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CULTURA
Actualizado 07/05/2026 08:40:48
Charo Alonso

El público abarrotó la sala para escuchar una cuidadísima presentación a cargo de Raúl Vacas, Mónica Velasco, Celia Corral y el editor Pablo Méndez.

Hablamos de poesía, pero también, de números. Un aforo de 77 personas y casi treinta en el exterior. Cifras que son, para el poeta, profesor de escritura creativa Raúl Vacas, tan vinculado a la Biblioteca Casa de las Conchas, “una celebración de la poesía”. Y es que las gentes de la cultura salmantina, tantas, tan buenas, quieren y admiran a Chema García Saéz, un poeta siempre al quite de todos los proyectos, partícipe de todos los grupos, atento a todo el que le necesite. Poeta “sin poderlo remediar”, que diría de sí mismo Federico García Lorca. Y sobre todo, persona de una humanidad tan hermosa que hace de la amistad encuentro privilegiado. Y el privilegio se le devuelve con esa ronda de aplausos que no cesa, como el rayo de Miguel Hernández.

Llega este libro suyo, tan hermoso, de la mano de la editorial Vitrubio, con un título que salió de una comida de poetas y arrimados a la poesía: “De los rostros, la luz” es el libro cuidado, mimado, reposado como el buen vino que tan bien conoce Chema García, que celebramos en lo que Raúl Vacas llama “canto a la luz y a la biblioteca de las Conchas”, un lugar donde el joven autor participó de los Talleres de Escritura Creativa de ese poeta salmantino que le presenta como licenciado en historia e historias. Historiador, trabajador de yacimientos arqueológicos, Chema García bascula entre su León y Salamanca, entre el poeta Salvador Negro y su Tertulia de Papeles del Martes donde tan necesario es para esa revista casi legendaria. El poeta se muestra, para el poeta Vacas, un cantor de amor a la vida, con asombro de niño, siempre presto a ayudar en causas solidarias, partícipe de todo proyecto que requiera su colaboración. Por eso y por tantas cosas queremos a Chema García, y se lo demostramos a su editor, Pablo Méndez, encargado de Vitrubio, quien ha convertido los poemas de nuestro autor en un libro bello y quien se admiró del primer texto aunque el “todo” del libro le sorprendió en un primer momento. No es un libro fácil, y el autor agradecerá al editor el cuidado en la forma, las comas, los espacios y el mimo con el que han reproducido a la perfección su arquitectura textual.

Un libro que merece madrinas de excepción. Y dos son sencillamente magistrales: María Ángeles Pérez López que firma el prefacio y a la que recuerdo, lápiz en mano, en la comida iniciática en la que bautizamos el texto, haciendo valiosas sugerencias. Y Sagrario Rollán, autora de un prólogo muy bello y acertado, quien tan bien conoce al poeta y sabe de sus inquietudes. Pero en la mesa también están otros dos grandes nombres de la poesía de, para, en Salamanca… una Mónica Velasco siempre en estado de gracia que nos recuerda el llanto de Garcilaso frente al río Tajo, herido por la muerte de Isabel Freire, en boca de Nemoroso. Su sabiduría clásica es proverbial, y se corresponde con la de Chema García. Afirma Velasco, que este conoce bien a los clásicos y que el libro es una celebración de la palabra. Para el público, escuchar a esta poeta y profesora, siempre de una sensibilidad exquisita y de una erudición inmensa, es un placer. Como lo es la voz de quien se encuentra entre las mejores presentadoras de este mundo cultural: Celia Corral Cañas, novelista, poeta, editora, profesora también lee con sabiduría y apunta con certeza. Alude a los rostros del público conectados a través de la luz y nos recuerda que la poesía de Chema García nace de la generosidad de su persona.

Porque es así, del amor al paisaje –la ciudad encantada, el río, la naturaleza- al amor a la poesía –el libro está cuajado de magníficas citas- a la vida pero sin olvidar la muerte. Porque este libro, afirman ambas poetas, es una elegía. La muerte es hospitalaria, recuerda Celia Corral, y lo afirma este poeta que incluye en su libro consejos, preguntas, revelaciones y que busca la luz de cada rostro e insiste en un rotundo: “Solo nos queda amar”. El amor salva, el amor vence y nos recordará cerrando el acto Raúl Vacas esos versos con os que cierra el acto “Y como árbol/dentro de la noche/seguiremos en pie”.

Pero aún no ha terminado esta presentación medida al milímetro. Tiene la voz el poeta. Un poeta que lee magníficamente sus versos, un poeta que agradece, que nos recomienda poemarios de otros, en ese acto de generosidad que tanto reconocemos ¡Cuántos libros nos habrá prestado, indicado, reseñado Chema García! Pero ahora el libro es suyo, un libro que es un elogio a la vida, al amor, a la poesía, a esa Eurídice suya que fue, que es, que será Noe Fouces, a quien está dedicada cada palabra de esta elegía.

Chema agradece a todos, recuerda y recomienda la poesía de Salvador Negro, señala a su familia, a sus compañeros de Tertulia, a sus amigos poetas y poetas amigos. Lee sus poemas, recuerda la cita del evangelio de San Juan con precisión porque es hombre cultivadísimo, entregado a la poesía, al rigor del ensayo que comparte con Sagrario Rollán, tan de María Zambrano, tan mística. Pero ahí está también el gran amigo de Ferchu de Castro, el activista, el que siempre está ahí, aportando, participando. El amigo que ama la ciudad que recorre, y que se detiene a reconocer las estatuas, la Salamanca de Ullán, Aníbal Núñez, las turroneras, las estancias de la luz dorada… esa ciudad de tertulia antigua que es la dominica Papeles del Martes donde Luis Frayle, Isabel Bernardo y Agustín B. Sequeros ofician cada semana el milagro de los versos. Ese milagro en forma de poesía que nos ha reunido en torno a un libro, el libro del amado y del amigo. Del amigo y del amado. Del que ama y del que escribe. Del que sabe que la niebla es la cura de las coníferas, esas que se alzan al aire en el lugar de la quietud, ese que amamos a pesar de todo y que es árbol, como recuerda Raúl Vacas: “Y como árbol/dentro de la noche/seguiremos en pie”.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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