Un recorrido exclusivo desvela los tesoros históricos y artísticos que custodia la sacristía de la Catedral Nueva de Salamanca, un espacio del siglo XVIII cerrado al público. El recinto conserva reliquias de incalculable valor, platería litúrgica y textiles antiguos que mantienen viva la historia eclesiástica de la ciudad.
La Catedral Nueva de Salamanca alberga en su interior espacios que han sobrevivido al paso de los siglos manteniendo su uso primigenio, alejados del circuito turístico habitual. Uno de estos enclaves privilegiados es la sacristía, un lugar que conserva un rico patrimonio artístico y religioso al que solo se puede acceder mediante visitas privadas o grupos reservados.
"La sacristía es el espacio reservado para que los sacerdotes entren a revestirse antes de salir a misa, por eso tiene que ser también un espacio amplio y digno", ha explicado Raúl Benito, historiador sobre arte y patrimonio que actualmente trabaja en la S.I.B. Catedral de Salamanca, durante este recorrido exclusivo por las instalaciones. Hoy en día, el recinto continúa utilizándose exclusivamente para el fin litúrgico con el que fue concebido.
El uso diario de la estancia mantiene una jerarquía eclesiástica clara. En la cajonera central se reviste habitualmente el obispo como pastor de la diócesis, mientras que los canónigos y otros sacerdotes utilizan los espacios laterales. La actividad resulta especialmente intensa en fechas señaladas como el Corpus Christi, el día de la Virgen de la Vega o la Misa Crismal, jornadas que requieren el trabajo de dos personas encargadas de preparar purificadores, corporales y cálices.
La construcción de este espacio supuso la última gran obra de la Catedral Nueva, llevada a cabo a mediados del siglo XVIII. La sacristía mayor es obra del arquitecto Juan de Sagarvinaga. Por su parte, en la sacristía de menor tamaño, destinada a los prebendados y capellanes, los hermanos Churriguera dejaron una parte construida que posteriormente terminó el propio Sagarvinaga.
A nivel arquitectónico, el conjunto mantiene elementos que recuerdan al estilo gótico, como las bóvedas o los arcos conopiales. Esta decisión responde a la petición histórica del cabildo de mantener una unidad estilística desde el inicio de las obras del templo. Sin embargo, la ornamentación refleja su verdadera época de construcción. Tal y como ha detallado Raúl Benito, el espacio "combina esos dos estilos, el estilo gótico en cuanto a la parte más arquitectónica y el estilo barroco, ya bastante tardío también en cuanto a la decoración", destacando elementos ornamentales propios de la época como rocallas y tornapuntas.
En el interior, cada uno de los arcosolios presenta cajoneras de madera de nogal fabricadas en Peñaranda de Bracamonte. Estas se acompañan de espejos venecianos del siglo XVIII que conservan tanto su marco como su cristal original, demostrando su altísima calidad. Las paredes se adornan con una colección de cuadros del siglo XVII, pintados al óleo sobre cobre, que representan escenas de la infancia y la pasión de Cristo, llegados a la seo en el siglo XIX gracias a una donación de los condes de Crespo Rascón.
Las históricas cajoneras sirven para custodiar la rica colección textil de la catedral, compuesta principalmente por piezas de los siglos XVIII y XIX. Entre ellas destacan capas pluviales, casullas y dalmáticas que hoy se conservan como prendas testigo de la historia litúrgica. Junto a los textiles, la platería y las reliquias ocupan un lugar fundamental, dividiéndose en varias piezas de extraordinario valor.
Uno de los grandes tesoros guardados en este recinto son las andas y la custodia utilizadas en la procesión del Corpus Christi. La pieza presenta una evolución histórica fascinante: la parte interior del remate data de los siglos XV y XVI, siendo anterior a los modelos clásicos de torre de la familia Arfe. Las columnas son del siglo XVI, mientras que las andas exteriores, diseñadas por los hermanos Churriguera, corresponden al siglo XVIII y rematan con el jarrón de azucenas, símbolo del cabildo.
El tesoro de platería incluye candelabros, cruces, azafates y portapaces, pero sobresale especialmente una colección de seis cálices de distintas épocas. El más antiguo data del siglo XV y se caracteriza por lucir en su nudo una intrincada arquitectura gótica en plata que simula ventanales y arbotantes. Otro cáliz, también del siglo XV, fue modificado en el siglo XVII, mientras que el resto pertenecen al siglo XVIII.
Entre las piezas más singulares destaca un cáliz con esmaltes reservado para festividades importantes. Sin embargo, para el uso habitual, el obispo José Luis Retana emplea el histórico cáliz del padre Cámara, una pieza datada exactamente el 15 de abril de 1896.
La sacristía conserva tres juegos de ánforas de plata empleadas para contener los óleos sagrados. El conjunto más antiguo es del siglo XVI, seguido por otros del siglo XVIII y XIX. Actualmente, se utilizan las piezas del siglo XVIII y XIX durante la Misa Crismal, que en Salamanca se celebra tradicionalmente el Miércoles Santo por la mañana.
Estos recipientes custodian el aceite de oliva virgen extra y el Santo Crisma, perfumado con diversas esencias como el nardo, por ejemplo. Tras su consagración por el obispo, los óleos se distribuyen en pequeñas crismeras a todas las parroquias de la diócesis para la administración de sacramentos como el bautismo, la confirmación o la unción de enfermos.
El espacio alberga cuatro crucifijos de este material, destacando una pieza del siglo XVII de factura española pero con clara influencia del escultor portugués Manuel Pereira. La talla representa a Jesús aún vivo, mirando hacia arriba en el momento previo a su última exhalación.
"El marfil, sobre todo en ese siglo, se tomaba como un material muy importante para realizar piezas que servían también para la liturgia", ha puntualizado el experto en patrimonio. Como curiosidad histórica, a esta talla le falta en su base la calavera de Adán, un elemento iconográfico que simbolizaba que por el primer hombre llegó el pecado y por Cristo la redención.
Un espacio anexo a la sacristía, actualmente en fase previa de restauración, ha funcionado históricamente como relicario privado. Entre los objetos de mayor devoción destaca un Lignum Crucis (reliquia de la cruz de Cristo) que se utiliza en el rito de toma de posesión de un nuevo obispo, tres espinas de la corona de la pasión y una carta manuscrita de Santa Teresa.
Especial mención merece el brazo de San Jorge, conservado en uno de los relicarios más antiguos de la catedral. Datado en el siglo XV, está elaborado en plata con base de arquitectura gótica y forma de brazo para que los fieles pudieran identificar fácilmente su contenido.
Finalmente, entre el mobiliario cotidiano se conserva un sillón con un significado contemporáneo excepcional. "Se guardó este sillón porque era un recuerdo de que había sido utilizado por el papa para presidir la eucaristía, pero hoy en día, como es santo, ya es una reliquia", ha relatado Raúl Benito, refiriéndose a la histórica visita de Juan Pablo II a Alba de Tormes en el año 1982.
FOTOS: David Sañudo