“Los familiares de represaliados del franquismo en Granada declaran ante la Fiscalía de Memoria para construir un relato veraz sobre los padecimientos de las víctimas” (De la prensa, mayo de 2026).
Corremos el riesgo de perdernos, de desorientar definitivamente nuestra mirada en el interminable bombardeo de lo inmediato, en el tráfago de la guerra y de la indignidad. Estamos a punto de olvidarnos de nosotros, de la pulsión de vida, y de memoria, que nos ha dado el nombre y el oxígeno. Condenados, quizás, a un olvido plano y miserable, a un presente de boca abierta. Y no deberíamos permitírnoslo, no tenemos derecho a dejar en los recodos de la desmemoria tanto, tanto que recordar, tanto que recuperar, tanto que reparar.
La admirable labor que diferentes asociaciones y entidades humanitarias llevan a cabo para la recuperación e identificación de los miles de cuerpos abandonados en cientos de fosas comunes, barrancos y parajes de España, fruto de la sevicia del fascismo español que sembró de cadáveres de asesinados por motivos ideológicos, de envidia, fanatismo o mala sangre todo el país en los años 30 del siglo XX, es una de esas asignaturas que debemos superar con toda la luz del mundo, tratar de enmendar, rememorar sin renunciar a las lágrimas y, de algún modo, revivir para poder vivir en su dignidad, la de los muertos, y en la nuestra.
Lugares ocultos o parajes ya famosos por la cantidad de asesinados, entre ellos el barranco de Víznar, en Granada, más conocido por sospecharse que allí se encuentran los restos de Federico García Lorca, y algunas otros lugares no tan conocidos pero no por ello menos importantes, como Pico Reja, en Sevilla, las fosas de Paterna, en Valencia, Cuelgamuros, en Madrid, Belchite o Ejea de los Caballeros, en Zaragoza, entre otras muchas, merecen no solo el recuerdo, la atención y el apoyo para su esclarecimiento, sino todo el abrazo y el calor posibles para quienes intentan, mediante su apertura y esclarecimiento, si no una ya imposible justicia, sí un atisbo de verdad y un grito de indignación que acuse a los asesinos y dignifique y dé nombre a víctimas y deudos.
Un artículo periodístico poco puede hacer, salvo recordar. Y no es poco. Hoy, con la lealtad intacta y el inacabable recuerdo, con la ofrenda de la memoria, también con el grito, tal vez ya nuestra única fuerza, dejo aquí este pobre romance -el primer romance que escribo- cuya insistencia verbal no es menor que mi abrazo y casi tan profundo como mi rabia.
LECHOS DE TIERRA (Romance) -para los cuerpos de los asesinados que están en fosas y terraplenes; y para sus rescatadores)-.
Miles de fosas vomitan en sus aludes de tiempo
huesos cabezas hebillas balas botas agujeros
cuerpos con apenas cuerpo en Víznar en Paracuellos
lechos de tierra que se abren a la lágrima y al duelo
cada lunes una angustia cada domingo un misterio
cada hueso una esperanza cada reloj un suceso
aguardan como bebiendo de su tiempo un aguacero
y asoman al aire muertos inmóviles casi ciertos
en La Barranca asfixiados en San Rafael no hay despiertos
tiros de gracia que dicen en calaveras incendios
abuelos que fueron patria bisabuelos compañeros
abrazos que eran futuro esperanzas y proyectos
camaradas socialistas cooperantes carpinteros
impresores albañiles concejales vinateros
anarquistas comunistas pensadores compañeros
un amasijo de muerte de envidia de desenfreno
en las pistolas calientes de fascistas irredentos
babeando el odio de noche y de madrugada el miedo
por las ventanas cerradas donde es el orgullo tiempo
sacaron sacas sacadas con estandartes infectos
irrumpieron en gargantas que apenas los advirtieron
y en Arucas en Motril en Padul en cementerios
de tapias agujereadas escritas a sangre y fuego
respiraron sin futuro las despedidas sin duelo
noventa años esperando llorados siempre a destiempo
nunca tuvieron más nombre que lo que de ellos dijeron
ni en los Montes del Perdón ni Ejea de los Caballeros,
ni en Uclés ni en parte alguna ha conseguido el silencio
cerrar la boca del tiempo ni de la justicia el fuego
de los que buscan escarban apartan tierra en silencio
en cada fosa hoy abierta al temblor de un desentierro
para que el tiempo pronuncie el nombre de cada muerto
aunque nunca el del verdugo jamás el del pistolero.
ÁNGEL GONZÁLEZ QUESADA, mayo de 2026