Juan Bautista, hombre de Adviento

san%2Bjuan%2Bbautista%2Bel%2Bgreco.bmp&uDom 3 Adviento. Lucas 3, 10-18.

 

La liturgia de este domingo sigue insistiendo en la figura y mensaje de Juan Bautista, y aprovecho la ocasión para ofrecer una visión de conjunto de su vida y obra, conforme al testimonio de las fuentes antiguas (Flavio Josefo, Q, Sinópticos), dejando a un lado la tradición del Cuarto Evangelio y de la literatura posterior.

El trabajo puede parecer algo erudito y está pensado para la discusión y estudio, pero pienso que algunos lectores del blog podrán encontrarlo valioso para entender mejor el sentido de Juan en el comienzo del mensaje y de la vida de Jesús, en este tiempo en el que siguen escuchándose anuncios de juicio.

En el centro del Adviento la Iglesia ha colocado al “precursor” de Jesús, como un vigía, una voz de aviso. Hubiera sido difícil encontrar un personaje más significativo, más actual.

He presentado parte de este material en otros lugares, y en parte en este mismo blog. He vuelto a fijarlo, de un modo más organizado en el Gran Diccionario de la Biblia, donde podrá encontrarlo quien lo busque. Pero he pensado que algunos lectores agradecerán la visión de conjunto que sigue. Mañana o pasado comentaré en concreto el evangelio del domingo, con la propuesta económica de Juan Bautista, conforme al evangelio de Lucas.

Marcos. Juan y su gente (Mc 1, 1-8).

gran-diccionario-de-la-biblia.jpg
Del origen de Juan Bautista no sabemos mucho, pues los datos sobre su familia y nacimiento que ofrece Lucas (Lc 1) son más teológicos que históricos, aunque al fondo puede haber algunos elementos fiables. Según ellos, Juan pertenecía a una familia levítica del entorno de Jerusalén y se educó en el “desierto”, como los esenios de Qumrán (aunque quizá no con ellos).

De todas formas, parece que, por su origen, era un sacerdote, preocupado por el pecado y la pureza, no un “hijo de David” como Jesús, pero abandonó su posible función laboral y/o cultual para hacerse profeta. No aceptó el dominio de la ciudad sagrada (Jerusalén) sobre el campo, ni admitió la autoridad del templo; por eso volvió a los principios de la historia de Israel, en el desierto, para anunciar el juicio .En esa se sitúa el texto básico Marcos:

Comienzo del evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios. Según está escrito en el profeta Isaías, “mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino, voz del que grita en el desierto: (Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos!” surgió en el desierto Juan el Bautista, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él y, después de reconocer sus pecados, Juan los bautizaba en el río Jordán… Esto era lo que proclamaba: “Detrás de mí viene el que es Más Fuerte que yo. Yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo (Mc 1, 1.5.7-8).

Marcos mira a Juan desde una perspectiva cristiana y le interpreta como principio del evangelio. Eso significa que, a su juicio, el mensaje de Jesús no provenía de los sacerdotes levitas, encargados de mantener la sacralidad del templo; por eso, él no irá a Jerusalén para recibir instrucciones. Jesús tampoco se sitúa en la línea de los escribas oficiales, que frecuentan las escuelas más o menos oficiales y definen lo puro y lo manchado (cf. Mc 6, 1-6; Mc 7, 1-3), ni se apoya en las tradiciones de heroísmo nacional guerrero, simbolizadas por los antiguos macabeos o los nuevos celosos. Jesús quiso aprender con el mensaje y proyecto del Bautista.

Notas esenciales de Juan, según Marcos

El Juan Bautista de Marcos está al servicio de Jesús, pero muestra unos rasgos que son específicamente suyos (de Juan) y que le definen como uno de los profetas apocalípticos que abundaron en su tiempo. Éstos son sus rasgos básicos, que no han sido ni pueden ser cristianizados en la línea posterior de la Iglesia.

1. La alternativa del desierto.

Jesús iniciará su camino en Galilea (Mc 1, 14), para culminarlo en Jerusalén. Juan, en cambio, ha quedado en el desierto hasta el final (hasta que le prenda el rey Herodes Antipas; cf. Mc 1, 14), sin cruzar el Jordán ni entrar en la tierra prometida, en la situación de los israelitas anteriores a Josué. Desde ese fondo rechaza las estructuras sociales y las instituciones sacrales de los judíos instalados ya en la tierra. Su estilo de vida es signo de condena para los sacerdotes y los ricos. Por eso vuelve al principio de la historia israelita (trazada en los libros que van del Éxodo al Deuteronomio), reuniendo a unos discípulos en el desierto y preparar la llegada del juicio de Dios, que les permitirá entrar en la tierra prometida.

