Martes, 10 de diciembre de 2019

Un niño ha nacido

La espesa niebla y el intenso frio de diciembre, cubrían aquellas humildes casas, cuyos tejados de negra pizarra, estaban blancos por la cencellada. Por las chimeneas asomaba un hilo de humo, que se abría paso, a duras penas, entre el helado aire que pesaba sobre aquellas casas como queriendo aplastarlas contra el suelo, impidiéndolas crecer a lo alto.

[Img #496506]De las chimeneas, de más de la mitad de las cuarenta o cincuenta casas, que formaban el pueblo, no salía el menor rastro de humo, eran como las sepulturas de las familias que en algún tiempo, hacía muchos años, vivieron,  se calentaron y cocinaron al amor de la lumbre, bajo esos tejados que ahora eran sus lápidas.

De vez en cuando, se abría la puerta de una casa, salía un bulto que se confundía y ocultaba entre la espesa niebla, se movía con torpeza entre las empedradas calles, entraba en un cobertizo, cogía una brazada de leña y se metía de nuevo en la casa, asegurándose de que la puerta quedara bien cerrada. Eso y el transitar de algún perro callejero, husmeando entre los cubos de basura, buscando algo de comida, era la única señal de vida.

El silencio, multiplicado por el intenso frío y la niebla, cubría el pueblo y sus alrededores con un espeso manto, bajo el cual permanecía cautivo.

Por encima de los humildes tejados se levantaba la torre de la iglesia, que algún día fue el orgullo de todo el pueblo y que ahora apenas era visitada los domingos y en la fiesta del pueblo, que ya no era una fiesta, sino una rutina, impuesta a través de los años.

Hacía mucho tiempo que no había nada que celebrar en el pueblo. El único motivo por el que todos se reunían, era el fallecimiento de uno de ellos. Entonces sí, entonces todos se olvidaban de sus enfermedades, de sus impedimentos para caminar, de sus muchos años… y aunque fuera a duras penas, se acercaban hasta la casa del fallecido para darle el último adiós. Después, volvían a sus casas pensando en quien sería el siguiente. Tal vez, él mismo.

Una mañana, más bien madrugada, la más fría de diciembre, sucedió algo insólito. Un sonido, que los habitantes del pueblo ya habían desterrado de sus memorias, recorrió las calles y rincones del pueblo. La niebla empezó a levantar y el sol apareció tímido, después de muchos días, brillando por encima de las colinas que cercaban el pueblo.

La gente empezó a salir de sus casas, los unos preguntaba a los otros, los otros a los unos, nadie sabía de dónde provenía aquel olvidado sonido. Nadie podía dar crédito a lo que escuchaba. Alguno decía que tal vez fuera alguna vaca, o alguna oveja, que por alguna misteriosa causa, bramaba de aquella manera.

Todos los vecinos se fueron agolpando en las calles, seguían el camino que les guiaba hasta el lugar de donde salía aquel extraño sonido.

Las caras eran de asombro y curiosidad por lo que les podía esperar. Llegaron a la puerta de una de aquellas casas abandonadas. Sin duda, el sonido salía de allí. Nadie se atrevía a abrir. Al final, una mujer, armada con su cayada, empujó, no sin cierto temor, el cuarterón de la puerta. Lo que vio la llenó de asombro, no podía creerlo. Todos se agolparon para ver lo que ocurría.  Abrieron la puerta de par en par. Entraron, y con ellos un rayo de sol que iluminó la estancia. Al fondo, acurrucados sobre un montón de paja y abrigados con una vieja manta, había un hombre y una mujer, que tenían en sus brazos un niño recién nacido, que aterido de frío, no dejaba de llorar.

Se  miraron unos a otros sin salir de su asombro, sin reaccionar. La pareja les miraba con miedo y esperanza, mezclados mitad y mitad. La mujer que empujó la puerta, tomó la decisión, se acercó a ellos, les preguntó quiénes eran. Pero la pareja no parecía entender nada de lo que les decía. Una mirada de cariño y comprensión por parte de la anciana, fue suficiente para que en los labios de la joven pareja, se dibujara una sonrisa y la esperanza espantó todos los miedos.

Todo el pueblo en comitiva llevó aquella nueva familia a la casa de la anciana. Al entrar y recibir el calor de la chimenea y el olor a hogar, el niño dejó de llorar. Los acomodaron en una alcoba. Prepararon la alta cama con dos o tres colchones de lana, para que la mujer pudiera descansar.

Al día siguiente, el sol brillaba con una intensidad que los habitantes del pueblo habían olvidado. Las campanas de la iglesia, que hacía años que no tañían, sonaban con la alegría de antaño, llevando la buena nueva por todo el valle. La gente salió a la calle desde muy temprano, comentaba lo acontecido el día anterior y no eran pocos los que se acercaban hasta la casa de la anciana que había acogido a aquella nueva familia, para saber si necesitaban algo o para llevárselo, lo necesitaran o no.

Casi no se cabía en el modesto salón de la casa. Un rumor circulaba entre todos los presentes, ¿Cómo se  llamará?, ¿Cómo ha de llamarse? ¡Jesús! asentían todos. El padre, que apenas alcanzaba a entender de qué hablaban, intentó darse a entender. – Mohamed, Mohamed – Repetía una y otra vez, mirando al niño. Nadie entendía qué quería decir. Se hizo el silencio, la madre, con la dulzura de la que sólo es capaz una madre, repitió. – Mohamed- Los asistentes se cruzaron miradas, no parecían estar muy de acuerdo. Un rumor corría entre todos ellos. Con buena voluntad, por parte de todos, al fin se hicieron entender y llegaron a un acuerdo, que todos recibieron con alegría: ¡Se llamará, Mohamed Jesús!