OPINIóN
Actualizado 02/05/2026 14:09:03
Isaura Díaz Figueiredo

Apenas tres semanas después del establecimiento de la II República (14 de abril), entre el 10 y el 11 de mayo de 1931, estalló una ola de violencia contra la Iglesia. Los disturbios comenzaron tras la tensión generada por la inauguración del Círculo Monárquico Independiente en Madrid «Luca de Tena», donde más de trescientas personas, bajo los acordes de la Marcha Real, gritaron vivas al Rey y lanzaron octavillas contra la República; actos que fueron considerados por grupos de izquierda como un desafío.

Al amanecer del 11 de mayo, ante el aviso de un ataque inminente al convento de la Flor, Maura pidió proteger los principales centros religiosos de la ciudad. La huelga organizada por la CNT sacó a miles de obreros a las calles. A las diez, los trabajadores se concentraron cerca de la residencia jesuita. Grupos de jóvenes destrozaron las ventanas con piedras y, tras forzar las puertas, entraron en el edificio con gasolina. Aunque la Guardia Civil y los bomberos acudieron al advertir el incendio, los causantes impidieron sofocar las llamas. Dentro, los frailes se vistieron de paisano saliendo escoltados; no obstante, nueve que marcharon por su cuenta fueron agredidos por la multitud.

Aledaño al convento, el incendio consumió su biblioteca, custodia de más de 80.000 ejemplares, comparada con la del Vaticano. Incluía obras de Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca. Al extravío de estos manuscritos se sumó la destrucción de una valiosa pinacoteca con piezas de Zurbarán, Van Dyck, Pacheco, Coello, Mena o Alonso Cano, que estaban guardadas junto a 20.000 obras literarias en la biblioteca del ICAI. Una catástrofe irreparable.

Este suceso en la calle de la Flor marca el inicio de la quema de conventos del 11 de mayo. La Segunda Casa Profesa de la orden jesuita, situada en la calle Isabel la Católica con fachada a la Flor Baja, cerca de la Gran Vía, fue solo una de las direcciones marcadas en la algarada de mayo del 1931. Los jesuitas se vieron obligados a trasladarse a su actual sede en la calle Serrano.

De los cerca de cien inmuebles arrasados, destacan templos de incalculable valor artístico y cultural, destruidos por los sublevados, junto con instituciones educativas como la Escuela de Artes y Oficios (calle Areneros) y el Colegio de Doctrina Cristiana de Cuatro Caminos, además del convento de carmelitas en la calle Ferraz y la residencia de los Sagrados Corazones en Martín de los Heros.

«Todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano», afirmó Azaña, presidente del Gobierno. La izquierda siempre se apoyó y se apoya en necios que, en su ignorancia, creían y siguen creyendo ciegamente sus increíbles ideas igualitarias y su aversión absoluta hacia la Iglesia Católica, la Monarquía, la bandera y el himno; todo aquello que nos une desde hace siglos.

Es solo una pincelada sobre la trágica y espeluznante crónica de la Republica, respaldada por un amplio electorado convencido de la maldad de la derecha y de la supuesta destrucción de este regimen por parte del General Franco. Otra falsedad: Franco no apoyó activamente la ideología de la Segunda República; mantuvo una postura de acatamiento profesional y neutralidad, concentrándose en sus deberes militares. Pese a desconfiar del nuevo régimen, no tomó parte en los primeros intentos de golpe, como el de Sanjurjo en 1932, prefiriendo una postura de 'espera' y haciendo caso omiso a la incitación al conflicto civil por parte de Largo Caballero, quien fue secretario general de la UGT (1918-1938) y presidente del PSOE (1932-1935), consolidando su influencia en la izquierda española.

Manuel Azaña fue elegido presidente de la República en mayo de 1936. Resentido por su estancia en los Agustinos de El Escorial en régimen de internado, afirmó estas cosas: «España ha dejado de ser católica» NOTA: Recomiendo lean «El Jardín de los Frailes», donde narra su desgraciado paso por el internado de El Escorial.

Ante tanta ferocidad revolucionaria, el régimen republicano perdió cualquier apoyo de las democracias europeas, quedando sentenciado a un colapso final sangriento. ¿Es que nadie admite que la relectura del pasado es solo una venganza política del presente?

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