2. Un río de frontera.

Allí donde acaba el desierto discurre el Jordán y aquellos que lo crucen de verdad (como hicieron antaño Josué y los suyos; cf. Jos 1-4) recibirán la herencia de la tierra prometida. A la vera del río habita Juan, preparándose para pasar a la tierra y recibir el don de Dios (Mc 1, 5). En su entorno se forma una “iglesia” de entusiastas escatológicos, atentos al primer “movimiento” del agua (cf. Jn 5, 3-4) para atravesar el río y entrar en la tierra prometida. Juan no lo hará, pues le matarán antes de cruzarlo. Jesús lo cruzará para iniciar la tarea del Reino en Galilea.

3. Vestido de profeta.

Juan y sus discípulos se cubren con pelo de camello y cinturón de cuero (Mc 1, 6). Así recuerdan a Elías, profeta ejemplar (a quien seguirá recordando Jesús), anunciador del juicio de Dios sobre el Carmelo (cf. 1 Rey 18). Estas vestiduras son signo de austeridad profética y de vida de desierto (antes de entrar en la tierra cultivada). Pero el camello no es sólo señal de austeridad sino de impureza (cf. Lev 11, 4). Así cubierto, Juan protesta contra las normas de los "miembros puros" de Qumrán o del farisaísmo. Jesús seguirá en esa línea de protesta, pero en Galilea, acogiendo y ayudando de un modo especial a los impuros.

4. Comida: saltamontes y miel silvestre (Mc 1, 6).

Parece evocar un ideal de vuelta a la naturaleza, antes que los hebreos entraran en la tierra prometida (alimentos sin preparar, no sujetos a las leyes del mercado). Juan y sus discípulos forman, por su comida y vestido, una comunidad contra-cultural y anti-cultual (no compran en el mercado; no acuden al templo, ni acatan las normas de pureza de puro y/o de qumranitas). Ellos son unos “transgresores” (la miel silvestre era impura, por contener restos de mosquitos e insectos. En esa línea avanzará Jesús, pero no comiendo de desierto, sino compartiendo la comida con impuros y expulsados.

5. Conversión y bautismo.

El Más Fuerte. La vida penitencial, que culmina y se expresa en el bautismo, ofrece a los discípulos de Juan la mayor esperanza: pasarán el Jordán y entrarán, de manera liberada, en la tierra prometida. El texto acentúa la función de Juan (¡yo os bautizo...!: Mc 1, 8), el contexto destaca su personalidad: ha convocado un grupo de seguidores, llevándoles al desierto y bautizándoles en el río de las promesas, con la certeza de que viene el Más Fuerte, es decir, el mismo Dios (o su delegado final, en línea mesiánica).

6. El río y lo de más allá.

Juan es profeta del río. Permanece al otro lado, llega hasta el agua e introduce a los creyentes (convertidos) en sus aguas de juicio y esperanza. Pero no se atreve a forzar el río e ir más allá, porque sólo Dios puede “dividir de verdad las aguas”, a fin de que los liberados pasen al otro lado, con la colaboración del Más Fuerte. En el fondo de su gesto hallamos la “esperanza de Josué”: cuando las aguas se abrieron y los israelitas pasaron a la tierra prometida (cf. Jos 5. Esa esperanza de que las aguas del río se mueran está al fondo. Jn 5, 1-15). Sólo Dios o su delegado mesiánico puede “abrir el agua”, para que crucemos de la orilla del desierto a la tierra prometida. Pues bien, Jesús dirá que Dios ya ha llegado, y pasará el Jordán para realizar los signos del Reino en Galilea .

Juan eleva así protesta contra el judaísmo más oficial de su tiempo, esperando el signo de Dios para cruzar el Jordán e iniciar una vida nueva en la tierra prometida. Ciertamente, el Bautista aguarda el juicio de Dios, pero ése no es un juicio final/final de destrucción del mundo, sino un juicio histórico/escatológico.

Los discípulos de Juan no fueron penitentes puros, sino hombres y mujeres de esperanza, animados por la exigencia de conversión y la certeza de que Dios les abrirá las puertas de la tierra prometida. Así se situaron, a la orilla del Jordán, en la orilla del desierto de las promesas y los nuevos comienzos, dispuestos a escuchar la voz de Dios y ponerse en pie para cruzar el río y llegar a la orilla de la libertad. No necesitan programar lo que vendrá después: será Dios quien hablará, actuará el Más Fuerte. Entre los que esperaron que se abriera el río y llegara el Más Fuerte estuvo por un tiempo Jesús Galileo.

