Ha muerto un gato

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Se llamaba Swann. Su nombre se lo puso mi hermano, poeta y amante de Marcel Proust en recuerdo de su “En busca del tiempo perdido”. Mi hermano se lo encontró en la calle maltrecho y famélico y lo acogió en su casa durante varios meses, lo cuidó, lo alimentó y le dio mucho cariño. Swann se lo devolvió con creces. Los animales son más generosos que los seres humanos, devuelven lo que les das generosamente. Hubo un momento en que creí que mi hermano, convertido en el ángel de la guarda de Swann, iba a quedárselo para siempre y que el gato de la calle se iba a convertir en gato doméstico, pero pronto se dio cuenta de que, al pasar el invierno y llegar la primavera, echaba de menos la libertad, y con tristeza pero consciente de que ir contra la naturaleza es querer poco y mal, lo dejó ir.

De vez en cuando Swann volvía a la puerta de la casa de mi hermano, maullaba un rato y mi hermano le abría su casa, pero no quería entrar, tenía hambre y solo buscaba un poco de comida, a lo que respondía mi hermano poniéndole en la calle una lata de atún que se zampaba alegre y bulliciosamente. Porque este era un gato simpático, que caía bien a todo el mundo, pequeñito y bullanguero. En el pueblo, quien más quien menos le había atendido ocasionalmente. Pero él  sabía que su casa era la de mi hermano, quien nunca le cerraba su puerta.

En el último mes lo vio de lejos apagarse, había enfermado y sus andares ya no eran rápidos sino cansinos. La noche anterior a su muerte, desesperadamente maulló ante la casa de mi hermano, quien le abrió la puerta, y durmió en ella. Al día siguiente murió. Sé que mi hermano es feliz de que sus últimas horas vivo las pasara junto a él, pero le he visto sufrir, sentir que su animal amigo le había dejado un hueco difícil de llenar, le he visto al borde de las lágrimas, lo que por otro lado no me extraña pues mi hermano es un ser sensible y cariñoso.

Yo vi por primera vez en mi vida a Swann la pasada semana, lo conocía por referencias y por fotos, como la que encabeza  este artículo. Lo acaricié sin saber que le quedaban escasos días de vida y me pareció guapo y simpático. Yo no sé si hay un cielo para los animales, pero de existir estoy seguro de que Swann ocupará un lugar preferente.

Marta FERREIRA