OPINIóN
Actualizado 02/05/2026 09:46:10
Francisco Aguadero

¡Hambre, hambre! Es el grito interno de dolor y desesperación, que nace del estómago y de la angustia de no tener nada para calmar la sed ni la necesidad de comer. El hambre es una forma de violencia silenciosa que no suele ocupar titulares en los medios de comunicación, pero que mata de forma masiva y sangrante.

El Informe Global sobre Crisis Alimentarias 2026, recientemente publicado, revela que 266 millones de personas en 47 países sufrieron hambre severa en 2025, de ellos 35,5 millones son niños y de estos, 10 millones la padecen de forma grave, lo que multiplica por 12 el riesgo de muerte. La cifra de personas hambrientas se ha duplicado en diez años. Deberíamos avergonzarnos como sociedad.

El mundo está fracasando en la erradicación del hambre. Es inadmisible que en pleno siglo XXI no solo no hayamos acabado con el hambre, sino que cada vez hay más personas que la sufren. Para la directora general adjunta de la Organización para la Alimentación y la Agricultura, Beth Bechdol, "La inseguridad alimentaria aguda se está volviendo más arraigada, más concentrada y predecible. Lo más preocupante es que más del 80 % de los afectados se encuentran en crisis prolongadas y en países como Nigeria, la República Democrática del Congo y Sudán".

En 2025 se declararon dos hambrunas simultáneas: una en Gaza y otra en Sudán. Esto es la primera vez que ocurre en la historia del citado informe, publicado por la Red Global contra las Crisis Alimentarias (Global Network Against Food Crises) una alianza internacional que reúne a las Naciones Unidas, la Unión Europea y diversas agencias gubernamentales y no gubernamentales.

Y, mientras las necesidades de ayudas se incrementan vertiginosamente, la comunidad internacional da pasos atrás con drásticos recortes en la financiación humanitaria destinada a la seguridad alimentaria y la nutrición, hasta retroceder a niveles de 2016, de hace casi una década atrás. Tal vez sea esa la causa por la que las ONG que se dedican a la ayuda humanitaria se encuentran sin fondos para prestar sus servicios y están solicitando colaboraciones ciudadanas por doquier. Contribuyamos, no dejemos que nadie pasa hambre.

Esta escalada extrema del hambre está impulsada, principalmente, por la proliferación de conflictos armados, las fuertes restricciones al acceso humanitario y los desplazamientos forzados masivos. Más de 85 millones de personas (entre desplazados internos, solicitantes de asilo y refugiados) se vieron obligadas a huir de zonas afectadas por crisis alimentarias en 2025.

Aunque la cifra de 266 millones que contempla el citado informe pueda parecer inferior a los picos registrados en el pasado, no significa un avance en la lucha contra el hambre, sino una preocupante deficiencia en la recopilación de datos, ya sea porque los países más afectados no disponen de ellos, por las dificultades de acceso a los territorios en conflicto o por los drásticos recortes en la financiación.

Ahora bien, más allá del reciente incremento exponencial del hambre, hemos de ser conscientes de que esta siempre estuvo presente en algún lugar y en el estómago de las personas. La cuestión es en qué grado se encuentra presente. Tomamos como ejemplo histórico referente un par de episodios de hambruna en España.

Muchos de quienes ya peinan canas, mantendrán en sus mentes el recuerdo de aquellos años cuarenta de la posguerra española en los que las “cartillas de racionamiento” limitaban el reparto de los escasos alimentos disponibles y de que se dispararon las altas tasas de mortalidad infantil. Periodo que se conoce como los “años del hambre” (1939-1952).

Si nos vamos un poco más atrás en la historia española, nos encontramos con una catástrofe humanitaria severa, debido a la crisis alimentaria de 1811 y 1812. Solo en Madrid se estima que murieron de hambre más de 25.000 personas. Una idea de aquella dramática situación nos la da el hecho de que el pan representaba el 80 % de la dieta de un español. Más, como aquel escaseaba, el Ayuntamiento de Madrid autorizó añadir la patata como un ingrediente del pan.

Hambruna de aquellos años de la que dejara constancia José Aparicio en su gran obra pictórica titulada “El año del hambre en Madrid”. Un cuadro monumental, que supera los cuatro metros de ancho y tres de alto, más grande que el de “Las meninas” de Velázquez, y que, en aquellos momentos, encumbró al pintor Aparicio por encima del gran Goya. Un retrato de la imagen dantesca que ofrecían las calles de Madrid, y no solo de Madrid, con cadáveres o moribundos por desnutrición.

El cuadro en cuestión, pintado en 1818, ocupó en 1819 el corazón del Museo del Prado cuando este se inauguró, junto a los retratos reales. La obra fue aplaudida por la prensa, llevada a poemas, canciones y estampitas. Pero pasado aquel momento glorioso y como representaba el hambre del pueblo, los liberales pensaron que el mensaje no era propicio para el absolutismo de Fernando VII y pasó de ser icono popular al olvido, iniciando un periplo de camuflaje e invisibilidad, hasta 1927 que fue depositada en el Museo de Historia de Madrid y que, cuando se escriben estas líneas, el cuadro vuelve al Museo del Prado en una exposición temporal.

Volviendo a la actualidad y según Acción contra el Hambre, ONG de la que quien suscribe es miembro activo, cada año mueren 12 millones de niños antes de cumplir los cinco años de vida, por enfermedades que en los países desarrollados ya están controladas y pueden ser prevenidas. Así, más de la mitad de la mortalidad infantil en los países en vías de desarrollo se debe a problemas relacionados con la desnutrición, siendo uno de los problemas de salud pública más significativos en esos países. A escala global, de los más de 8.300 millones de habitantes que soporta el planeta Tierra, 2.600 no pueden permitirse una dieta saludable.

Detrás de las grandes cifras del hambre se esconde siempre la tragedia de los más vulnerables. La infancia negada, falta de alimentos, dietas inadecuadas, propagación de enfermedades y un colapso total de los servicios esenciales de agua y sanitarios que siembran la muerte en determinados territorios.

Se necesita y desde aquí reclamamos un cambio de paradigma en la lucha contra el hambre, porque las perspectivas para 2026 continúan siendo desalentadoras. El conflicto en Oriente Medio amenaza con mayor inestabilidad mundial en los mercados agroalimentarios, así como un aumento de los costes logísticos y energéticos que incrementarán la pobreza.

Ante la emergencia del hambre, que ya se ha convertido en crónica, y la disminución de los recursos financieros institucionales, las agencias internacionales reclaman un cambio radical de rumbo en la corresponsabilidad. Tal y como subraya la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ya no se trata solo de enviar ayuda de emergencia, sino que, además, es preciso invertir en la adaptación humana y de recursos al cambio climático, en fortalecer y potenciar las economías rurales, e imponer el respeto al derecho internacional humanitario, garantizando que los alimentos nunca más se utilicen como arma de guerra que castiga a la población.

En ese sentido, nos unimos al llamamiento que hace el secretario general de las Naciones Unidas (ONU) António Guterres, instando a los líderes mundiales a que tengan la voluntad política para aumentar rápida y cuantiosamente las inversiones en ayuda para salvar vidas y a trabajar intensamente para poner fin a las guerras que generan hambre. Luchar contra el hambre es abrir caminos hacia la vida en busca de la paz. Porque sin alimentos que sacien el hambre no puede haber paz, salud, desarrollo personal, ni futuro.

Escuchemos Somos El Mundo :

https://www.youtube.com/watch?v=T6QR_LPm8p8&t=3s

Aguadero@acta.es

© Francisco Aguadero Fernández, 2 de mayo de 2026

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