Juan y Bano, dos bautistas. Marcos y Flavio Josefo

Marcos y los restantes evangelios saben que Juan ha reunido a muchos hombres y mujeres de Judea y Jerusalén, que se convierten y bautizan (Mc 1, 4-5), y sabe también que ha tenido discípulos más íntimos, que le han seguido fielmente (cf. Mc 2, 18) y que han recogido y enterrado su cuerpo, decapitado por Herodes (6, 29). Es muy posible que conozcan otros detalles de la doctrina y la vida de Juan (cf. Mt 3, 1-12; Lc 3, 1-9; Jn 1, 19-28 etc.), pero sólo han destacado sus relaciones con Jesús y en ese contexto hemos podido hablar de las gentes del Bautista.

Aquí podemos citar el testimonio de F. Josefo, cuando, hablando de sí mismo, dice que quiso aprender las filosofías o escuelas de su pueblo (fariseos, saduceos y esenios) para ir después con Bano, de quien ofrece unos rasgos que le acercan a Juan:

Bano y Juan rechazaban la cultura dominante (con su estructura social y sus comidas), no para negar la historia israelita sino, al contrario, para recuperarla de base. Ni Bano ni Juan fueron hombres de comunidad y comida, de libro y rito, como los esenios (de Qumrán), sino portadores de una fuerte protesta social, sacral y alimenticia, vinculada al desierto y al bautismo. Éstos son sus rasgos distintivos (que completan lo que ya hemos visto al hablar de las gentes de Juan):

1. Juan y Bano son hombres desierto,
lugar que evoca una vuelta a la naturaleza (un rechazo a la cultura del poder, de las ciudades y tierras cultivadas), pero también un retorno al principio de la historia bíblica, cuando los hebreos caminaban buscando la tierra prometida, que aún no habían encontrado (tema de los libros del Éxodo, Números, Deuteronomio y Josué). En una línea convergente se sitúan los esenios de Qumrán cuando dicen que se han retirado al desierto «para preparar el camino del Señor» (cf. 1QS 8, 14; 9, 19-20; así asumen, con Mc 1, 2-3, el texto de Is 40, 3 LXX). Pero el desierto de los esenios es lugar de estudio (Ley) y celebración (pan y vino), mientras que el de Bano y Juan implica vuelta a la naturaleza (aunque el de Juan es también camino que lleva a la tierra prometida). En una línea distinta, pero muy importante, Flavio Josefo lo entenderá también como morada preferida de bandidos, asociales y/o rebeldes contra Roma (como muestra en el libro de la Guerra).También Jesús vivió con Juan la experiencia del desierto, que la tradición cristiana vincula después con su tiempo de prueba o tentaciones (cf. Mc 1, 12-13; Mt 4, 1; Lc 4, 1).

2. Ambos llevan un vestido especial,
que les distingue de los hombres y mujeres que moran en tierras habitadas. El vestido de Bano remite al principio de la humanidad: está hecho de hojas (como el de Gen 3, 7-8). El cinturón de cuero de Juan está relacionado con Elías (cf. 2 Rey 1, 8: “era un hombre velludo, con un cinturón de cuero”), a quien la tradición presenta como predicador de penitencia. Más difícil es hallar sentido a su túnica de pelo de camello, un animal relacionado a las historias patriarcales (Gen 12, 16; 24, 10-63; 30, 43; 31, 17), aunque, como ya hemos dicho, según la Ley sacerdotal, propia de limpios sedentarios, es un animal impuro (Lev 11, 4; Dt 14, 7). Pues bien, todo nos permite suponer que Juan protesta con su vestido contra las normas de pureza de esa ley sacerdotal, enfrentándose a los grupos de esenios y/o proto-fariseos .

3. Ambos son bautistas.
El bautismo de Juan no es un signo de purificación diaria, como el del los separados de Qumrán, que se bautizan cada día para comer en la mesa limpia de los elegidos. No es tampoco una ablución diaria, como la de Bano, para recuperar la situación original del paraíso cósmico. Bano es un auto-bautista (se limpia a sí mismo) y es hémero-bautista (se bautiza cada día), para purificarse de los propios pecados e impurezas, como hacían los esenios de Qumrán (cf. también la Vita Latina Adán y Eva, 4 -7). Por el contrario, Juan es hetero-bautista, porque bautiza (purifica) a los demás, iniciando con ellos, una vez y para siempre, no cada día, un camino de transformación escatológica, que lleva, a través del río Jordán, hacia la tierra prometida. Juan actúa así como profeta y liturgo (sacerdote) del juicio de Dios. No deja que los hombres y mujeres se bauticen, sino que les bautiza él mismo (cf. Mc 1, 5 par), presentándose así como portador de un signo que el mismo Dios (el Más fuerte) culminará, bautizando a todos los hombres y mujeres en el “huracán y el fuego” del juicio (cf. Mt 3, 11-12 par), para que así entren en la tierra prometida. Juan no es simplemente alguien que “dice” (¡va a venir el juicio!), sino alguien que hace un gesto profético (¡está anticipando y provocando el juicio!), ante las aguas primordiales (como en el Éxodo y el libro de Josué) para dejar el desierto anterior (o Egipto) y entrar en la tierra prometida. Es evidente que Jesús, “dejándose” bautizar por Juan, se ha puesto con él y como él en manos de Dios, ante el fin de una historia humana fracasada, dispuesto a penetrar en la Tierra nueva.

