Martes, 23 de octubre de 2018

Una feliz "noticia"

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Estoy seguro de que usted, al igual que quien escribe esta modesta columna, no aspira a salir en el periódico por haber sacado la basura o por haber saludado amablemente al vecino, por inusual que resulte esta conducta en nuestros días. Estoy seguro de que para aparecer en el diario de su localidad, aunque sea en su versión digital, sabe que debe acudir a eventos señalados, colocarse cerca de “personalidades” de la villa o estrellar su coche contra una rotonda.

 

Y es que por noticia, si hacemos caso al diccionario de la RAE, debemos entender una información sobre algo que se considera interesante divulgar y, por interesante, algo que interesa o que es digno de interés. Pero igual que la RAE se salta a la torera aquella máxima colegial que decía que la definición no debe contener el objeto definido, la prensa ha considerado interesante rescatar las palabras de Aitor Cebrián Montiel, entrenador de un equipo benjamín que alertó a sus jugadores de su superioridad, indicándoles que se abstuvieran de celebrar los goles, de presionar arriba,… Todo en aras del respeto al oponente, más aún cuando este se hallaba compuesto por chicos de siete y ocho años manteniendo uno de sus primeros contactos con el deporte.

 

Todo mi reconocimiento para Aitor Cebrián y para su concepción y filosofía del juego. Supongo que el 11-0 que le endosaron al equipo contrario fue el menor resultado que pudieron cosechar sin que que el intento de evitar la humillación del rival derivara en el ridículo de tener que echar los balones fuera a puerta vacía, lo que, por otra parte, no hubiera sido precisamente respetuoso. Como él mismo reconoce en algunas declaraciones que he podido escuchar, se trató de una mezcla de sentido común y empatía, de un ejercicio de memoria a fin de cuentas, porque de pequeños todos pudimos sufrir o ser testigos directos de una de estas palizas.

 

Lo que yo discuto, y el propio Aitor lo hace cuando se siente abrumado ante tanta repercusión, es que un acto de estas características deba ser noticia. Más aún cuando la relevancia le ha sido otorgada por su carácter raro o extravagante, por ser un hecho digno de admiración en cuanto que suceso improbable. Pero puestos a ponernos en el lugar del otro, y aun partiendo de la base de que la actuación de Aitor es solo una más de las muchas que se suceden en los campos y canchas cada fin de semana, quiero entender a la prensa. Y es que tras años publicando bazofia sobre deportistas que solo entienden de ganar dinero, novias, popularidad y –con suerte– partidos (no es que no haya deportistas humildes, es que de ellos no se habla), tras décadas haciéndose eco de las miserias del profesionalismo, es lógico que quieran abrir las ventanas –y aliviarse así del hedor que ellos mismos generan–, alzándose en portavoces de un hecho tan corriente, tal vez, pero tan bello y digno de elogio como el de Aitor, un joven investido de empatía y sentido común, un chico que entiende el deporte como lo que, en el fondo, nunca dejó de ser; un chico que después del partido de "sus" niños sacó la basura y saludó con una sonrisa en el rostro al vecino que lo felicitaba por una nueva victoria.