectores, que deben responder y completar lo planteado por Jesús: ¿Acogerá el mayor al pródigo? ¿Podrán convivir en una casa?

Esas preguntas nos sitúan en el interior del evangelio y de la vida de la Iglesia, de manera que nosotros mismos debemos responder a la parábola, introduciéndonos en ella.

De un modo normal, la catequesis ha utilizado esta parábola con fines pedagógicos: para que los pródigos se conviertan y los mayores les acepten en casa. De todas formas, la parábola no exige, en principio, que el menor se convierta; sólo dice que vuelve y que el padre le recibe gozoso, sin exigirle conversión ni imponerle obligación alguna. De esa manera, ella, la parábola nos deja ante el hermano mayor, que corre el riesgo de quedarse aislado, fuera de la Casa de Misericordia y del amor del padre (y de la compañía de su hermano), porque el padre no puede (no quiere) volverse atrás.

Así acaba sin acabar este relato de la Misericordia Pródiga del padre que quiere a los dos hijos en casa, a cada uno a su manera. Por eso acoge al pródigo, y luego sale a la puerta y se pone a conversar con el mayor, escuchando sus reclamaciones y procurando convencerle: ¡Recibamos a tu hermano…! El milagro parábola no consiste en el arrepentimiento del menor, sino en la ternura del Padre, que le perdona y acoge otra vez en su casa, para empezar de nuevo su historia de amor.

Los cuatro nombres del Dios Padre de la misericordia en Ex 34

La parábola de Lucas retoma el motivo básico de Ex 34, 6-7 que es la carta magna de la misericordia de Dios, que responde con amor al pecado de los hombres, a quienes ofrece perdón, para que ellos (pecadores perdonados) puedan así superar su camino anterior de idolatría (adoración del Becerro de Oro), iniciando así un camino de humanidad que responda a la misericordia.

Esta escena, con su definición de Dios Misericordia, está precedida por el gran pecado de los israelitas, que habían rechazado la alianza de Dios y adorado al Becerro. Como mediador fracasado de la alianza, Moisés bajó del monte con las tablas de piedra de la ley de Dios, que los israelitas han negado y roto, construyendo el Becerro. Moisés tiene que romperlas (Ex 32, 15-20), pues todo ha terminado. Pero luego, movido por Dios, le invoca de nuevo (cf. Ex 33), y Dios le llama volviendo a empezar, con misericordia.

Ésta es una escena que recoge de forma simbólica, desde la tradición más antigua del encuentro con Dios en el Monte Sinaí (siglos XIII-XI a.C.), la historia real de la ruptura y renovación de la alianza que ha definido para siempre la identidad del pueblo de Dios en el tiempo de la caída de los reinos y el exilio, con la restauración de Jerusalén ( siglos VIII-V a.C.). Según ley, Dios debía haber abandonado al pueblo, pero su misericordia es mayor que la ley y ha perdonado. Por eso, Moisés subió de nuevo (Ex 34, 1-4), y Dios bajó a su encuentro como misericordia y ambos dialogaron, sin rayos ni truenos (cf. Ex 19):

Moisés labró unas tablas de piedra…y subió al amanecer al Monte Sinaí... Yahvé bajó en la nube y se quedó con Moisés y proclamó el nombre de Yahvé. Y Yahvé pasó ante él diciendo: ¡Yahvé, Yahvé, Dios entrañable (rehem) y de gracia (hannun), lento a la ira y rico en lealtad (hesed) y verdad (‘emunah), leal hasta la milésima generación; que perdona culpa, delito y pecado, pero no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación! (Ex 34, 4-7).