4. Sus comidas muestran, como hemos dicho, una exigencia de retorno al desierto, antes de la cultura ciudadana actual.

La referencia más amplia y clara es la de Bano “que comía alimentos silvestres”, es decir, naturales, no cultivados, ni elaborados de un modo cultural. Silvestres son las yerbas que brotan de forma espontánea, como en el paraíso (cf. Gen 1-3), y quizá algunos pequeños animales. En esa línea se dice que Juan se alimentaba de “saltamontes y miel silvestre” (agrion; cf. Mc 1, 4-7). Posiblemente, el texto no quiere citar esos alimentos de un modo excluyente, sino como ejemplo significativo del resto de comidas “naturales” (no cultivadas en huertos o colmenas propias) del grupo de bautistas. Como discípulo de Juan, Jesús se educó en una escuela de “ecología sagrada”, de protesta en contra un tipo de cultivo (de cultura) que conduce, de un modo palpable, a la división social imperante. El pan bien amasado y cocido es producto de una tierra dividida, que expulsa a los pobres y les condena al hombre. Por eso, en este primer momento, Jesús sale de esa tierra cultivada y, en gesto de protesta radical, se une a Juan, que “no come ni bebe” (cf. Mt 11, 18 par). No ha ido con Juan para aprender teorías, a tiempo parcial (como en las escuelas modernas), sino para compartir con él vida y comida. Cuando después se diga que “el Hijo del hombre come y bebe” con los pecadores (Mt 11, 19) se estará indicando su separación respecto a Juan (pero no contra Juan) .

Bano parece un penitente más individual y moralista (aunque ese tema puede estar interpretado por Josefo). Juan, en cambio, es un profeta escatológico y se dirige a todo el pueblo, anunciando, con su mensaje y bautismo, la llegada del juicio de Dios, que permitirá que los elegidos atraviesen el río Jordán, para entrar en la tierra prometida, instaurando de esa forma el verdadero Israel.

Por eso, Juan aparece como un hombre peligroso y será lógico que un día le maten, pues su movimiento puede y debe traducirse en forma “política” (por el juicio de Dios y la entrada de los “convertidos” en la tierra prometida). Por el contrario, Bano podrá seguir viviendo sin peligro (según parece), pues no prepara un movimiento de “toma y transformación de la tierra prometida”, ni constituye una amenaza contra el orden establecido. Lógicamente, Josefo, en una línea más elitista (y partidario al fin de un pacto con Roma), será discípulo de Bano. Jesús, por el contrario, será discípulo de Juan.

Bautismo de Juan y juicio del más fuerte (Marcos y el Q)

Tanto Marcos como el documento Q. hablan del mensaje de Juan (vinculada a la llegada del Mas fuerte) y lo vinculan a su gesto de bautizar. El bautismo de Juan está vinculado a la promesa de la llegada de uno que es Más Fuerte (que en su origen parece ser Dios, aunque los cristianos lo identifican después con Jesucristo). De todas formas, la cuestión no es del todo clara, pues la mención de las “sandalias” no parece que se pueda aplicar a Dios. Éstos son los textos básicos, no sólo del Marcos y el Q (que aquí se vuelven de algún modo paralelos), sino del mismo evangelio de Juan, que aquí recoge tradiciones antiguas:

Mc 1, 7-8:
Detrás de mí está viniendo uno que es más poderoso que yo,
del cual yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias.
Yo mismo os he bautizado con agua,
pero él os bautizará con Espíritu Santo.

Mt 3, 11-12 = Q
Yo mismo os bautizo en agua para arrepentimiento;
pero el que viene después de mí es más poderoso que yo
del cual no soy digno(hikanos) de
llevar sus sandalia
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego

Lc 3, 16 = Q
Yo mismo os bautizo en agua.
Pero está viniendo uno
más poderoso que yo
de quien no soy digno (ikanos)de desatar la correa de sus sandalias
Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego

Jn 1, 26-27. 33
Yo mismo bautizo en agua,
pero en medio de vosotros hay uno… viniendo después de mí
de quien yo no soy digno (axios) de desatar la correa del calzado.
Éste es el que bautiza con Espíritu Santo .

a. Juan bautista anuncia la llegada de uno que es más poderoso que él (Ischyroteros).

