En mi ciudad celebran estos días el quinto centenario de la Escuela de Salamanca; hoy me siento generosa y no les remito a la Wikipedia, aquí tienen el resumen: en 1526 Francisco de Vitoria, fraile dominico, sentó las bases del derecho internacional desde su cátedra de Salamanca, creando una escuela de pensamiento donde se defendieron tanto los derechos naturales universales, el trato digno a los indígenas del nuevo mundo y la economía de mercado (sí esa también, ya ven que son compatibles) criticando la inflación e incluso dando remedios para contrarrestarla. No fueron creadores de tendencia efímera, la doctrina jurídica de la Escuela de Salamanca fue la primera gran reivindicación de la libertad natural y los derechos inherentes a todo ser humano venga de donde venga y con la piel de cualquier color: “por derecho natural todos los hombres son libres” …La frase nos puede parecer de Perogrullo, pero en 1526 había que atreverse a decirla en voz alta.
Entre los muchos eventos que se celebran en Salamanca estos días para conmemorar el genio de los frailes Dominicos hay uno breve pero, creo yo, bonito, instructivo y, a la postre destinado a maravillar, eso que es cada día más difícil porque estamos todos un poco hartos de novedades, imágenes, noticias sorpresa y explosiones de júbilo por cualquier cosa. Lo han llamado “video mapping”, aunque yo prefiero llamarlo proyección; e incluso “proyección arquitectónica” por aquello de que la gente necesita al menos dos palabras para moverse de la butaca y levantar la vista del teléfono. Durante escasamente media hora, la fachada de la Iglesia de San Esteban (Dominicos) se convierte en un espectáculo de luz y sonido donde nos cuentan bien y con voz clara en qué consistió tamaño adelanto para la humanidad. A mí, que estoy más que viajada y soy exigente, me pareció un espectáculo digno de la mejor reseña, y a unas monjas jovencísimas y, presumo yo, venidas de allende los mares que estaban delante de mi y que lo contemplaban con religioso respeto, sospecho que también, por la sonrisa que vi en sus caras al terminar la proyección. ¿Estaba llena la plaza? Pues no, y eso que era puente y se notaba ya la invasión de madrileños por el mundo. Es más, comentándolo con muchos de mis paisanos, además de quejarse de la hora tardía del evento (las diez de la noche, cuando en España apenas ha terminado el Telediario) más de uno y más de dos añadieron: “me han dicho que no es para tanto”.
Cuando estas líneas se publiquen ya no será posible contemplar la proyección, esa que tantos salmantinos se habrán perdido porque les habrán dicho que tampoco es para tanto y yo me pregunto, aún maravillada por el efecto de unos pocos minutos con imagen y sonido ante la bellísima fachada de San Esteban, si no estaremos perdiendo de manera peligrosa la capacidad de maravillarnos, que define el diccionario como “sentir admiración asombro o estupefacción ante algo extraordinario, bello o sorprendente”. ¿Cuántos decibelios hay que desplegar, a cuánta gente hay que insultar o maltratar, de cuantos millones en la cuenta hay que presumir o cuantos seguidores en una red social para producir ese efecto de maravillar en estos humanos del siglo XXI?
No somos capaces de dar cuatro pasos por la Gran Vía y plantarnos delante de San Esteban una noche templada de primavera y luego nos arde la boca pidiendo más vida cultural, más teatro, más conciertos y más comedias musicales para nuestra capital de provincia que, cinco siglos atrás era la capital intelectual de Occidente y no le prestamos ni veinte minutos de nuestro tiempo para admirar sus logros. Hay que reconocer que las monjitas (disculpen el diminutivo, eran todas de baja estatura y tierna edad) más habituadas que los seglares a la vida contemplativa, disfrutaron tanto como yo que no soy monja, en absoluto mística ni contemplativa, pero aun soy capaz de maravillarme ante la piedra bien tallada y bien iluminada y ante esos frailes dominicos que pregonaron la igualdad de las personas hace cinco siglos, cuando todas eran bastante desiguales y solo por defender tal idea les podían haber cortado el cuello.
Habrá que pedirle a algún facultativo que recete el asombro y la maravilla como aliciente para reducir el estrés y aumentar la dopamina esa que a tanta gente le preocupa. El asombro infantil que vamos perdiendo con los años es lo que nos mantiene a algunos en ese estado de alerta permanente que no sé si nos sube la dopamina o el colesterol pero que, en cualquier caso, nos recuerda que estamos vivos. El asombro y la maravilla no tienen que ser útiles ni piden pan, proporcionan a veces cinco minutos de satisfacción que, para los tiempos recios que corren ya son muchos y muy de agradecer; no lo dejen pasar a su lado si tienen la oportunidad de disfrutarlo. Lo de San Esteban ya terminó, pero un paseo de media hora por el casco antiguo de nuestra ciudad en un día de diario sin mucha horda turística puede surtir el mismo efecto. Se lo digo yo.
Concha Torres.