Dios revela su verdad, con cuatro nombres de la misericordia. Por eso, lo primero no son las “obras de misericordia” de los hombres (envueltos en su pecado: Becerro de oro, injusticia), sino la misericordia más alta de Dios que perdona, diciendo que es Amor entrañable (rahum), lleno de Gracia (hannun), es rico en Lealtad y Verdad (hesed, ´emet). Éstas son sus cuatro palabras (que el Papa Juan Pablo II explicó en encíclica Dives in Misericordia, nota 52), y en ellas se define como Dios de misericordia, perdonando a los hombres para que ellos puedan perdonarse:

1. Dios es Rahum (rehem), entrañable amor. Esa palabra, vinculada al vientre materno, expresa el cuidado de una madre por aquellos que brotan de su entraña y necesitan su cuidado, evocando así la más honda experiencia de Dios en la Biblia. Pero, significativamente, tanto Lc 15 como Ex 34 ponen como signo a un madre misericordioso, un padre-entrañable. Los idiomas semitas (hebreo, arameo, árabe) vinculan la misericordia con el vientre materno (el origen y cuidado de la vida), mientras los latinos la vinculan con el corazón (cor) que se apiada de los miserables (miseri).

2. Dios es Hannun (hen), amor gratuito, de la raíz hebrea hanan, que significa graia. Sólo Dios es pleno Hannun, gratuidad suprema que nace de las misericordia, aunque los hombres pueden responder y actuar también gratuitamente y acogen y siguen la palaba Dios. Así aparece la experiencia más honda del Dios que agracia a los hombres, se agrada en ellos y les mira no sólo con simpatía, sino con felicidad, a pesar de su pecado. Dios es también piedad, pero la piedad parece un gesto de compasión reactiva, mientras que el amor-hen conserva un elemento original de complacencia y gozo de Dios, que ama porque quiere, porque es simplemente amor.

3. Dios es Hesed, fiel a su alianza de amor, a su paternidad, una palabra incluye también cercanía y ayuda entrañable y gratuita, como en los casos anteriores, pero añade un matiz importante de lealtad o fidelidad a la alianza, es decir, a la vida. El hijo pródigo ha roto la alianza con el padre y se ha ido… Pero el padre no la roto, no la ha olvidado. Por eso ama a hijo, a pesar de que se ha dedicado al Becerro de Oro, que es dinero, es fuerza, es sexo sin amor. Lógicamente, Dios debía responder rompiendo su pacto y rechazando al pueblo en manos de su propia destrucción; pero Dios no ha cumplido su deber en ese plano, sino que ha sido fiel a su alianza originaria. Según eso, hesed significa no sólo lealtad sino también “perdón”, por encima de toda ley. La riqueza o capital de Dios, aquello que le hace Rab (como a los rabís, rabinos) es su lealtad, ser fiel a su alianza de amor.

4. Dios es ‘Emet, verdadero. El último rasgo de este Dios es su verdad, que no es simple veracidad, ni descubrimiento de algún misterio oculto, sino firmeza, esto es, cumplimiento de la palabra dada. La verdad es pues confianza plena, no vacilar de un lado para otro, como ramas movidas por el viento, o piedras arrojadas al camino, es mantener la fidelidad (ser fiables), respondiendo así a la llamada de Dios, que es en hebreo ‘emunah, fidelidad eterna.

Aunque los hombres pueden haber sido in-fieles, es decir, falsos, Dios es fiel, y los hombres pueden confiar en él, respondiendo “amén” (así es, así sea). Esta fidelidad de Dios define y fundamenta la vida de los hombres que pueden y deben ser fieles entre sí, relacionándose con entrañas de amor, con obras de misericordia (es decir, de verdad y fidelidad, de auténtica justicia) como iremos viendo en todo lo que sigue. La fidelidad de Dios aparece así, por tanto, como principio y fundamento de fidelidad entre los hombres y mujeres, que han de mantener el compromiso que ellos han contraído con Dios y con los restantes hombres.

Gracias por haberme seguido hasta aquí, los que me habéis seguido ¿Quiere alguno comentar el tema partiendo de los dos cuadros, uno holandés, otro hispano, que expresan de un modo magistral el tema de Lc 15, y la teología de Ex 34? Gracias.