Este dicho de Juan no se refiere originalmente a Jesús, pero puede referirse a un tipo de figura mesiáica. Ciertamente, el mismo documento Q (Mt 11, 2-6//Lc 7, 8-23) presenta a Juan pensando en la posibilidad de que Jesús sea el Mesías, pero no le presenta como convencido de ella. Además, Josefo no traza ninguna línea de Juan a Jesús, aunque menciona a los dos . Hay textos de la era cristiana antigua que hablan de gente que ha recibido el bautismo de Jesús, pero que no son cristianos (Hech 19, 3; cf. 18, 2) y de una secta de bautistas no cristianos que han continuado existiendo durante varios siglos, después de la muerte de su fundador .

b. ¿Quién es el Más Poderoso del que habla Juan?

¿Un tipo de Mesías, Dios? Algunos estudiosos como E. Lohmeyer piensan que el “más fuerte” cuya venida espera Juan era Dios. En Is 40, 10 LXX el Señor viene con poder (ischys), y en Ap 18, 8 se le describe como Fuerte (ischyros; cf. Ecl 6, 10) . Pero este interpretación supondría que Juan se colocaba a sí mismo casi en paralelo con Dios (“uno que es más fuerte que yo”) y habla de sí mismo como alguien que puedepodría “desatar la correa de las sandalias de Dios”. Ambas cosas parecen improbables. En contra de eso, para Juan, el “más fuerte” era probablemente el Mesías. Como han mostrado W. D. Davies y D. C. Allison , Sal Sal 17, 37, apoyándose en el lenguaje de Is 11, 2, habla del Mesías como de alguien que es “poderoso (dynatos) en el Espíritu Santo” y le atribuye el poder (ischys) (cf. 1 Henoc 49, 3); según ellos, esta combinación de motivos de poder y de Espíritu Santo es muy semejante a la que aparece en Mc 1, 7-8. Además, si el término “más fuerte” estaba en circulación como un epíteto para el Mesías, es fácil ver cómo la Iglesia pudo haber venido a pensar que Juan se estaba refiriendo a Jesús cuando él hablaba de esta figura del más fuerte.

c. desatar la correa de sus sandalios.

La correa (himanta) era la cinta de cuero que sujetaba las sandalias a los pies . En las fuentes rabínicas, la tarea de desatar el calzado del maestro es propia de los esclavos, y resulta indigna de un discípulos; en b. Ketub 96a, R. Joshua b. Levi dice que “un discípulo hace por su maestro todas las tareas que un esclavo hace por su dueño, excepto la de desatarle el calzado”. Pues bien, Juan afirma que él es indigno de realizar incluso el más humilde de estos servicios, que es propio de los esclavos. La versión de Marcos, al añadir la referencia a “inclinarse delante de él” ha destacado aún con más fuerza esta inferioridad.

d. Yo os he bautizado, él os bautizará con Espíritu Santo…

El Bautismo de Juan está vinculado a otro bautismo…: él os bautizará con Espíritu Santo. hablan del Espíritu Santo que descansa, se posa (šrh/šr’) sobre las personas. La misma raíz pues significar “disolver, empapar o impregnar” y esta variación en el significado puede ayudarnos a entender el sentido del concepto del bautismo en el Espíritu Santo en el Nuevo Testamento. En en griego de nuestro pasaje (“con”) podría ser instrumental , haciendo que el sentido de en pneumati fuera paralelo al de en hydati (“con agua”), pero ese “en” puede tomarse también literalmente, para sugerir la inmersión en el Espíritu, concebido como una sustancia sobrenatural de tipo líquido.Como ha destacado E. Sjöberg , el Espíritu aparece poseído por un ungido o Mesías en el Antiguo Testamento (2 Sam 23, 1-2; Is 11, 1-2; 61, 1), en los apócrifos (Sal Sal 17, 37; 1 Henoc 49, 3; 62, 2) y en el Tárgum (Tg. Is 42, 1-4). La idea se encuentra presente también en la literatura rabínica (cf. por ejemplo y. Šabb 78a y las referencia frecuentes a Lam 4, 20). Parece haber un paso pequeño entre un Mesías dotado con el Espíritu y un Mesías que concede el Espíritu.

e. Y con fuego.

La forma Q del dicho habla no sólo de un bautismo en el Espíritu Santo sino también de un bautismo de fuego. Algunos estudiosos conoció esta versión del Q, pero dejó fuera la referencia al bautismo por fuego, porque no le gustaba la idea de que Jesús juzgara a través del juego. Sin embargo, Marcos retiene bastantes referencias al juicio realizado por Jesús y por Dios (cf. 8, 35-38; 9, 42-50; 12, 9) y el carácter primitivo de la forma marcana de este dicho está apoyada en el testimonio independiente de Jn 1, 33. Evidentemente, el bautismo con fuego está aludiendo al juicio de Dios. El Mesías (y el Dios) de Juan es un Dios de juicio destructor.

