Sábado, 15 de junio de 2019

El mal del resentimiento

5/diciembre/sábado

  

   A veces los días y las noches se juntan sin que uno pueda ponerse a escribir cuatro palabras. Una cena por aquí, un viaje por allá, un estar pero no ser. Cuando regresé de Barcelona, todo era muy distinto. La gran ciudad transforma lo cotidiano en algo excepcional. Sólo la vuelta en tren me concentró. Fue la lectura de un libro excepcional: “Tiberio, historia de un resentimiento”. De Gregorio Marañón. Primera edición de 1939. La que yo leí, la IX, de 1963. Un clásico, vamos. Me lo recomendó muchas veces mi suegro, Paco Olías. Él lo había tenido en su biblioteca, pero nunca lo encontró para prestármelo. Ya se sabe, hay dos tipos de gilipollas, los que prestan un libro, y los que lo devuelven. Siempre me aconsejó que no dejara de leerlo. Por eso fueron infinitas las librerías de viejo en las que lo busqué, en Barcelona, en Valladolid, en Madrid.

   Un buen día pasé por la Cuesta Moyano madrileña y le dije a un viejo librero si lo tenía. Se lo pregunté por preguntárselo; no tenía ninguna confianza. Pero, ¡ oh sorpresa!,  casi sin moverse lo sacó de entre un montón de libros. Lo acabo de terminar y es cierto que merecía la pena. Tiberio no fue un emperador romano más; fue el que sucedió al gran Augusto y el que dejó en herencia al demente Calígula. La cara y la cruz, siendo el mismo Tiberio otra cruz. Sobre todo por la que hizo para crucificar a Jesucristo. Bajo su imperio vivió y murió Jesucristo. El mismo mandó a Judea a Herodes Agripa de gobernador. Pero Tiberio, después de casi 23 años de “reinado” murió sin saber con quién se había cruzado en su vida. Sólo por eso merecería la pena conocer la vida de este hombre, venerado como dios, porque así se consideraba entonces a los emperadores romanos.

   Tiberio ha servido a muchos escritores de todo el mundo para hacer un estudio de la complejidad humana. Entre ellos al doctor Gregorio Marañón, que fue quien escribió este libro extraordinario que nos acerca a una emoción llamada resentimiento, muy habitual en nuestras vidas, pero que no siempre logramos distinguir o clasificar. Baste decir que el resentimiento es peor que todos los pecados capitales, más que la ira o la soberbia, a decir de Unamuno, pero que quien lo incuba se convierte en un ser tremendamente peligroso.

    Fue el caso de Tiberio, hombre cruel, anormal, desconcertante. Llegó a ser emperador gracias a su madre, Livia, pero a la que nunca perdonó que abandonara a su padre para casarse con Augusto. Eso le metió en el cuerpo un resentimiento que hizo de él un emperador capaz de convertir su reinado en “un terror resentido mantenido por la delación”. Roma se convirtió en una mafia adelantada y en el avance de un sucedáneo de la posterior “inquisición”. Tiberio no fue al entierro de su madre, mató vilmente al hombre de su confianza, Sejano, y a toda su familia, e hizo del final de su imperio algo más que un infierno. Como estaba prohibido  matar a una mujer virgen, Tiberio mandó a los verdugos que primero violaran a las hijas de Sejano, aún niñas. Todo por resentimiento, que era de lo que estaba tarado.

    Su historia me ha recordado lo que un día me dijo un viejo amigo hablando de una persona conocida: ¿ “Qué favor le habré yo hecho a este para que hable mal de mi?” Y es cierto: el resentido considera que el “agradecimiento es una penosa virtud”. Es más, “nada hiere al resentido tanto como el favor que recibe de las personas que no ama”. Así que a tener cuidado a quien se le hace un favor, que puede ser peor que una ofensa. No debe extrañar que el pueblo gritara “¡Tiberio, al Tíber! Tiberio, al Tíber!”. Que era donde terminaban todos, antes o después, en aquella Roma imperial.

   Conocer la condición humana es un ejercicio imposible, pero necesario. Este libro es un ejemplo aproximado de lo complejos que somos.

 

6/diciembre/martes

 

    Día de fiesta. De la carta Carta Magna, ahora en entredicho. El referendum de la Constitución de 1978 fue tal día como hoy. Voy a Cañizo a cortar leña y comer con Pedro Lomba y Celedonio Villamayor. El monte El Raso luce encinas frondosas, cada vez más, y más altas, y más robustas, fruto de la protección ambiental. Sólo durante unos meses, y con unas condiciones especiales, está permitido cortar las encinas, las que con el vuelo de sus ramas se meten en las tierras de cultivo.

