OPINIóN
Actualizado 11/05/2026 17:24:13
Charo Alonso

Estamos en mayo, pero llegan los alumnos nuevos caídos como la lluvia de otras latitudes. Casi al final del curso, con esa carita de sorpresa que ha atravesado el mar de susto en susto. Y claro, la sintaxis le suena al nuevo a arcana letanía, por eso le digo que me escriba lo que sea sobre esta llegada. Y las cuatro líneas torcidas que me entrega mi no tienen desperdicio: “Estoy contento. Todo es bueno. Pasa el autobús, muchos autobuses y muchas veces. Pasa el camión de la basura, todas las noches. Y siempre pasan.”

Subo al autobús y los cachorros vestidos de uniforme ponen música que los demás no queremos compartir. Y alguien se lo hace ver educadamente. Claro, que después, la misma voz habla por su móvil y me entero de que tiene un brazo dolorido después de la fisioterapia. Dice mi admirado Rodrigo Martín Noriega que los escritores somos traperos de lo ajeno, pero a mí me sobran ciertos andrajos. Claro que a los muchachos también, porque ante semejante incongruencia, ponen de nuevo la música aunque no de forma estridente. Y entre acorde y acorde de regettón, el himno español como si estuviésemos en una final de tenis. Y oigo una voz que dice que el exministro Ábalos está en la cárcel por amor. Estos chavales están bien informados, me sorprendo mientras pulso la parada solicitada. Hay un coro de risas, hasta la señora del brazo dolorido se ríe. Y otra voz nos calla a todos: de las putas no se enamora uno, gilipollas.

A veces los fragmentos de conversación ajena tienen belleza poética, otras, constancia, precisamente, de la otredad. Y en ocasiones, zarpazo de actualidad. Los cachorros vuelven a ese son sincopado que les aturde y cuando me bajo buscando la mirada de la mujer del brazo veo que pone los ojos en blanco. Probablemente ambas somos de la misma edad, esa que se queja de la juventud a cada rato y que piensa que quién nos va a pagar la jubilación ante tanto tarugo. Pero resulta que yo soy profesora de secundaria y estoy acostumbrada al rebaño. Juntos y revueltos son belicosos y provocadores, lo da la edad. Luego, de uno en uno, los pupitas te piden el cariño que quizás no les dan en su casa, alguna de privilegio, otra de carencia, porque cada familia es un mundo. A los chavales del uniforme se les sube pronto la bilirrubina, pero es que a los míos, más desarrapados los pobres, también. Y se montan en el bus de la excursión con sus móviles vomitando música, con ganas de no hacernos caso. Claro, que por suerte, en ese tipo de medios de locomoción están obligados a usar el cinturón de seguridad y eso es una ventaja. Se quedan quietecitos, los intensos. Esos que extienden largas piernas y pasan del qué dirán. Esos que suben al autobús urbano pidiendo guerra, ese autobús que mira maravillado mi nuevo alumno, porque sí, porque pasa con constancia… y por la noche, que no se nos olvide… el camión de la basura. Y todas las noches, además. No sabemos lo que tenemos, verdaderamente.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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