Mensaje de Juan en el documento Q

Conforme a la visión de Marcos, el mensaje de Juan aparece vinculado expresa y casi exclusivamente a Jesús. Juan no es más que un precursor, alguien que está ahí al servicio de Jesús. Sin embargo, el documento Q conserva un mensaje autónomo de Juan, que resulta muy significativo.

Mt 3

7 Pero cuando Juan vio que muchos de los fariseos y
de los saduceos venían a su bautismo, les decía:
"¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
8 Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento;
9 y no penséis decir dentro de vosotros:
'A Abraham tenemos por padre.'
Porque yo os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham.
10 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.
11. Es bautizará con Espíritu Santo y fuego
12 Tiene el bieldo en su mano, y limpiará su era.
Recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará
.

Lc 3

7 Juan, pues, decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él:
--¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
8 Producid, pues, frutos digno de arrepentimiento
y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: "A Abraham tenemos por padre." Porque os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham.
9 También el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles.
Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.
16. Es bautizará con Espíritu Santo y fuego
17 Tiene el bieldo está en su mano para limpiar su era
y juntar el trigo en su granero, pero quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.

a. Hijos de ira, portadores de veneno.
Juan aparece aquí como testigo y portador de la Ira Venidera, vinculada al juicio de Dios (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Conforme a una extensa experiencia israelita, la humanidad se hallaba envuelta en pecado; por eso, muchos sacrificios expiatorios del templo tenían como fin el aplacar a Dios. Para Juan, eso es inútil: va a estallar la Ira de Dios, pues la humanidad (el pueblo de Israel) está envenenado, es portador de muerte, como hijos de víbora, portadores de veneno .

b. Frutos dignos de arrepentimiento. (Mt 3, 8; Lc 3, 8).
De la imagen de la víbora, que no puede cambiar, pasamos a la imagen del árbol, que debe fruto. La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo ha comparado a Israel con un árbol o planta (higuera, viña, olivo…). El árbol de Israel debe dar frutos, a través del arrepentimiento.

c. Los hijos de Abraham las piedras… (Mt 3, 9; Lc 3, 8)
Hay una confianza genealógica d Israel que se funda en la pura descendencia (hijos de Abraham). Juan, profeta escatológico tiene que ir en contra de esa confianza… La filiación de Abraham no es un seguro inmediato, sino que ella está vinculada a las buenas obras…

d. Trae en su mano el Hacha,
para cortar los árboles que no produzcan fruto (Mt 3, 10; Lc 3, 9). No es Sembrador, sino recolector y Leñador, vigilante que mira y distingue, árbol tras árbol, para separar a los buenos de los malos. No es mensajero del amor de Dios, ni de su Paternidad, sino de su justicia destructora.

e. Bautizará a los suyos en Espíritu Santo… y fuego
(3, 11: evn pneumati hagio), realizando así el juicio divino. Espíritu significa aquí viento: es huracán que sopla con fuerza aterradora, desgajando y destruyendo aquello que se encuentra poco cimentado sobre el mundo; es santo (a`gi,w), en línea de separación, para destruir aquello que se opone a la pureza de Dios. Les bautizará con Fuego (3, 11: evn,... puri). Al Viento de Dios sigue su Incendio. Ambos unidos, huracán y fuego, expresan la fuerza judicial y destructora (escatológica) de Dios y se vinculan mutuamente, como indica la tradición del AT (falta el terremoto de 1 Rey 19, 11-13).

e. Tiene en su mano el Bieldo y limpiará su era... (3, 12; Lc 17).
Así culminan las imágenes anteriores: el Espíritu/Viento sirve para separar la paja del trigo, el Fuego para quemarla. El Venidero, antes Leñador (tenía en su mano el hacha para cortar y quemar los árboles sin fruto), se vuelve así Trillador o Aventador (con la horquilla o bieldo separador en su mano).

¿Quién es ese Leñador, Aventador? ¿Directamente Dios? ¿Un Delegado suyo? El texto no responde, aunque probablemente aluda a Dios. Según eso, el Bautista habría preparado una teología judicial, más que una cristología salvadora. Pero los cristianos han recreado ese mensaje y palabra de Juan, aplicándolo a Jesús, el Venidero, verdadera presencia de Dios: Emmanuel (Dios con nosotros).
A la luz de lo anterior, Jesús debería haber surgido (y realizado su acción) como Leñador/Aventador del huerto y trigal de Dios, mensajero de su destrucción purificadora, abierta sólo de manera implícita y velada a la esperanza escatológica: el texto supone que quedan (se salvan de la quema) los árboles que producen fruto bueno (3, 10); el texto afirma expresamente que el Venidero reunirá su trigo en el granero (3, 12). Pues bien, asumiendo y cumpliendo (de algún modo) el mensaje de Juan, Jesús ha invertido su proyecto escatológico, en gesto que define su visión teológica y su cristología.