    Pero el día es triste, sombrío, apagado. La niebla puede con todo. El sol no es capaz de romper. No se ve a más de quince metros. Mis amigos cortan leña con sus motosierras y yo me encargo de confeccionar haces con las ramas menudas llenas de hojarasca, lo que servirá para encender de forma fogosa el fuego de la bodega cuando se seque.  

     Veo tres perdices apeonando en medio del camino, resueltas, confiadas, sin miedo al coche. Cuando me acerco, sin embargo, levantan el vuelo con su aleteo vigoroso, de vuelo bajo, ruidosas. Se alejan a penas trescientos metros. El Raso es un pequeño ecosistema donde vuelan majestuosas las águilas, las impertinentes pegas, algunos altardones plomizos y lentos en alzar vuelo. Es fácil levantar una liebre de la cama, o ver ligero a un conejo montaraz en busca de la hura entre los linderotes de piedras. Canto rodado, de grandes dimensiones, muestra inequívoca de que por aquí hace millones de años pasó un río. Paso por debajo de unas líneas de alta tensión que cruza el paisaje llevando electricidad desde los saltos del Duero y el Esla a Barcelona, a Zaragoza y a Madrid.

     En estas tierras sobra el agua y la energía, pero no hay vida, al margen de las aves, los jabalíes o los lobos, que también se esconden en estos parajes de soledad. Se la llevan a otras regiones y comarcas, con más industria, con más porvenir. Aquí la fuerza motriz que da la naturaleza la vemos pasar. Esto es España, desconocedora entre sus tierras, de otras realidades. Aquí con conformamos con la conversación de cuatro amigos, el alzar la bota o el porrón de vino y asar unos chorizos a la brasa. Ni si quiera tenemos ánimos para criticar a los políticos, tan cansados estamos de saber que nunca perderán su tiempo aquí, tierra escasa de votos. Y eso que estamos en plena campaña electoral. El 20D habrá nuevas caras en las Cortes. El popular Rajoy, el ciudadano Rivera, el socialista Sánchez y el izquierdista Iglesias forman el póker de ases. Antiguos y renovados esquemas. Las encuestas, a cientos, ya han dicho los resultados, y parece que el orden de arriba abajo es el expuesto.

    Habrá que esperar la hora de la verdad. Las encuestas son indicativas y también tendenciosas; pretenden en casi todos los casos incidir en la voluntad del votante, que se deja influir por el caballo ganador. A los que pueden perder se les une la miseria. Las encuestas pocas veces aciertan, pero en esta ocasión aún pueden estar más alejadas de los resultados reales porque hay un 40% de indecisos. Eso es lo único que mantiene la emoción ante el recuento final. Los gurús demoscópicos si no se acercan siquiera al resultado final suelen echar la culpa a Juan Pandero; ellos jamás  se equivocan, se la echan a los votantes, que no les hicieron caso.

     Llenamos el remolque y la niebla no ha despejado. Recordamos lo que hacíamos tal día como hoy hace treinta y siete años. Servidor ejerciendo de sargento en la Carballeda zamorana vigilando las líneas eléctricas no fueran objetivo de un atentado terrorista de ETA. Tiempo ido, infravalorado, casi despreciado. En la mili éramos, simplemente, números, sólo números.

     Nos vamos. Tranquilos, despacio, por el camino de San Pedro. Cañizo al fondo. Cruzamos el puente sobre el Valderaduey y llegamos a la bodega. Por una zarcera metemos la leña. Que ahora tendrá que reposar, secarse y esperar el fuego purificador que dé calor a los amigos que aquí quieran encontrarse con la conversación y el abrazo.    

 

10/diciembre/jueves

 

    Valladolid vuelve a amanecer de niebla, su estado natural cuando en los días de invierno el sol, lejano, no tiene fuerza para abrirse paso y tocar la tierra. Recuerdo que el primer año que viví en Valladolid, en 1984, hubo 40 días seguidos de niebla. Me preguntaba qué donde me había metido, pero el caso es que a todo se acostumbra uno. Desde entonces todos los años en invierno ha habido niebla, pero no tantos días.

