La devoción al Cristo de la Expiración congrega a cerca de un centenar de fieles en un fin de semana de tradición y reencuentro
Casillas de Flores atraviesa estos días uno de esos momentos en los que el tiempo parece plegarse sobre sí mismo y la comunidad recupera, con naturalidad y fervor, los gestos heredados. La festividad de la Santa Cruz ha devuelto al calendario local su pulso más reconocible, en torno a la veneración del Cristo de la Expiración, eje simbólico y emocional de unas celebraciones que combinan solemnidad religiosa y convivencia vecinal.
La imagen, una talla del siglo XVII, recorrió en dos ocasiones las calles del municipio: primero en la noche del 2 de mayo, envuelta en la penumbra y el recogimiento, y de nuevo en la jornada litúrgica del día 3. En ambos casos, la procesión discurrió acompañada por un nutrido grupo de fieles —procedentes no solo del propio municipio, sino también de localidades próximas a ambos lados de La Raya hispano-lusa; que arroparon el paso en un ambiente de sobria devoción, matizado por el acompañamiento musical de la charanga Alrojo.
Sin embargo, reducir la celebración a su dimensión estrictamente religiosa sería ignorar una de sus claves más significativas: su capacidad de convocar. Ya en la tarde del domingo, tras la procesión, la biblioteca municipal —habilitada como centro social— se transformó en espacio de encuentro para más de un centenar de personas que compartieron mesa y conversación en un ágape comunitario.
En torno a los platos, como sucede en estos contextos, se tejieron algo más que conversaciones circunstanciales. Hubo lugar para el recuerdo, para la evocación de la vida cotidiana en el pueblo y también para esa experiencia, cada vez más extendida, de quienes viven fuera pero mantienen un vínculo persistente con su lugar de origen. Entre la nostalgia y la pertenencia, el encuentro adquirió así un tono que trasciende lo festivo.
El programa concluirá el lunes 4 de mayo con una eucaristía en la ermita del Cristo, seguida de la tradicional bendición de los campos —gesto cargado de resonancias agrarias y simbólicas— y un nuevo ágape, nuevamente acompañado por música, que pondrá cierre a unos días en los que Casillas de Flores no solo celebra, sino que se reconoce a sí misma.