Con su gesto (bautismo) y su mensaje, Juan eleva su amenaza final, anunciando el juicio de Dios, que viene como Hacha que corta (derriba los árboles sin fruto), Huracán barre (limpia la era) y Fuego que destruye (la madera corta, la paja). Ciertamente, llegará el tiempo nuevo de la salvación (con la tierra prometida), pero ella implica juicio y destrucción para todo lo perverso. El mismo anuncio del juicio y la espera del nuevo bautismo abre un tiempo de conversión para aquellos que se arrepienten y quieren superar la ira que se acerca, cruzando el umbral de la muerte (simbolizada por el fuego y huracán) para entrar en la Tierra Prometida, como Josué en otro tiempo (cf. Jos 1-3).

Juan descorre así un resquicio, que puede interpretarse como tiempo de respiro, un espacio rescatado a la muerte que se acerca. En ese resquicio se sitúa la llegada del Más Fuerte que bautiza en Espíritu Santo, realizando la purificación definitiva, que implica destrucción de todo lo perverso. Juan se encuentra todavía al otro lado, en el espacio de los saltamontes y la miel silvestre; un margen estrecho, al borde del desierto, junto al río de la conversión. Pero ese espacio reducido debe abrirse con la llegada del Más Fuerte, que “recoge el trigo en la era”, abriendo así un tipo de vida distinta, de pan, de justicia y banquete. Eso significa que el grueso del mundo camina a la ruina, con su templo y sus sacerdotes, con sus reyes y sus gobiernos. En ese mundo nuevo que ha de venir con el Más Fuerte no hay lugar para Herodes y su reino

Ésta es la última oportunidad, el paso final del río, pues la justicia de Dios exigiría la destrucción de esta humanidad concreta (con el rey Herodes y los sacerdotes del templo). Con esa certeza, Juan se ha elevado como profeta del fin de los tiempos, pregonero de la ira de Dios, en las riberas del Jordán, vestido de piel de camello (como Elías) y comiendo alimentos silvestres (Mc 1, 6), para indicar que la cultura dominante de los que se visten y alimentan según los principios de este mundo injusto está ya condenada (resulta inviable).

Juan, predicador moralista. Lucas y Flavio Josefo

La tradición posterior ha convertido a Juan en un predicador moralista, dejando un poco al margen los aspectos apocalípticos. En esa línea se sitúan Juan Bautista y Lucas, uno dentro del Nuevo Testamento, otro fuera, pero los dos bastante cercanos en su planteamiento de la realidad social y de los conflictos básicos de Israel.

1. Lucas 3, 10-14

En el desarrollo propio de su evangelio, Lucas presenta a Juan Bautista como un prudente moralista, que no anuncia el juicio final, sino que quiere mantener el mundo que ahora existe. De esa manera ofrece una especie de principio de moralidad universal, que se expresa primera en las multitudes y que después se concreta en dos grupos muy especiales de personas, los publicanos y los soldados:

a) Las multitudes le preguntaban diciendo: Pues, ¿qué haremos? Respondiendo les decía: --El que tiene dos túnicas dé al que no tiene, y el que tiene comida haga lo mismo.
b) También fueron unos publicanos para ser bautizados y le preguntaron: --Maestro, ¿qué haremos? Y les decía: --No cobréis más de lo que os está ordenado.
c) También unos soldados le preguntaban diciendo Y nosotros, ¿qué haremos? Él les dijo: --No hagáis extorsión ni denunciéis falsamente a nadie, y contentaos con vuestros salarios (Lc 3, 10-14).

Ésta es una moral general (multitudes) que se concreta en dos grupos especiales de poder económico y político (publicanos y soldados…). Sería interesante que le hubiera preguntado otros grupos que son importantes en el evangelio (prostitutas, pobres etc.). Este Juan no es mensajero apocalíptico del juicio de Dios, sino un buen defensor del orden social, en el que entran publicanos y soldados.