    Sólo de década en década suele castigarnos un invierno neblinoso, constante, apagado, que no nos deja ver el sol en varias semanas. La niebla, fría y llorosa, cala en los huesos, pero se combate con buena ropa de abrigo. Eso no es problema. Sí lo es cuando tenemos que conducir el coche. Entonces la niebla se convierte en un peligro, peor que el hielo, la lluvia y la nieve. Yo le tengo más grima. Por estas tierras, de Valladolid a Madrid, de Madrid a Valladolid, de Valladolid a Zamora, a Salamanca o a Burgos he hecho muchos viajes con niebla y siempre con tanta prudencia como miedo. La niebla de día, cuando es cerrada, es muy molesta para conducir, generadora de inseguridad, pero si es de noche parece como si un telón negro fuera cayendo a un metro de distancia de los faros del coche.

[Img #501694]     En Castilla y León, y en toda la España de niebla, ha habido muchos accidentes terribles, de coches y de autocares, y en más de una ocasión elaboré como periodistas informaciones para los Telediarios de TVE de estas noticias dolorosas. En La década de los 80 a la carretera entre Salamanca y Valladolid se le llamaba “de la muerte”, y con razón, pues hubo tres accidentes de autocar con un gran número de muertos y heridos, alguno de ellos propiciado por la falta de visibilidad causada por la niebla. Al caos inicial propiciado por la terrible circunstancia, y desconcierto general, se unía el temor a otros impactos porque la niebla seguía allí, agotadora, generando un escenario de muerte y crueldad.

     Me lleva también la niebla a pensar en las imágenes de las películas y series de televisión inglesas, basadas en relatos y novelas donde abundan los crímenes en serie en las calles angostas, de Londres, todo envuelto en una niebla misteriosa, desconcertante, que esconde siempre al asesino. La niebla me lleva también a Zamora, a mi juventud, cuando a orillas del Duero jugaba al fútbol y el balón, enviado por el compañero, había que intuirlo llegar, más que verlo; o a Toledo, junto al Tajo, donde hice muchas guardias como soldado de aquella mili obligatoria. El frío penetrante de aquellas nieblas me ha dejado heridas en forma de reumas, o algo que se parece. La niebla, cuando se padece de forma prolongada, siempre deja huella. Su color entre grisáceo y blanquecino, su aspecto corpóreo, su materia escurridiza, su ser y no ser, el poderla ver y no tocar, es la esencia de un hecho meteorológico siempre inquietante.   

    El invierno es crudo en Castilla y León. La gran meseta es un campo fácil para los vientos fríos que llegan de las montañas de del norte, las estribaciones de los Picos de Europa, Montes de León, Montaña Palentina, o sierras  zamoranas, como la Segundera, o del noreste burgalés, o sureste, Sierra de la Demanda, del este soriano, Moncayo, Picos de Urbión,  o del sur, Segovia, Ávila, Somosierra, Navacerrada, o suroeste, Salamanca, Sierras de Béjar y Francia.

     Pero ese mismo invierno, adobado por la niebla, es mucho más desangelado, como un carámbano. Es entonces cuando se impone sentarse a la lumbre, a la chimenea, al fuego, a la espera de tiempos mejores, que siempre llegan. Alguna mirada a la ventana por ver si despeja, conversaciones de amigos, charlas familiares, algún libro en la mano, y a esperar.

    La niebla la tengo clavada como una película incómoda, inevitable, perenne, en la retina. Sólo para mi adquiere otra dimensión, más alegre, más lúdica, de noche, en la ciudad, cuando los neones de los comercios, o las farolas de las calles y plazas proyectan su luz, blanca, roja, amarilla, naranja o azul, y se encuentran con la niebla. Entonces se produce un efecto de encuentro, de matiz. Se ondula la atmósfera mientras al fondo, a lo alto, en el cielo, se ve todo negro. La niebla y la luz forman una unidad cambiante, llena de vida, como si la mano del hombre lo hubiera hecho a propósito.

    Muy diferente es la niebla, cerrada, sobre esos pueblos pequeños de Castilla y León, esos pueblos de adobe y ladrillo de Tierra de Campos. Se forma como una bolsa cuando llegas por las pequeñas carreteras a estos núcleos que sobremueren. Parecen pueblos fantasmas, inexistentes. Es un paisaje tétrico, inerte, como de muerte en vida. Cruzas con el coche esos pueblos y sólo descubres silencio, soledad, vacío. Ninguna persona sale, o entra, de las casas. Nadie. Sólo la niebla acompaña las luces de las farolas que sirven para alumbrar una vida pretendida, unas vidas, pocas, reales, que están en el interior, entre las paredes. En la calle, niebla, sólo la niebla.