2. Flavio Josefo.

En la misma línea de Lucas se sitúa Flavio Josefo, que convierte a Juan Bautista en un predicador de las virtudes

Juan, de sobrenombre Bautista... era un hombre bueno que recomendaba incluso a los judíos que practicaran las virtudes y se comportaran justamente en las relaciones entre ellos y piadosamente con Dios y que, cumplidas esas condicione, acudieran a bautizarse..., dando por sentado que su alma estaba ya purificada de antemano con la práctica de la justicia. Y como el resto de las gentes se unieran a él (pues sentían un placer exultante al escuchar sus palabras), Herodes, por temor a que esa enorme capacidad de persuasión que el Bautista tenía sobre las personas le ocasionara algún levantamiento popular (puesto que las gentes daban la impresión de que harían cualquier cosa si él se lo pedía), optó por matarlo, anticipándose así a la posibilidad de que se produjera una rebelión... Entonces, Juan, tras ser trasladado a la fortaleza de Maqueronte, fue matado en ella» (Antigüedades, XVIII, 116-119; Trad. J. VARA, Akal, Madrid 2002).

Josefo ha querido presentar a Juan como un moralista, parecido a los estoicos y cínicos de su entorno, un predicador de la virtud (cumplir la ley, contentarse con lo suyo), como supone de manera convergente Lc 3, 13-14. Pero así no explica su muerte: Herodes no habría asesinado a un simple moralista. Además, el mismo Josefo sabe que Juan murió ajusticiado y que su muerte está vinculada, de algún modo, a los «problemas matrimoniales» de Herodes, que había tomado la mujer de su hermano Filipo, haciendo que Aretas, rey nabateo y padre de su mujer anterior, le combatiera (Antigüedades, XVIII, 106-124).

La muerte de Juan Bautista

El texto antes citado de Flavio Josefo internamente incoherente, pues no logra explicar la muerte de Juan. Herodes Antipas no solía matar a predicadores moralista… pero podía matar a los profetas apocalípticos. Fijémonos en las últimas palabras del texto citado

Herodes, por temor a que esa enorme capacidad de persuasión que el Bautista tenía sobre las personas le ocasionara algún levantamiento popular [puesto que las gentes daban la impresión de que harían cualquier cosa si él se lo pedía], optó por matarlo, anticipándose así a la posibilidad de que se produjera una rebelión... Entonces, Juan, tras ser trasladado a la fortaleza de Maqueronte, fue matado en ella»

Estas palabras suponen que Herodes vio a Juan como un hombre peligroso, que ha suscitado la reacción de Herodes, que le condena a muerte. Juan no ha podido anticipar lo que vendrá después (el nuevo día, tras el juicio), pues eso lo decidirá al Más Fuerte. Pero ha estado convencido de la llegada de ese día de juicio. Herodes Antipas le ha entendido bien al condenarle a muerte, pus este Juan era un hombre peligroso, un crítico de su política de pactos y opresiones. En este contexto se ha de entender la hermosísima novela del evangelio de Marcos, que introduce en el tema de la muerte de Juan el motivo de las relaciones familiares de Herodes, a quien Juan quien condena por haber “tomado la mujer de su hermano”, como muestra el relato novelado pero ejemplar de Marcos:

Herodes había enviado a prender a Juan… porque le decía: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Por eso, Herodías lo acechaba y deseaba matarlo; pero no podía, porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía… Llegó el día oportuno cuando Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los altos dignatarios de Galilea. Entró la hija de Herodías y danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa. El rey entonces dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y yo te lo daré». Y le juró: «Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino». Saliendo ella, dijo a su madre: «¿Qué pediré?» Y esta le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista»… Enseguida, el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que trajeran la cabeza de Juan. El guarda fue y lo decapitó en la cárcel, trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro (Mc 6, 17-29).

Parece evidente que los detalles del relato han sido creados por la tradición, utilizando elementos de la historia bíblica de Ester, donde, en medio del banquete, el Gran Rey promete a una bella mujer (su favorita) todo lo que pida, “incluso la mitad de mi reino” (Est 5, 3.6; 7, 2). Sea como fuere, es evidente que Herodes mandó matar a Juan, profeta escatológico del juicio de Dios, porque tuvo miedo de su mensaje. De un modo semejante, Pilato mandará matar a Jesús.

Juan había anunciado la llegada del juicio de Dios, vinculado a la llegada del Más Fuerte, con el paso de Jordán y la entrada en la tierra prometida; Herodes tuvo miedo de las repercusiones sociales de ese juicio y le mandará matar. Avanzando en esa línea, Jesús de Nazaret anunciará y preparará la llegada del Reino de Dios, suponiendo de algún modo que el juicio y promesa del Bautista ya se había cumplido. Por eso empezará a curar a los enfermos, a llamar a los excluidos, a ofrecer la esperanza a los más pobres (cf. Mt 11, 2-7). Juan era profeta de justicia y muerte, al otro lado del Jordán. Jesús asumió esa muerte y, pasando el río (en la misma tierra prometida), vendrá a presentarse como promotor de una mutación humana, esto es, de un nuevo nacimiento.